La historia de Manuel Belgrano y la lápida construida con mármol usado

Actualidad20/06/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

El creador de la Bandera murió pobre, fue sepultado en Santo Domingo con mármol usado y recién en 1903 recibió un mausoleo acorde a su figura.

Mausoleo de Manuel Belgrano. Foto Barcex
Mausoleo de Manuel Belgrano. Foto Barcex

La tumba de Manuel Belgrano resume una contradicción difícil de separar de su vida pública: el hombre asociado a la independencia, la educación y la Bandera pasó décadas bajo una señal funeraria mínima. Su cuerpo quedó en el atrio de Santo Domingo, a pocos metros de la casa donde nació y murió, cubierto primero por una lápida improvisada. La placa no salió de un taller monumental ni de una decisión solemne del poder, sino del mármol usado de una cómoda de su madre. Recién 83 años después, en 1903, la Argentina inauguró un mausoleo de nueve metros para alojar sus restos. Entre una marca pobre y una obra imponente quedó expuesta la demora con que el país honró a uno de sus nombres centrales.

El final de Belgrano no tuvo la forma pública que luego tomó su memoria. Llegó a Buenos Aires enfermo, endeudado y golpeado por el destrato político que sufrió en Tucumán, donde Bernabé Aráoz ordenó su arresto. La hidropesía le hinchaba las piernas y le impedía respirar acostado, por lo que pasaba las noches sentado en un sillón. Aun así, intentaron colocarle grilletes, hasta que su médico Joseph Redhead advirtió que esa medida equivalía a una tortura por el estado de sus pies. Antes de dejar Tucumán, Belgrano escribió a José Celedonio Balbín una frase que expresa ese quiebre emocional: “Yo quería a Tucumán como la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo, que he determinado irme a morir a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día más”.


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El viaje final a Buenos Aires dependió de un préstamo, no de una reparación oficial. Balbín le dio 2000 pesos para que pudiera regresar, mientras las autoridades tucumanas negaban asistencia con el argumento de arcas agotadas. Esa negativa contrastaba con otra deuda moral y económica: al general todavía le debían salarios, y años antes destinó los 40.000 pesos recibidos por la victoria de Salta a escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. En la casa paterna de la actual avenida Belgrano 430, su salud se deterioró sin pausa. Allí le confesó a Balbín: “Me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerte sin temor, pero llevo un gran sentimiento al sepulcro [...]. Muero tan pobre que no tengo cómo pagarle el dinero que usted me tiene prestado”.

La elección de Santo Domingo para su sepultura no respondió a una conveniencia práctica, sino a una pertenencia religiosa profunda. Belgrano aprendió a leer y escribir en ese convento, integró la Tercera Orden dominica y fue miembro de la Cofradía del Rosario. El 25 de mayo de 1820 dictó su testamento y dejó asentada su fe católica con una fórmula extensa y precisa. En ese documento pidió que su cuerpo fuera amortajado con el hábito dominico y enterrado en el panteón familiar del convento. La disposición quedó expresada de manera directa: “Ordeno que dicho mi cuerpo, amortajado con el hábito del Patriarca de Santo Domingo, sea sepultado en el Panteón que mi casa tiene en dicho Convento, dejando la forma del entierro, sufragios y demás funerales a disposición de mi albacea”.


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Belgrano murió la mañana del 20 de junio de 1820, a los 50 años, en una Buenos Aires atravesada por el desorden político. Ese mismo día pasó a la historia como el día de los tres gobernadores, porque la autoridad provincial cambiaba de manos entre renuncias, decisiones de la Junta de Representantes y proclamaciones del Cabildo. La muerte del creador de la Bandera quedó relegada por esa turbulencia institucional y no produjo una despedida pública masiva. Su cuerpo llegó a Santo Domingo en un cajón de pino cubierto por un paño negro. El funeral se realizó el 27 de junio y apenas asistieron familiares y amigos íntimos, lejos de la ceremonia que décadas después el Estado construiría alrededor de su figura.

La primera marca sobre sus restos fue tan austera como el entierro. Su hermano Miguel cedió una placa de mármol viejo que perteneció a una cómoda de la madre de Belgrano, y sobre ese material usado se escribió una inscripción breve: “Aquí yace el general Belgrano”. La lápida quedó en el atrio, expuesta al tránsito y al desgaste de los peatones, hasta que en 1855 debió ser cambiada. Durante más de ocho décadas, los restos permanecieron allí, en una esquina que hoy concentra una parte central de la memoria nacional. La pobreza de esa primera señal funeraria no fue un detalle menor, sino una muestra visible del contraste entre la dimensión histórica del prócer y el reconocimiento tardío que recibió.


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La reacción comenzó recién en 1895, impulsada por estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires y de la Escuela Nacional de Comercio. Preparaban una velada para el 9 de julio, pero un día antes marcharon desde plaza Lorea hasta el monumento a Belgrano por la Avenida de Mayo. Allí cantaron el himno y Gabriel Souto reclamó reparar el olvido con un mausoleo digno. La campaña reunió aportes de legislaturas provinciales, del Ejército, de la Armada, de escuelas, de particulares y del Congreso Nacional mediante la ley 3363. Cuando terminó la suscripción pública, la colecta alcanzó 107.725 pesos, una cifra considerable para la época, y permitió abrir un concurso internacional que ganó el escultor italiano Ettore Ximenes.

La exhumación de 1902, realizada cuando el mausoleo casi estaba listo, sumó otro episodio incómodo a la historia del entierro. Al levantar la lápida, los presentes no encontraron los restos donde esperaban y la excavación continuó hasta que aparecieron huesos, trozos de madera y clavitos de bronce. La Prensa describió la escena con precisión: “se vio que no había tales restos en su interior”, y luego relató que el escultor removió tierra hasta que surgieron restos del esqueleto. Todo se depositó sobre una bandeja de plata sostenida por un sacerdote dominico y después en una urna provisoria bajo el altar mayor. La ceremonia derivó en escándalo cuando se denunció que dos ministros se llevaron molares del prócer, hasta que la presión pública forzó la devolución.


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El mausoleo se inauguró finalmente el 20 de junio de 1903, 83 años después de la muerte de Belgrano. La obra de Ximenes, de nueve metros de altura, reunió figuras de bronce, bajorrelieves sobre Tucumán, Salta y la creación de la Bandera, además de cuatro figuras femeninas aladas que sostienen el sarcófago de aluminio. La inscripción cambió el tono de aquella lápida mínima y proclamó: “Precursor y Fundador de la Independencia Argentina –Vencedor en Tucumán y Salta– El pueblo y el Gobierno inauguran el mausoleo a su inmortal memoria”. El trayecto entre ambas frases cuenta más que una remodelación funeraria. Muestra cómo la Argentina pasó de sepultar casi en silencio a un prócer pobre a levantar, demasiado tarde, una memoria monumental sobre su nombre.

Fuente: LA NACION.

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