
Mucho antes de Grecia, ya había ciudades donde el poder se discutía entre muchos
Actualidad24/04/2026
Sergio BustosDurante décadas, la imagen de la democracia tuvo un punto de origen casi indiscutido: las ciudades de la antigua Grecia. Ese relato, instalado en libros y discursos, ubicó a Occidente como el punto de partida de la participación política. Sin embargo, una investigación reciente propone mirar el mapa con otros ojos y obliga a revisar esa historia tan repetida.

El trabajo, publicado en la revista Science Advances, analiza decenas de sociedades antiguas en distintos continentes y encuentra patrones que rompen con esa visión tradicional. Según el equipo liderado por el arqueólogo Gary Feinman, la distribución del poder no fue una rareza limitada a Europa, sino un fenómeno mucho más extendido.
Lejos de las formas modernas de democracia, el estudio define estos sistemas como modelos donde el poder no quedaba concentrado en una sola figura. En ese sentido, plantea que existieron múltiples experiencias donde las decisiones se compartían o se negociaban entre distintos sectores de la sociedad.


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Uno de los aspectos más llamativos es cómo los investigadores lograron reconstruir esas dinámicas en sociedades sin registros escritos. La clave estuvo en la arqueología, que permitió interpretar la organización política a partir de la forma en que estaban diseñadas las ciudades.
En varios casos, la presencia de grandes espacios públicos abiertos y estructuras pensadas para la reunión colectiva aparece como una señal de participación más amplia. Esos entornos urbanos, según el análisis, favorecían el intercambio y la discusión, algo difícil de sostener en sistemas con poder totalmente centralizado.
Un ejemplo que destaca el estudio es el de Mohenjo-daro, en el valle del Indo, una ciudad que existió alrededor del 2600 a.C. Allí no se encontraron palacios ni tumbas monumentales, pero sí infraestructuras públicas avanzadas, lo que sugiere una organización donde el poder no estaba concentrado en un solo líder.
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Esa lógica también aparece en otras regiones. En ciudades mesoamericanas como Teotihuacan o Monte Albán, la existencia de amplias plazas y espacios comunes apunta a una participación más extendida dentro de la vida política, aunque con características distintas a las democracias actuales.
El contraste con sociedades más jerárquicas ayuda a entender mejor esa diferencia. En esos casos, la arquitectura suele exhibir el poder de forma explícita: monumentos imponentes, tumbas ostentosas y representaciones de gobernantes como figuras dominantes.
El estudio identifica además un factor que atraviesa distintas culturas: la forma en que se obtenían los recursos. Cuando las élites controlaban riquezas concentradas, como rutas comerciales o recursos estratégicos, el poder tendía a centralizarse. En cambio, cuando dependía de la comunidad, aparecían sistemas más abiertos.
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Ese patrón no solo se repite en distintos momentos históricos, sino que también se vincula con otro dato relevante: las sociedades más inclusivas mostraban menores niveles de desigualdad económica. Para los investigadores, esta relación no es casual y ofrece pistas sobre cómo se estructuraban esos sistemas.
Más allá del interés académico, los resultados invitan a revisar una idea muy arraigada. El propio Feinman sostuvo que “la democracia —entendida como una distribución más amplia del poder— fue mucho más común y diversa de lo que se pensaba”, una afirmación que cambia la forma de leer la historia política.
La investigación no plantea idealizar el pasado, pero sí reconocer que existieron múltiples formas de organizar el poder. En ese sentido, abre una puerta para pensar que los modelos actuales no son el único camino posible, sino parte de una larga serie de experiencias humanas.














