El costo oculto que frena barcos y deja a la pesca al borde de perder mercado

Actualidad30/03/2026Sergio BustosSergio Bustos

La pérdida de competitividad en dólares ya no se queda en los números de la macroeconomía. Empieza a sentirse con fuerza en sectores donde el trabajo industrial define el negocio, como la pesca procesada y la industria naval. En ese entramado, cada punto que se pierde golpea sobre decisiones concretas: producir, invertir o simplemente resistir.

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La pesca y sus costos.

En lo que va del año, la competitividad cayó cerca de un 8% en moneda dura, una variación que parece acotada en términos generales, pero que altera por completo la ecuación de quienes dependen del valor agregado. El impacto no es uniforme: afecta mucho más a quienes transforman materia prima que a quienes exportan sin procesar.

El problema aparece cuando el producto pasa por planta. Allí se acumulan costos que no siempre pueden trasladarse al precio final: energía, frío, logística, financiamiento y carga impositiva. En ese recorrido, el producto gana trabajo argentino, pero pierde lugar en el mercado internacional porque queda fuera de precio.


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La consecuencia ya se ve en la pesca. La exportación de pescado elaborado empieza a retroceder frente a formatos más básicos. El negocio global exige volumen, calidad y precio, pero cuando los costos internos suben más rápido que la capacidad de competir, el margen desaparece y la operación se vuelve frágil.

Ese corrimiento tiene un efecto directo sobre la industria naval, aunque no siempre sea evidente. Cuando el negocio pesquero pierde rentabilidad, el armador ajusta. Las reparaciones se postergan, las modernizaciones se frenan y cualquier inversión que no sea imprescindible queda en pausa.

En los astilleros, ese cambio se traduce en menos trabajo sostenido. No hay un corte abrupto, pero sí una transformación del ritmo. Las tareas se vuelven más cortas, más urgentes y menos previsibles. La discusión deja de ser crecer para pasar a sostener la operación.


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La industria naval depende de una cadena extensa que incluye talleres, proveedores y servicios especializados. Cuando se interrumpe una reparación o se demora una renovación, el impacto no queda en una empresa: se distribuye en toda la red productiva. Menos actividad implica menos demanda de insumos, menos horas técnicas y menor continuidad laboral.

El dato más sensible es que este sector vive del valor agregado en su forma más concreta. Cada barco concentra ingeniería, mano de obra calificada y procesos complejos. Cuando la competitividad cae, el golpe llega por dos lados: aumentan los costos propios y se reduce la capacidad de pago de los clientes.

Esa doble presión termina reduciendo la cantidad de proyectos. Se construyen menos barcos, se moderniza menos flota y se pierde dinamismo en una actividad que necesita inversión constante para sostenerse. Sin esa inversión, la capacidad de respuesta se deteriora y el sistema pierde terreno incluso dentro del mercado local.

En el fondo, lo que está en juego es la posibilidad de sostener una estructura productiva que agregue valor en origen. Mientras el mundo demanda alimentos procesados y desarrollo industrial, la economía local encarece ese camino. El resultado se vuelve visible: menos transformación, menos trabajo calificado y menor capacidad de capturar valor dentro del país.

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