100 millas: siete veleros salieron con 30 nudos y una noche incierta en el Golfo

Turismo04/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La regata de las 100 millas largó desde Puerto Madryn con siete embarcaciones, mar exigente en la boca del golfo y una llegada imposible de calcular.

Héctor Nogueiras
Héctor Nogueiras

Siete veleros cabinados dejaron este jueves la costa de Puerto Madryn con un viento del sudoeste que ya en la salida imponía respeto y prometía una travesía brava desde el primer tramo. La postal, frente a la zona de Bistró del Mar, mezcló marea alta, barcos listos para abrirse al golfo y una costa llena de ojos atentos. La competencia arrancó con un dato que explica por qué no se trató de una salida más: “se realizó la largada desde un punto de partida ubicado con dos boyas frente a bistró del mar, un espectáculo muy lindo, marea alta con siete veleros ya preparados para navegar y con un viento bastante importante” dijo Hécto Nogueira en los estudios de #LA17.

La prueba no se explica solamente por la distancia, sino por la forma en que el mar obliga a recorrerla. El trazado total ronda las 100 millas náuticas, aunque esa cifra no se traduce en una línea limpia ni en un cálculo sencillo, porque la vela siempre depende de los rumbos que impone el viento. En ese marco, Héctor precisó que “aproximadamente el total son 100 millas” y aclaró que el primer tramo hasta Bahía Cracker se mueve entre 40 y 42 millas, con un recorrido que puede estirarse bastante más según las maniobras que exija la navegación.


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La parte más delicada no queda al comienzo ni al final, sino en el momento en que las embarcaciones dejan atrás ese primer borde y encaran el cruce de la boca del golfo hacia la zona de Punta Cormoranes y luego Puerto Pirámides. Ahí aparece una combinación que castiga el avance y obliga a leer el agua con mucho oficio, porque no alcanza con sostener velocidad ni rumbo. La descripción que dio el entrevistado fue directa: “es una parte dura porque hay primeramente porque hay por la marea hay olas encontradas y segundo porque es la boca y hay mucha mucha resaca de afuera”.

Esa dureza del recorrido convive además con una incertidumbre que vuelve todavía más abierta la competencia. El regreso no tiene una hora confiable porque el viento que empujó la salida puede desaparecer durante la noche y dejar a los barcos prácticamente detenidos en el agua. Por eso, aunque se habló de una travesía de entre 15 y 20 horas, también quedó planteada otra posibilidad, resumida en una frase muy precisa: “para la noche va a haber calma”, una condición que puede frenar la marcha y volver imposible cualquier pronóstico fino de arribo.


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Los barcos que participan tampoco son los veleros livianos y más habituales que suele ver el público en otras fechas del calendario local. Se trata de embarcaciones más preparadas para un recorrido largo, con cabina, otra respuesta en navegación y dimensiones superiores a las que suelen identificarse con pruebas más cortas o recreativas. Héctor lo explicó con palabras sencillas al señalar que “son veleros cabinados con más comodidad a bordo, otro tipo de diseño”, y ubicó su tamaño en una franja de 8 a 12 metros, suficiente para soportar una exigencia que pide resistencia, autonomía y decisiones finas de timón.

Detrás de esa explicación aparece también un costado que acerca la vela a quienes la miran desde afuera y la sienten lejana. Navegar con viento en contra no significa avanzar de frente hacia el punto deseado, sino construir un camino indirecto, paciente y técnico, a fuerza de bordes. En ese pasaje de la charla quedó una definición muy clara sobre el sentido de la maniobra: “el velero tiene todo tipo de maniobras para navegar haciendo bordes, o sea, hace un tipo de zigzag”, una lógica que en carrera puede acortar o estirar tiempos según la lectura que haga cada timonel.

La largada, de hecho, no funcionó solo como punto de partida deportivo, sino también como una escena pública que volvió a mostrar cuánto atrae el movimiento náutico cuando se da cerca de la costa. Hubo turistas, vecinos y fotógrafos pendientes del armado previo, de la salida en fila y del contraste entre el color del agua y las velas listas para abrirse mar adentro. El propio Héctor remarcó ese costado cuando contó que “había mucha gente fotografiando” y después amplió la idea con una mirada más general: “Madryn va creciendo en cuanto a actividades en el mar y eso es importante”.


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Mientras la actividad deportiva suma movimiento y la escuela forma chicos desde edades muy tempranas, la infraestructura social quedó chica y el espacio se volvió una limitación concreta para las familias. La advertencia apareció sin rodeos: “tenemos el grave problema que nos falta espacio, no tenemos lugar”, un faltante que, según explicó, deja a madres, chicos y acompañantes sin canchas ni áreas básicas de permanencia mientras las embarcaciones ocupan casi toda la superficie disponible.

En esa mirada, el problema del club y la organización futura del borde costero terminan cruzándose. Héctor sostuvo que “el municipio no tiene tierras para eventos” y fue más lejos al afirmar que toda esa franja, desde Prefectura hacia el área portuaria, en algún momento tendrá otro valor para la ciudad. Lo resumió con una proyección que instala un límite operativo y urbano al mismo tiempo: “eso tarde o temprano va a tener que ser utilizado para una línea de tránsito pesado, tránsito liviano para unir los dos muelles”.

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