
José Cruz revivió Malvinas desde el festejo inicial hasta la máxima resistencia
Actualidad02/04/2026
REDACCIÓNEl excombatiente de Infantería de Marina recordó en Radio Mitre su llegada con perros de guerra, la batalla en Sapper Hill y la herida que dejó el regreso.

La guerra no empezó para José Cruz con un disparo ni con una orden de combate, sino con una llamada de su madre al mediodía del 2 de abril. Él estaba en Puerto Belgrano, cumplía su primer año de servicio militar y todavía hablaba desde la euforia de la recuperación de las islas cuando escuchó del otro lado una frase que le quedó clavada para siempre: “Hijo, de todas maneras siento una sensación muy extraña, cuidate mucho.” Esa advertencia, dicha en medio de la algarabía, quedó como el primer contraste de una historia que con el tiempo se volvió mucho más áspera que aquel comienzo lleno de entusiasmo.
En ese inicio convivían dos alegrías al mismo tiempo. Cruz contó que en el batallón vivieron aquella jornada como una fiesta, pero además esperaba la llegada de quienes iban a relevar a los conscriptos que ya estaban terminando su servicio. Por eso, cuando le respondió a su madre “Viejita, quedate tranquila, en 45 días estoy volviendo a casa”, todavía hablaba desde la lógica de un regreso cercano, no desde la dimensión real que iba a tomar el conflicto.


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Su desembarco en las islas llegó unos días después, tras atravesar toda la Semana Santa a bordo del Buen Suceso, un buque de carga en el que viajaron junto a los perros asignados a la unidad. No había llegado a ese destino por azar ni por una decisión administrativa sin más, sino por una elección personal que venía de antes de la guerra y de su vínculo con los animales en Tucumán. En la entrevista explicó que había pedido ser voluntario porque ya criaba ovejeros alemanes y adiestraba a partir de lecturas, y que aun cuando le advirtieron que no se anotara en Infantería de Marina, prevaleció otra convicción: “Pase lo que pase, quiero cumplir mi servicio militar acá.”
Ese recorrido lo llevó a la sección perros de guerra del batallón de seguridad de la base naval, un espacio en el que, según relató, se criaban, entrenaban y preparaban los animales para tareas específicas. La idea original al llegar a Puerto Argentino era que el grupo cumpliera funciones de policía militar y control de población, pero esa tarea ya estaba cubierta por personal del Ejército y la unidad fue redireccionada a otros puntos sensibles. Así, Cruz pasó a moverse por lugares estratégicos como el combustible, el aeropuerto, los depósitos de comida y, en su caso particular, el antiguo cuartel de los Royal Marine, donde acompañó a la gente que seguía llegando.
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Su lugar en el combate quedó fijado en la etapa final de la guerra y en una geografía concreta: Sapper Hill. Allí, contó, no peleó cuerpo a cuerpo, pero sí permaneció en una tercera línea, bajo zona de bombardeo, mientras cinco guías con cinco perros quedaron asignados a la protección de las ametralladoras argentinas para impedir que comandos británicos las destruyeran. Su descripción de esa misión permite ver otro costado poco contado del despliegue argentino en Malvinas, uno en el que los perros de guerra no eran un detalle accesorio, sino una pieza más dentro del dispositivo de defensa de una colina decisiva.
Cuando recordó los últimos días, Cruz eligió una secuencia que todavía le sigue pesando en la memoria. Dijo que el ataque final fue planeado por los británicos de manera muy precisa, que empezó el viernes, siguió durante el sábado y encontró sus desenlaces más fuertes el domingo y la madrugada del lunes. En ese punto dejó una de las imágenes más intensas de la entrevista, al señalar que todavía conserva el recuerdo de cómo sus compañeros resistían en combate: “Se escuchaba el viva la patria y se avanzaba”, dijo, antes de definir esa escena como una marca imborrable de “valor, coraje y hidalguía.”
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El 14 de junio lo encontró amaneciendo con la orden de repliegue hacia Puerto Argentino luego de que las fuerzas británicas pasaran por encima de la posición que ocupaban. Cruz relató que ese retroceso no fue un simple movimiento táctico, sino un trayecto letal a través de un valle castigado por la artillería enemiga, en un punto donde el fuego británico pegaba con especial violencia. Por eso, cuando recuerda esa jornada, no la narra como un final administrativo, sino como una mezcla de incertidumbre, supervivencia y voluntad de seguir peleando aun cuando la situación ya se había vuelto irreversible.
De hecho, su lectura de esa fecha se aparta del modo más extendido de nombrarla. En la entrevista sostuvo que la firma del alto el fuego fue una decisión adoptada por las autoridades hacia media mañana, pero que entre quienes habían quedado prisioneros persistía la idea de reabastecerse, reorganizarse y continuar combatiendo si existía esa posibilidad. Desde esa experiencia, explicó por qué muchos veteranos prefieren otra denominación para ese día: “Y así es como nos gusta el 14 de junio que se denomine el día de la máxima resistencia.”
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La guerra, sin embargo, no terminó para él con el regreso. Cruz habló del daño que provocó durante años la manera en que parte de la sociedad y también de la dirigencia se refirió a quienes combatieron, reduciéndolos a una imagen de fragilidad y compasión que, según dijo, no entendía lo que realmente había ocurrido en el campo de batalla. Por eso le dio tanta centralidad a una expresión que todavía rechaza: “chicos de la guerra”, una etiqueta que asoció con el ninguneo, la incomprensión y una mirada que les negó durante mucho tiempo la entidad de combatientes.
Su propio proceso personal también quedó expuesto con una crudeza poco común. Cruz contó que tardó 28 años en ponerse de pie, que hizo terapia, que perdió todo y que tocó fondo antes de entender cuál era su misión a partir de esa experiencia. Desde ahí construyó una posición que ya no se apoya en la lástima ni en la victimización, sino en una pelea por el sentido de las palabras, una pelea que sigue cuando afirma “hoy estamos de pie combatiendo” y contrapone la vieja mirada de los “chicos pobrecitos” con otra definición mucho más firme: “valientes jóvenes guerreros que fueron a darlo todo sin pedir nada a cambio.” En su testimonio, Malvinas no aparece solo como un recuerdo de combate, sino también como una disputa todavía abierta por la memoria, el lenguaje y el lugar que la sociedad les concede a quienes estuvieron allí.
















