
Los hinchas replican los amuletos de Messi y los jugadores para encarar el partido contra Argelia. La historia de una obsesión nacional que nació en 1978.

Los tatuajes del cinco de copas en la piel de los futbolistas y las réplicas del muñeco Chucky en las redes sociales exponen la transformación digital de las supersticiones futbolísticas en la Argentina. Las plataformas de streaming y las interacciones virtuales convirtieron los rituales íntimos del plantel campeón de Qatar 2022 en un fenómeno de adopción comunitaria inmediata. La psicóloga Sofía Calvo, especialista en dinámicas sociales, analizó este comportamiento de masas al explicar que “las redes nos llevan hoy a vivir casi cualquier experiencia desde lo viral, y el Mundial no se excluye de esta lógica que vincula a las personas en comunidad y también con los jugadores”.
La tradición contemporánea de la Selección sumó hitos como la caminata de Rodrigo De Paul y Leandro Paredes mascando golosinas en el círculo central de las canchas, un hábito nacido por las gestiones de Emiliano “Dibu” Martínez para sortear las restricciones de los protocolos sanitarios. Ese rito, esperado minuciosamente por las transmisiones televisivas antes de cada partido, convive con decisiones de alto impacto de la dirigencia deportiva. El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio “Chiqui” Tapia, grabó la figura del mencionado muñeco de terror en su propio muslo, consolidando un amuleto que tuvo eco incluso entre actores vinculados a la saga cinematográfica original.
OTRAS NOTICIAS:
Este entramado de mitos compartidos mediante pantallas y memes reconoce su punto de quiebre histórico fundamental durante la Copa del Mundo disputada en el país en 1978. Aquella competencia funcionó como el canal definitivo para que el fútbol ingresara de lleno en los hogares y transformara las dinámicas de las familias de todas las provincias. Al respecto, el periodista Matías Bauso precisó las implicancias institucionales de aquel torneo al recordar que “Argentina 78 fue el primer gran contacto masivo con el fútbol, un espectáculo que hasta ese momento era eminentemente masculino”.
El ingreso de las mujeres y los niños a la liturgia del estadio expandió las cábalas desde los vestuarios hacia las mesas de los domingos. El propio entrenador César Luis Menotti, defensor acérrimo de un enfoque lírico, conceptual y racional del juego, sucumbió ante la necesidad de aferrarse a un talismán al adoptar y coser el logo de su patrocinador en una gorra prestada por un empleado en José C. Paz. Su plantel replicaba conductas idénticas, destacando el afeitado de bigote de Mario Kempes a mitad del torneo, la venda mística en su rodilla derecha recomendada por un curandero, la mancha de alcohol en el buzo de Ubaldo Fillol y las películas de terror que Daniel Passarella miraba junto a Américo Gallego antes de salir al césped.
OTRAS NOTICIAS:
La llegada del Mundial de México 1986 significó la industrialización definitiva de estas manías bajo la conducción técnica de Carlos Salvador Bilardo. El director técnico procuraba eludir las sanciones morales de las autoridades eclesiásticas mediante una de las piruetas retóricas que ya forman parte del folclore deportivo rioplatense. El recordado entrenador sintetizaba su obsesión metodológica con una humorada recurrente en sus apariciones frente a la prensa: “Cábalas no, son costumbres. Yo no las llamo cábalas, porque, si no, la Iglesia se enoja”.
El régimen del vestuario de aquel equipo campeón funcionaba como una estructura de señales obligatorias, ubicaciones fijas en los micros y prohibiciones estrictas para evitar alteraciones del destino. Los futbolistas seguían directivas colectivas que incluían la ropa milimétricamente acomodada por Diego Maradona, los caramelos que enterraba Ricardo Giusti en el césped y la estatuilla de la Virgen de Luján que custodiaba el defensor José Luis Cuciuffo. El periodista Ricardo Gotta reconstruyó minuciosamente aquella atmósfera al constatar que “el cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que no había ninguna posibilidad de romperlas y de que los jugadores se olvidaran. El vestuario era un mapa de señales, prohibiciones y microrrituales”.
OTRAS NOTICIAS:
Las cuentas pendientes acumuladas durante las casi cuatro décadas de sequía posterior a la epopeya azteca alimentaron mitos populares de fuerte arraigo geográfico en el interior argentino. La supuesta promesa incumplida a la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral, nacida durante la preparación física del plantel de 1986 en las alturas de Tilcara, operó como una sombra mística durante generaciones de frustraciones deportivas. El maleficio recién comenzó a destrabarse de forma institucional en el año 2018, momento en el que un contingente de exjugadores campeones viajó a la Quebrada de Humahuaca para ofrendar una réplica exacta de la Copa del Mundo.
La raíz lingüística del término cábala se remonta directamente a la palabra hebrea Kabbalah, cuyo significado original remite a las nociones de recepción o tradición espiritual. El habla popular del Río de la Plata despojó al vocablo de sus connotaciones místicas orientadas a la teología para transformarlo en un cálculo doméstico destinado a mitigar la incertidumbre del azar. Esta particular autopercepción psicológica colectiva quedó plasmada en un relevamiento estadístico de las firmas P&G e Ipsos, donde un contundente 45% de los argentinos encuestados se reconoció abiertamente como cabulero o supersticioso.
OTRAS NOTICIAS:
Los preparativos para el inminente estreno del seleccionado argentino frente a Argelia reavivan ahora este intrincado código de conductas privadas en cada rincón del territorio nacional. Los hinchas coordinan la ocupación invariable de las sillas, los menús fijos del almuerzo, los niveles exactos del volumen del televisor y el mantenimiento estricto de las mismas vestimentas. La pelota comenzará a rodar el próximo martes 16 de junio, pero las millones de mentes supersticiosas del país ya disputan su propio partido silencioso en un intento por proteger la ilusión de conseguir una nueva estrella mundialista.
Fuente: LA NACION.

















