
Un veterano rompió el acto por Malvinas en Ushuaia con una acusación de hipocresía
Actualidad03/04/2026
REDACCIÓNDaniel Guzmán interrumpió el discurso oficial, cuestionó al Gobierno por soberanía, radares e intereses británicos y arrastró la reacción del público.

El acto central por el 2 de Abril en Ushuaia quedó atravesado por un grito que partió la ceremonia en dos. Cuando el secretario de Malvinas y Asuntos Internacionales, Andrés Dachary, daba su discurso oficial, el veterano de guerra y periodista Daniel Guzmán irrumpió a los gritos y puso en crisis el tono previsto para una jornada cargada de simbolismo. Lo que debía sostener la solemnidad de la conmemoración derivó en un cruce público que expuso una discusión de fondo sobre la soberanía y sobre el modo en que el Estado la invoca.
La escena ocurrió frente a los presentes que participaban del acto y que terminaron convertidos en testigos directos de una confrontación política y emocional en pleno homenaje a Malvinas. La discusión no apareció en un ámbito lateral ni en una declaración posterior, sino en el corazón mismo de la ceremonia. Ese dato le dio otra dimensión a la intervención de Guzmán, porque ya no se trató sólo de una crítica aislada, sino de una impugnación lanzada en el momento en que la palabra oficial buscaba fijar sentido.


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Guzmán apuntó de lleno contra el funcionario y contra el Gobierno al acusarlo de “hipocresía” respecto del reclamo de soberanía. En medio del acto, lanzó una frase que condensó el tono de su reproche: “Vienen a hablar de lo que no están haciendo. ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!”. La protesta no quedó reducida a un exabrupto, porque instaló de inmediato una discusión concreta sobre qué se dice y qué se hace en nombre de Malvinas.
El veterano agregó además dos cuestionamientos que empujaron el episodio fuera del simple cruce personal. Por un lado, puso el foco en las instalaciones de un radar de origen extranjero; por otro, señaló la presencia de intereses petroleros británicos. De ese modo, la intervención se corrió del tono ceremonial y aterrizó sobre dos puntos sensibles para cualquier discurso sobre soberanía en Tierra del Fuego.
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La respuesta de Dachary llegó en el mismo acto y mostró que el choque ya no tenía vuelta atrás. El funcionario le contestó: “me estás ofendiendo. Yo también soy hijo de un veterano de guerra. Jamás usaría mi apellido para una cuestión política. Te pido respeto”. Esa réplica buscó marcar un límite frente a la acusación, pero también terminó confirmando que la ceremonia había dejado de transitar por el carril institucional previsto.
A partir de ese intercambio, la reacción del público dejó de ser pasiva y el malestar tomó forma colectiva. Los presentes comenzaron a gritar para que se desarme el radar, uno de los puntos que Guzmán había puesto en el centro de su cuestionamiento. En ese movimiento, el acto pasó de escuchar un cruce entre dos voces a incorporar una respuesta de la gente, que tomó partido sobre uno de los asuntos más calientes de la discusión.
La comunidad, que había llegado para participar de una fecha profundamente sensible, terminó observando cómo la conmemoración se convertía en un espacio de disputa sobre el presente. El valor simbólico del 2 de Abril no alcanzó para contener el reclamo ni para dejar a salvo la secuencia oficial del homenaje. La irrupción de Guzmán dejó a la vista que, en un territorio donde la causa Malvinas ocupa un lugar central, cualquier discurso institucional queda sometido a una vara más exigente cuando aparecen señales que contradicen el reclamo soberano.
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El radar cuestionado se volvió así mucho más que un elemento mencionado al pasar. Su sola aparición en el cruce lo empujó al centro de la escena y lo conectó con la denuncia sobre la presencia de intereses británicos. Esa combinación cargó de espesor político una ceremonia que ya venía marcada por el peso de la memoria y la reivindicación histórica, pero que terminó absorbida por una disputa sobre coherencia, decisiones concretas y legitimidad para hablar en nombre de la causa.








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