
Los peritos encontraron marcas de un ataque brutal en el sector de fogones del complejo habitacional. Félix Curtti, el "amigo" que conoció en el casino, declara este martes ante el juez tras entregarse bajo presión.

Una inspección ocular minuciosa en la parte trasera del complejo de la calle Moyano al 500 terminó por confirmar las sospechas más oscuras de los investigadores. En el sector de las parrillas del establecimiento, los efectivos de Criminalística hallaron "signos de un hecho sangriento" que vinculan directamente ese espacio con el asesinato y posterior descuartizamiento de Aníbal Cepeda. El jubilado petrolero de 72 años, que estaba desaparecido desde principios de mes, fue víctima de una maniobra de una crueldad inédita para la capital santacruceña.
El principal sospechoso, Marcelo Félix Curtti, rompe con el molde del delincuente marginal y se presenta como un personaje camaleónico de la ciudad. Llegó a Río Gallegos trasladado desde una cárcel federal para purgar penas por robo y estafas, pero logró insertarse en el Estado provincial como personal de maestranza en el Ministerio de Economía. Hasta hace poco, los vecinos del barrio Belgrano lo veían vendiendo tortillas en la calle, mientras en sus redes sociales exhibía su fanatismo por las motos, por Boca Juniors y un activo perfil en el sindicalismo estatal.


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El vínculo entre la víctima y el victimario se forjó entre las luces y el ruido de las máquinas del casino local. Cepeda era descripto por los habituales clientes como un “hombre tranquilo que no molestaba a nadie”, pero cometió un error fatal en ese ambiente de apuestas: habría comentado que recibió una indemnización petrolera cercana a los 200 millones de pesos. Ese botín millonario aparece hoy como el móvil principal de un crimen que Curtti asegura haber cometido en absoluta soledad.
La saña aplicada sobre el cuerpo del jubilado disparó una de las hipótesis más escalofriantes de la investigación técnica. Además del hallazgo de restos en un pozo ciego, la policía encontró la cabeza y las manos de Cepeda en un terreno de la calle Pellegrini, a la vuelta del complejo. Los peritos analizan si el asesino seccionó las extremidades para usarlas después de la muerte; sospechan que pudo haber intentado utilizar las huellas dactilares y los datos biométricos de la víctima para poder acceder a las potenciales billeteras virtuales.
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El juez Gerardo Giménez, quien subroga el Juzgado de Instrucción N°1, espera recibir este martes al detenido para que brinde su versión oficial en indagatoria. A partir de este acto, la Justicia tendrá diez días hábiles para definir su situación procesal. El magistrado cuenta ya con el trabajo coordinado de Criminalística y el Grupo Especial de Rescate y Salvamento (GERS), además de las pericias forenses de Francisco Echandí, quien busca determinar si el vecino sufrió torturas antes de morir.
Los vecinos de la zona de la costanera aportaron datos que sitúan al sospechoso en el lugar del hallazgo de forma recurrente. Curtti residía en el mismo albergue de la calle Moyano hasta que el hijo del dueño lo desalojó recientemente tras llegar del norte del país. Los investigadores estiman que el crimen ocurrió alrededor del 20 de abril, fecha en la que el acusado habría llevado bajo engaños a Cepeda hasta el complejo para terminar con su vida y ocultar los restos en bolsas.
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La frialdad del sospechoso quedó demostrada en los días posteriores a la desaparición, cuando continuó con su rutina habitual mientras el Ministerio de Seguridad difundía la búsqueda de paradero. Curtti terminó entregándose "entre gallos y medianoche" durante el último fin de semana, una vez que el cerco policial comenzó a cerrarse sobre su entorno. Ante los agentes que lo custodiaron inicialmente, el hombre confesó el hecho, aunque esa declaración solo tendrá validez legal si la ratifica ante el juez.
Dada la planificación, el ocultamiento del cuerpo y la motivación económica, la fiscalía podría encuadrar el caso como un homicidio agravado por premeditación y alevosía. Esta calificación, sumada a la vulnerabilidad de la víctima por su avanzada edad, encamina el proceso hacia una posible condena de reclusión perpetua en un futuro juicio oral. El rastro de sangre en la parrilla es, por ahora, el mudo testigo de los últimos momentos de un hombre que solo buscaba compañía en sus tardes de casino.
















