
El sistema tributario argentino agrava la desigualdad y recauda el 27.6% del PBI
Actualidad06/09/2026
REDACCIÓNGuido Zack revela: el sector formal soporta la carga impositiva (más del 42%), y los impuestos regresivos castigan a los más pobres.



El sistema tributario argentino, lejos de corregir la desigualdad, la agrava con el decil más pobre destinando más del 35% de sus ingresos al pago de impuestos, mientras que el más rico abona menos del 25%. Esta estructura regresiva es uno de los problemas centrales que presenta el país en su camino hacia el desarrollo económico.
Argentina recauda alrededor del 27,6% del PBI, ubicándose como la segunda carga más alta de América Latina, solo por detrás de Brasil. Sin embargo, esta presión no se distribuye de manera equitativa, ya que la creciente informalidad concentra la carga real en el sector formal, donde trepa por encima del 42%.


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La estructura fiscal actual descansa en impuestos indirectos, como el IVA, Ingresos Brutos, el impuesto al cheque y las retenciones, relegando a un segundo plano a aquellos que gravan ingresos y patrimonios. Esto lo convierte en un sistema que atenta contra la competitividad y premia la informalidad, al castigar las cadenas productivas largas y desalentar la bancarización.
A la ineficiencia se suma una altísima evasión, que solo entre el IVA y Ganancias de sociedades genera una pérdida de unos 8 puntos del PBI. Esta situación se ve reflejada en el récord regional de 59 blanqueos fiscales en cuatro décadas, lo que sugiere que el incumplimiento puede resultar rentable.
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Otro rasgo que complica la situación es la inestabilidad, con reglas que cambian cada pocos años y una recaudación fuertemente procíclica. Esta dinámica, combinada con un gasto que también se mueve con el ciclo económico, fabrica los déficits que luego deben cerrarse de forma apresurada.
No obstante, existe la posibilidad de reformar este sistema sin perder recaudación. La propuesta central de expertos es redistribuir la carga hacia una estructura más simple, progresiva y menos distorsiva, reduciendo o eliminando impuestos dañinos y fortaleciendo los que gravan ingresos altos, patrimonios y rentas de recursos naturales.
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Para esto se necesitaría un Impuesto a las Ganancias más amplio y mejor diseñado, sin exenciones injustificadas, y una base imponible más ancha que sume a quienes hoy no tributan. Asimismo, es crucial una persecución más rigurosa de la evasión, lo que permitiría bajar alícuotas sin resignar ingresos.
La pata federal del problema radica en la falta de coordinación entre Nación, provincias y municipios que gravan lo mismo, con una Ley de Coparticipación de 1988 que resulta obsoleta. Esta desarmonización debilita el incentivo a recaudar bien en las provincias que dependen casi por completo de los giros nacionales.
Un buen sistema tributario no genera desarrollo por sí mismo, ni reemplaza a la inversión o la educación. Sin embargo, un mal diseño fiscal puede obstaculizar gravemente cualquier estrategia de crecimiento, ya que al fomentar la informalidad y cambiar las reglas constantemente, condiciona el progreso económico.















