
Amigo cercano del adolescente asesinado en Cleopatra, Juan acompaña a la familia, impulsa un mural y sostiene el pedido de justicia sin soltar la memoria.

La pared ya está preparada, el dinero para pintar ya apareció y el homenaje a Brus empezó a tomar forma concreta en Puerto Madryn. En esa tarea se metió Juan, uno de sus amigos, que en las últimas semanas también quedó parado en otro lugar: el de hablar, explicar, acompañar y ponerle palabras a una pérdida que todavía no termina de acomodarse. En la entrevista con #LA17 no habló como dirigente ni como vocero formal, sino como alguien que sigue haciendo cosas para que el nombre de su amigo no quede reducido a un expediente policial.
El crimen ocurrió durante la madrugada del 15 de marzo, cuando el adolescente de 16 años fue atacado en el boliche Cleopatra, sobre la calle Marcos A Zar, un local que luego quedó clausurado. Desde entonces, el caso arrastró dolor, exposición pública y una demanda de justicia que sigue latiendo entre la familia y el grupo más cercano. En ese cuadro, Juan empezó a ocupar un lugar sensible: el de quien acompaña de cerca y al mismo tiempo intenta que la historia siga presente en la ciudad.


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Cuando le preguntaron cómo veía a los padres y a los allegados de Brus, su respuesta dejó una imagen mucho más íntima que cualquier reconstrucción del hecho. Contó que en los primeros días “la familia como que no caía” y que recién con el paso del tiempo empezó a asimilar el golpe, aunque sin encontrar alivio verdadero. En ese mismo tramo también dijo que “al ver que la gente apoyó tanto con la causa” encontraron algo de consuelo, una frase que muestra hasta qué punto el acompañamiento social pasó a ser una forma de sostén en medio del duelo.
Esa búsqueda de compañía se reflejó también en la marcha que la familia organizó una semana antes de realizarla y que difundió por historias de Instagram para reunir a conocidos, amigos y familiares en la plaza. Juan explicó que la convocatoria nació desde el entorno más cercano y que la intención fue abrir un espacio para caminar, recordar y hacer visible el reclamo. Más allá de lo que ocurrió después en el recorrido, el dato central que deja su relato está en otro lado: hubo una necesidad concreta de salir a la calle para que Brus siguiera presente en la conversación pública.
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En ese punto, la figura de Juan resulta más elocuente que la de un simple entrevistado circunstancial. Tiene contacto con la familia, participa del homenaje, sigue el avance del mural y además expone una inquietud que se repite en muchas historias de este tipo: la sensación de que el tiempo corre más rápido que la respuesta judicial. Cuando habló del expediente, lo hizo desde esa preocupación y resumió su mirada con una frase directa: “la verdad que el caso tiene toda la pinta de que va a avanzar muy lento”.
Su testimonio también dejó ver que el reclamo no se limita al autor material del ataque. En su lectura, hubo responsabilidades más amplias alrededor de lo ocurrido esa noche y en el tratamiento posterior del caso, y por eso mencionó cómplices, fallas y omisiones que, según dijo, alimentan el pedido de justicia. Esa percepción aparece cruzada por bronca, pero también por una certeza más simple y más humana: para el entorno de Brus, el dolor no se agotó en la muerte, porque siguió creciendo con cada paso lento de la causa.
El mural, en cambio, avanza como una respuesta concreta frente a esa intemperie. Juan contó que “ya recaudamos para todo el dinero”, que la pared ya quedó revocada y pintada, y que en estos días debería llegar Claudio Segundo para terminar la obra. En esa secuencia hay algo más que una actividad artística: aparece una forma de trabajo colectivo para transformar el recuerdo en una marca visible, estable y cotidiana dentro de la ciudad.
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También hubo un momento en que Juan habló del silencio, y ahí el tono de la entrevista cambió. Dijo que “no hay muchos lugares que estén hablando de este caso”, una frase que suena a reproche, pero también a necesidad de seguir encontrando espacios donde Brus no desaparezca de la agenda pública. Por eso su presencia en la radio termina teniendo una densidad mayor a la de una simple entrevista sobre una marcha: funciona como el intento de sostener vivo a un amigo en la memoria colectiva cuando el tiempo empieza a correr y la noticia amenaza con enfriarse.
A casi un mes del crimen, Juan parece haberse cargado una tarea que excede la de un amigo que recuerda. Acompaña a la familia, organiza un mural, habla cuando puede y trata de que el caso no se diluya entre trámites, demoras y cansancio social. Esa persistencia no cambia lo que pasó, pero sí sostiene algo decisivo para los que quedaron de este lado: que Brus siga teniendo nombre, rostro y lugar en Puerto Madryn.















