Las manos de la hermandad. Joe Farace

Por Ricardo Lagiard

Siglo tras siglo el hombre se ha formulado preguntas para las que no siempre halló respuesta. Una de ellas, destacada por su relevancia y su antigüedad, es aquella relativa a la duración de la vida y que las religiones, antiguas y modernas, han intentado responder prometiendo un mundo paradisíaco una vez extinto el cuerpo.

A menudo, tanto hombres como mujeres han ansiado la continuación infinita de la existencia, pero en el mundo terrenal, no en el del más allá. Una de las evidencias más contundentes son los epitafios que algunos famosos dejaron a la posteridad. Sirva de ejemplo el mensaje del terrible Tamerlane, (1) rey de los Mongoles, quien nos advirtió: “Cuando yo surja de entre los muertos, el mundo temblará”. Y si bien hizo lo posible para ser –mal- recordado, matando con sus tropas unos 17 millones de personas, han pasado ya 600 años sin noticias de su resurrección.

Guerreros, pensadores, religiosos, artistas, escritores, políticos, músicos, científicos, exploradores, todos han hecho lo posible por alcanzar la perpetuidad con sus obras, a veces constructivas y otras no tanto. Han pasado frente a los ojos del mundo personajes como Nabucodonosor, Ramsés II, Gengis Khan, Aristóteles, Platón, Cleopatra, Juana de Arco, Napoleón, Leonardo, Cervantes, De Gaulle, Hitler, Mozart, Galileo, Einstein, Darwin, Colón, Magallanes y un número importante de premios Nobel, todos merecedores del máximo reconocimiento. Pero…lamentablemente, si preguntáramos hoy a un transeúnte sobre los logros de tan brillantes personajes, es muy probable que conozca a algunos, de nombre. Pero no pidamos detalles. Aunque la humanidad dispone de la enciclopedia más grande de la historia, la internet, el cúmulo de información que alberga es tan gigantesco que resulta imposible recordar tantos datos. En resumidas cuentas, parecería que las glorias de los incontables personajes de la historia fueran sólo eso: pasado.

Y decimos “fueran”, porque, afortunadamente, hay excepciones.

Dos alemanes parecen haber superado la barrera del olvido, al menos, por ahora. Friedrich Schiller y Ludwig Van Beethoven perviven en un poema que, abrazado a una emotiva melodía, convoca a la fraternidad de los hombres: su Oda a la Alegría invita a la humanidad al canto jubiloso y a la búsqueda de un ser superior. Esa misma obra, monumento literario y musical sinigual, ha resonado en los escenarios de todo el orbe a lo largo de dos siglos y ha sido preferida por 28 naciones de Europa como símbolo supremo con el que expresan los sentimientos que animan a sus pueblos. Más de 500 millones de europeos, conmovidos, entonan ese, su himno, invitando al resto del universo a la alegría, a la unión y al amor.

En 1827, envejecido y angustiado por la sordera, trabajosamente, Beethoven compuso su Novena Sinfonía, (2) muy preocupado por la música misma, sin siquiera imaginarse que la posteridad premiaría su labor con largos aplausos. Es más, ni siquiera sus célebres guías, Bach y Mozart, lograron tal trascendencia. Todos ellos se han marchado, mas la herencia inapreciable que nos legaron, la música, perdurará mientras exista el hombre.

Escucha hermano, la canción de la alegría,

el canto alegre del que espera un nuevo día.

Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol

en que los hombres volverán a ser hermanos.

Es probable que muchos de quienes alegremente tararean la melodía ignoren su origen, y quizás tampoco importe, mientras escuchemos ese mensaje de unión que tan bien nos hace.

(1) http://www.documentarytube.com/articles/how-the-curse-of-timur-s-tomb-changed-the-course-of-world-war-ii

(2) https://www.youtube.com/watch?v=3lNaajK3Scc