


Judith Betancourt trabaja el citron desde hace décadas en su chacra de Bryn Gwyn, cerca de Gaiman. Aprendió de la colectividad galesa que lo usaba en casa, primero como un secreto familiar y después como tradición compartida. Hoy produce dulces, tartas y chutneys con un fruto que tiene historia y sabor.
El citron se cultiva como la sandía, con mucho cuidado, espacio y paciencia. Su ciclo empieza en octubre y termina en abril, justo cuando las heladas lo ayudan a madurar. "Este año fue un buen año para el fruto", aseguró Judith en diálogo con #MODO17.
La Fiesta del Citron se realiza este fin de semana en la plaza de Gaiman y reúne productores, feriantes y cocineros. El sábado habrá una peña y el domingo se podrán comprar mermeladas, frutas frescas y preparaciones novedosas. Judith participará como cada año con su emprendimiento familiar.
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Durante la entrevista, Betancourt explicó cómo aprendió a no desperdiciar la parte más importante del fruto. Al principio usaba solo la pulpa y tiraba la cáscara, sin saber que era lo más valioso. "Después aprendí, y empecé a cultivarlo bien", dijo con una sonrisa.
La productora llegó desde Alto Palena, en Chile, y se instaló en Gaiman con su familia hace cuatro décadas. Consiguieron trabajo antes de pisar la chacra, gracias a un boca a boca que los esperaba desde Rawson. "Nos esperaron tres meses, y cuando llegamos, ya teníamos trabajo", recordó.
El vínculo con la tierra nunca se cortó y se hizo más fuerte con los años. Judith cultiva frutas y verduras, vende en ferias y organiza su producción según las temporadas. El citron le permitió vincularse con la comunidad y recuperar una tradición que estaba en retroceso.
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La creación de una fábrica comunitaria le dio impulso al emprendimiento y abrió nuevas puertas. Con ayuda del INTA y del municipio, comenzaron a producir con mayor escala. La fábrica Delicatessen Gaiman emplea vecinos y facilita que el citron llegue a otras provincias.
El dulce preparado con este fruto rinde poco y requiere mucha mano de obra. De cada kilo se obtienen apenas frasco y medio, por eso es tan valorado. "Lleva azúcar, cascarita y jugo de limón… queda muy rica", explicó la productora.
En la fiesta no solo se vende, también se conversa, se aprende y se transmite una forma de vida. La Asociación Galesa de Puerto Madryn también compra los productos y ayuda a sostener la identidad del valle. La tradición se reinventa en ferias, mesas y cocinas.
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Judith también ensaya nuevas recetas como chutneys y tartas saladas. Cada preparación parte del mismo principio: usar el fruto entero y trabajar con dedicación. "Siempre con amor. Ese es el ingrediente secreto", afirmó.
El citron ya no es solo parte de una cultura doméstica, sino un producto con historia y presencia regional. Su sabor recuerda el pasado, pero también se proyecta hacia nuevos públicos. Su rescate forma parte del movimiento de economías locales con rostro humano.
Las condiciones climáticas hacen que la cosecha sea inestable y que el cuidado sea indispensable. Heladas tempranas o mucho sol pueden arruinar la planta en pocas horas. “La plantita es muy tierna, necesita cuidados”, explicó Judith.
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El esfuerzo tiene recompensa cuando el producto se valora y se comparte con otros. La feria del domingo será otra oportunidad para conocer el citron, probarlo y llevarlo a casa. El fruto que antes se regalaba, hoy se transforma en alimento, cultura y sustento.
La historia de Judith Betancourt refleja el camino de muchas productoras rurales del valle. Su trabajo recupera saberes, construye comunidad y fortalece economías familiares. Desde Bryn Gwyn, el citron se volvió símbolo de paciencia, sabor y tradición.
En un mundo de cultivos masivos, el fruto conserva su escala humana y su identidad artesanal. Cada frasco tiene detrás una historia, una chacra y muchas horas de trabajo silencioso. Y una productora que lleva cuatro décadas cultivando con convicción.







