Una jubilada venezolana perdió 38 kilos por la crisis y el terremoto profundizó su situación

Actualidad28/06/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

María Miguela, docente universitaria jubilada de Caracas, contó cómo los vecinos se organizaron para inspeccionar su edificio y ayudarse entre sí tras los sismos.

Terremoto en Venezuela. Foto LA NACION
Terremoto en Venezuela. Foto LA NACION

María Miguela cobra una jubilación de menos de cuatro dólares mensuales y en los últimos años perdió 38 kilos por las dificultades para alimentarse. Sobre esa realidad llegó el terremoto que azotó Venezuela y dejó cientos de muertos.

La docente universitaria jubilada, que vive en Caracas, tomó una decisión junto a sus vecinos apenas pasó el sismo: contratar de manera particular a dos ingenieros para inspeccionar el edificio de cuatro pisos donde residen. «Llamamos a dos ingenieros porque no sabíamos si era seguro volver. Revisaron todo el edificio y nos dijeron que, por suerte, las grietas eran superficiales y que, de todos los que habían inspeccionado en la zona, este era el que mejor había resistido el terremoto», relató.


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Las fisuras se concentraron en departamentos de la planta baja y del primer piso; los niveles superiores no registraron daños de gravedad. Sin embargo, el alivio fue parcial. «Hay muchos edificios desalojados porque el temor es que, si vuelve a temblar, los que quedaron en pie puedan derrumbarse. Vivimos con esa angustia», describió Miguela.

Mientras la asistencia oficial resultó insuficiente frente a la magnitud del desastre, la solidaridad vecinal ocupó ese lugar. Miguela donó zapatos nuevos que nunca había usado y ropa para llevar a quienes perdieron todo. «Nos ayudamos entre nosotros mismos con ropa, comida y agua», resumió. Numerosos jóvenes del barrio se organizaron de forma espontánea para colaborar en tareas de rescate y distribuir donaciones en las zonas más afectadas, mientras que en La Guaira, uno de los puntos más golpeados, «la población intenta ayudarse entre sí con lo poco que tiene», según denunció.


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Entre las escenas que más le impactaron, Miguela recordó la de un vecino que pasó horas removiendo escombros: «Un hombre de casi 50 años lloraba como un niño porque había logrado rescatar con vida a un chico después de varias horas entre los escombros». La jubilada cerró su relato con una frase que resume la situación de muchos: «Lo único que le pido a Dios es que me dé fuerzas para seguir adelante. Necesitamos mucha oración. Es lo que nos da vida y fortaleza para poder continuar».

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