
Las audiencias suman enfrentamientos entre los abogados de las partes, con intervenciones de los jueces para ordenar el debate y frenar agravios.

Los intercambios entre los abogados que participan del juicio por la muerte de Diego Maradona se convirtieron en un foco de tensión dentro de la sala. Las audiencias no solo avanzan sobre testimonios y pruebas, sino que también exponen una confrontación constante entre quienes sostienen posiciones opuestas en el proceso. Esa dinámica obliga a intervenciones reiteradas del tribunal.
En el centro de esos cruces aparecen Fernando Burlando, representante de Dalma y Gianinna Maradona, y Francisco Oneto, defensor del neurocirujano Leopoldo Luque, uno de los imputados. Ambos protagonizan discusiones que se repiten a lo largo de las jornadas y que reflejan las diferencias profundas en sus estrategias. La disputa se manifiesta tanto en el contenido de los planteos como en la forma de intervenir.


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Las tensiones se intensifican especialmente durante los interrogatorios a testigos, donde cada parte busca consolidar su versión de los hechos. Ese momento se convierte en el principal escenario de confrontación entre los letrados. La necesidad de imponer una línea argumental expone estilos y recursos distintos.
El rol de Burlando en el juicio es el de querellante, con una postura orientada a responsabilizar a Luque por el fallecimiento de Maradona. Oneto, en cambio, trabaja para desacreditar esa hipótesis y evitar una condena que podría alcanzar hasta 25 años de prisión. Esa oposición estructural explica la intensidad de los intercambios.
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Durante las audiencias, los jueces debieron intervenir en varias ocasiones para moderar el tono de las discusiones. Los pedidos apuntaron a evitar agravios personales y mantener el orden en el desarrollo del juicio. Esa intervención marca el límite entre la confrontación técnica y el conflicto personal.
Las diferencias también se reflejan en la forma de litigar, con estilos claramente diferenciados. Mientras uno adopta un ritmo pausado y un tono más moderado, el otro se caracteriza por intervenciones más rápidas y enfáticas. Esa contraposición genera momentos de incomodidad dentro de la sala.
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Los reproches cruzados incluyeron comentarios sobre la preparación y el desempeño de cada uno durante el debate. En distintos tramos, se registraron expresiones directas que motivaron pedidos de sanción. La disputa excede lo estrictamente jurídico y se instala en el plano personal.
“Más allá de que muchas veces las audiencias se ponen álgidas, son las características propias del trabajo que tenemos”, sostuvo Oneto al referirse a la situación. Su planteo busca encuadrar los cruces dentro de la dinámica habitual de un juicio de alta exposición. Sin embargo, reconoció que en algunos momentos se rozaron límites.
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Desde la otra parte, Burlando también se refirió al clima de trabajo en la causa. “Yo soy considerado de todos los colegas y los valoro. Porque aparte están haciendo todos, desde un lugar u otro, un esfuerzo denodado”, afirmó, al tiempo que destacó la complejidad del proceso. Su postura combina reconocimiento profesional con una fuerte convicción sobre su hipótesis.
El abogado de la querella reforzó además su posición respecto a la solidez de las pruebas. “Nuestra prueba es tan contundente que, realmente, el trabajo de ellos es muy difícil”, expresó en relación con la defensa de los imputados. Esa afirmación sintetiza el eje del conflicto que atraviesa el juicio.
La tensión no se limita a los momentos formales, ya que en los cuartos intermedios también se registran intercambios entre los abogados. En esos espacios, los cruces continúan en tono más reservado, aunque mantienen la intensidad del debate. El desarrollo del juicio seguirá condicionado por esa confrontación permanente.

















