Cultivan azafrán en El Bolsón, desafían heladas, sostienen una producción única

Turismo03/05/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Amelia Nagasami y Toshifumi Shibata producen azafrán al pie del Piltriquitrón, donde cada cosecha depende del clima y del trabajo manual.

Amelia Nagasami y Toshifumi Shibata
Amelia Nagasami y Toshifumi Shibata

El azafrán aparece en otoño al pie del cerro Piltriquitrón, cuando el frío empieza a marcar el ritmo de las chacras de El Bolsón. Allí, Amelia Nagasami y Toshifumi Shibata sostienen una producción familiar que creció desde una prueba mínima hasta convertirse en la mayor superficie dedicada al cultivo en Patagonia. La actividad exige paciencia, cosecha manual y una relación constante con el clima, porque cada flor dura pocos días y cada hebra cuenta.

La producción ocupa 3.000 metros cuadrados, una escala singular para una región donde el azafrán todavía conserva un perfil reciente y familiar. Desde el INTA Bariloche señalaron que existen alrededor de 12 producciones de este tipo entre Neuquén, Río Negro, Chubut y el norte de Santa Cruz. En ese mapa, el matrimonio Nagasami-Shibata se destaca por la superficie trabajada en El Bolsón y por una experiencia que combina conocimiento agronómico, ensayo cotidiano y adaptación al terreno.


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La cosecha concentra el tramo más intenso del año entre abril y mayo. Durante ese período, las flores violetas deben ser retiradas a mano, los estigmas rojos se separan uno por uno y luego se secan para conservar color, aroma y sabor. Amelia describió esa tarea con precisión: “Es un mes y medio de cosecha manual. Desbriznamos la planta, sacamos los estigmas (las tres hebras que tiene una flor de azafrán), se deja secar”.

El carácter laborioso del cultivo se explica en la escala microscópica de su rendimiento. Para obtener un kilo de hebras secas hacen falta entre 120.000 y 150.000 flores, una cifra que revela la intensidad del proceso detrás de un condimento usado en gastronomía, infusiones, licores y cosmética. En una temporada, la pareja estima una cosecha cercana a los 300 gramos, un volumen pequeño en apariencia, pero enorme si se mide en flores recogidas y trabajadas una por una.


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La historia empezó con apenas 20 bulbos, cuando Toshifumi propuso probar si el cultivo podía adaptarse a la zona fría. Antes, la pareja trabajaba con rododendros, tulipanes y narcisos, que ofrecían otros desafíos productivos y comerciales en la feria de El Bolsón. Amelia recordó el origen de la decisión: “Los rododendros eran de crecimiento muy lento y no se vendían mucho. Y los tulipanes requerían mucho recambio de tierra y se enfermaban. Demandaban mucho mantenimiento. Entonces, a Toshi se le ocurrió probar con 20 bulbos de azafrán para ver si se adaptaban”.

La prueba comenzó en macetas y luego pasó a la tierra, cuando los bulbos se multiplicaron. Esa multiplicación confirmó que el azafrán resistía el frío y podía sostenerse año tras año sin forzar el ambiente. La pareja demoró cinco años en ofrecerlo a la venta, porque necesitaba comprobar si el cultivo sobrevivía a las temporadas, a las heladas y a la incertidumbre propia de una producción todavía poco difundida en la zona.


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El criterio productivo de Amelia y Toshifumi no consiste en modificar la chacra para imponer un cultivo. Su lema es que los bulbos deben adaptarse a la tierra, no al revés, una decisión que ordena todo el trabajo al pie del Piltriquitrón. “Si no se da, no insistimos. Pero el azafrán se dio naturalmente sin mucho trabajo”, resumió Amelia, al explicar por qué mantuvieron la apuesta después de los primeros ensayos.

El clima marca cada etapa y obliga a tomar decisiones rápidas durante la cosecha. Si se anuncia una helada, la pareja intenta retirar la mayor cantidad posible de flores la tarde anterior, porque el frío puede quemar pimpollos y reducir el rendimiento. Amelia lo planteó sin dramatismo, pero con la claridad de quien depende del tiempo: “Hay esperar desde el verano hasta la primavera para ver qué sale. Muchas veces, las inclemencias climáticas nos juega en contra”.


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La vida productiva de la pareja no se limita al azafrán, porque la economía anual se sostiene con distintas tareas. En primavera venden flores de corte, en verano ofrecen bulbos y en la temporada de frío suman azafrán en maceta, mientras Toshifumi corta madera y realiza rompecabezas durante el invierno. Amelia lo definió como una forma de sostener la actividad: “Vamos rellenando los huecos de la economía durante el año”.

Toshifumi Shibata llegó desde Nagoya, Japón, con formación como ingeniero agrónomo y experiencia en chacras de Alemania y Estados Unidos, donde se especializó en bulbos de flores. Después pasó por Buenos Aires y finalmente se radicó en El Bolsón, donde conoció a Amelia, bioquímica cordobesa de 70 años. Esa combinación de recorridos personales y saberes técnicos terminó aplicada a una producción que hoy funciona como referencia patagónica para un cultivo delicado.


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El INTA Bariloche observa que el azafrán se comporta bien en la región y que logra florecer incluso hasta el norte de Santa Cruz. Los especialistas remarcaron una diferencia importante respecto de las zonas tradicionales de Mendoza y Córdoba: en Patagonia se registran mayores tasas de multiplicación de los bulbos. Ese dato abre una posibilidad productiva, aunque todavía dentro de escalas familiares y con fuerte dependencia del trabajo manual.

La comercialización también demandó aprendizaje. Después de la pandemia, Amelia y Toshifumi incorporaron la venta online, lo que obligó a sumar herramientas digitales y nuevos modos de comunicación con clientes. A través del INTA se integraron a un grupo de productores de hierbas naturales y aromáticas, porque su principal necesidad no estaba en producir más, sino en explicar el producto y encontrar canales para venderlo.

Fuente: Diario Río Negro

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