Queremos líderes como Scaloni, compañeros como Messi y un país como el equipo

Enfoques21/07/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La Selección despierta algo más que orgullo deportivo: proyecta una forma de convivir basada en el grupo, la humildad, el afecto y la responsabilidad.

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Sociedad Scaloneta

La Scaloneta no seduce solamente porque gana. También representa una versión de nosotros mismos que quisiéramos encontrar con mayor frecuencia fuera de una cancha: personas que trabajan juntas, respetan los roles, reconocen errores y no abandonan al otro cuando las cosas salen mal. El equipo funciona como una metáfora tan atractiva como incómoda porque nos muestra lo que admiramos y, al mismo tiempo, lo que muchas veces no conseguimos sostener como sociedad.

Los títulos explican una parte del fenómeno, pero no alcanzan para entenderlo. La Selección de Lionel Scaloni construyó una identidad que combina resultados con comportamientos reconocibles: serenidad, pasión, humildad, resiliencia y compromiso colectivo. En esos rasgos aparece una promesa social, una manera posible de vincularnos que celebramos en los futbolistas aunque no siempre reproducimos en la vida cotidiana.

Scaloni y Lionel Messi ejercen liderazgos sin necesidad de humillar, gritar o exhibir autoridad a cada momento. El entrenador escucha a sus jugadores, pregunta y modifica decisiones cuando la conversación le aporta una lectura mejor. El capitán concentra una admiración inmensa, pero su presencia no achica a los demás ni convierte al equipo en una estructura dependiente de una sola persona.


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Esa forma de conducción contrasta con una cultura que muchas veces confunde autoridad con imposición. En la política, el trabajo, las instituciones y hasta las discusiones familiares, solemos premiar al que habla más fuerte, nunca duda y presenta cualquier rectificación como una derrota. La Scaloneta propone algo diferente: un líder puede escuchar, emocionarse, admitir un error y continuar al frente sin perder legitimidad.

Scaloni acepta que perder es una posibilidad real y no una deshonra que exige buscar culpables inmediatos. Esa conciencia no lo vuelve resignado, porque el equipo sale a disputar cada partido y asume riesgos incluso cuando podría refugiarse en un resultado favorable. La enseñanza no consiste en naturalizar el fracaso, sino en comprenderlo, corregir y volver a intentar sin construir una excusa alrededor de cada tropiezo.

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También admiramos que los jugadores parezcan dar todo, incluso cuando el marcador se vuelve adverso. En ellos vemos la pasión que nos gustaría aplicar a nuestros trabajos, vínculos y responsabilidades, lejos de la especulación permanente y de la búsqueda del beneficio individual más rápido. El problema es que el esfuerzo colectivo emociona cuando sucede en un estadio, pero se vuelve mucho más difícil cuando exige ceder comodidad, tiempo o reconocimiento personal.

La Selección tampoco esconde las emociones. Scaloni llora, Messi se quiebra y los jugadores recuerdan públicamente los sacrificios de sus familias, las lesiones y los momentos en que estuvieron cerca de quedar afuera. Esa apertura resulta poderosa en un ámbito históricamente asociado con la dureza masculina y demuestra que la sensibilidad puede convivir con el rendimiento más exigente.

Nos conmueve que se quieran porque vivimos en una sociedad donde la sospecha suele imponerse sobre la confianza. El afecto dentro del grupo no aparece como una debilidad ni como un adorno para las cámaras, sino como una fuerza que sostiene a los jugadores cuando el cuerpo o el resultado ya no alcanzan. Fuera de la cancha, en cambio, muchas veces reclamamos solidaridad mientras competimos por quién obtiene primero una ventaja.


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La prioridad del equipo se vuelve visible cuando figuras acostumbradas a ser titulares aceptan un lugar diferente. Lautaro Martínez, Rodrigo De Paul, Nicolás Otamendi y Julián Álvarez asumieron suplencias, reemplazos o minutos reducidos sin transformar su situación personal en un conflicto público. Nadie deja de ser importante, pero ninguno puede considerarse más importante que el grupo.

Esa regla parece sencilla hasta que debe trasladarse a la vida social. Queremos instituciones donde todos cumplan una función, pero rechazamos los límites cuando afectan nuestro propio interés. Pedimos igualdad ante las normas, aunque buscamos excepciones personales; reclamamos cooperación, pero nos cuesta aceptar que otro reciba el aplauso.

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El recorrido de Messi también ofrece una lectura colectiva. El mejor futbolista de su generación necesitó un entorno que comprendiera cómo acompañarlo, potenciarlo y liberarlo de la obligación de resolver todo por sí solo. Hasta el talento más extraordinario necesita una estructura que lo sostenga, una enseñanza que vale para las escuelas, los clubes, las empresas y cualquier comunidad que pretenda cuidar a sus personas más capaces.

La resiliencia del equipo no se limita a resistir. Cuando un partido cambia, sus integrantes observan lo que ocurre, modifican comportamientos y buscan una respuesta diferente. Esa flexibilidad resulta difícil en una sociedad acostumbrada a convertir ideas, pertenencias políticas y discusiones públicas en identidades rígidas que no admiten revisiones.

Scaloni evitó convertir sus triunfos en una doctrina cerrada. No construyó un personaje alrededor de sí mismo ni presentó cada decisión como parte de una escuela definitiva que todos debían imitar. La humildad consiste también en seguir leyendo la realidad después del éxito, cuando la tentación de creer que uno ya entendió todo resulta más fuerte.


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El deseo de superación completa esa imagen. El equipo llegó a otra final después de varias definiciones consecutivas y mantuvo la capacidad de concentrarse en el siguiente objetivo, aun cuando ya tenía razones suficientes para sentirse satisfecho. La ambición aparece allí separada de la codicia: no busca quitarle algo a otro, sino ampliar el propio rendimiento.

Queremos ser como ellos porque hacen visible una comunidad donde el mérito individual no destruye el lazo colectivo. Hay reglas, esfuerzo, preparación, excelencia bajo presión y conciencia de representar a millones, pero también abrazos, lágrimas, escucha y responsabilidad compartida. La Scaloneta reúne valores que solemos proclamar por separado y demuestra que pueden convivir dentro de una misma estructura.

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La contradicción aparece cuando termina el partido. Podemos emocionarnos con un suplente que celebra el gol de otro y, pocas horas después, regresar a prácticas dominadas por el individualismo, la impaciencia o la desconfianza. No somos una sociedad diferente durante noventa minutos: simplemente reconocemos en ese equipo una posibilidad que todavía no conseguimos volver costumbre.

La Scaloneta no debe convertirse en una fantasía que oculte nuestros problemas ni en una colección de virtudes imposibles de discutir. Su valor como metáfora reside en otra parte: nos permite observar qué comportamientos premiamos cuando los vemos funcionar juntos. Queremos parecernos a ellos porque, aunque somos como somos, todavía conservamos la capacidad de admirar aquello que podríamos llegar a ser.

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