
Bomberos que cuidan a bomberos: la tarea silenciosa que sostiene a quienes combaten incendios
Chubut15/01/2026
REDACCIÓN
El trabajo de los bomberos suele asociarse al fuego, al rescate y a la urgencia. Sin embargo, existe una dimensión menos visible que se activa en paralelo a cada intervención y que resulta determinante para sostener al sistema. Se trata del acompañamiento en salud mental que realizan bomberos formados en psicología de la emergencia, una tarea que gana espacio en contextos de incendios forestales prolongados.


Ese rol lo explica en #MODO17, Gabriel Sánchez, bombero voluntario y máster en Psicología Social, integrante del equipo que trabaja junto a brigadistas y cuarteles de toda la provincia. Desde su doble pertenencia, define el enfoque con una frase que resume el sentido del trabajo: “somos bomberos para bomberos”. No se trata de asistencia externa, sino de pares que conocen la lógica interna del servicio.
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La iniciativa toma forma institucional en Chubut a partir de 2017, cuando la Federación de Bomberos decide visibilizar una dimensión históricamente relegada. El equipo actual reúne 11 integrantes, todos bomberos activos o retirados, provenientes del valle, la cordillera y la zona sur. Cada uno interviene desde su territorio, con herramientas comunes y lectura contextual de cada emergencia.
Sánchez explica que la exposición permanente a situaciones extremas no siempre deja marcas inmediatas. El impacto suele ser progresivo, silencioso y acumulativo, y se manifiesta en la vida familiar, social y laboral. Por eso el abordaje no se limita al momento crítico, sino que contempla un antes, un durante y un después de cada operativo.
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Durante los incendios forestales recientes en la cordillera, el equipo se desplegó en los cuarteles y zonas de descanso. No interrumpen el trabajo operativo ni ingresan a la línea de fuego. El contacto se produce cuando el cuerpo afloja y aparece el cansancio. La primera pregunta funciona como puerta de entrada: “¿cómo te sentís hoy?”.
Las respuestas no siempre llegan en palabras. Sánchez describe miradas agotadas, silencios prolongados y reacciones diversas que forman parte de una situación anormal. “Algunos hablan, otros se quedan en silencio, otros quiebran”, relata. El objetivo no es forzar el diálogo, sino estar disponibles, acompañar el proceso interno y ofrecer contención básica en el momento justo.
El desgaste se profundiza con el paso de los días. Jornadas de 10 a 13 horas, rotaciones cortas y regreso inmediato a la vida cotidiana generan un contraste difícil de procesar. Sánchez advierte que, a partir de cierto punto, el cansancio vuelve a las personas más sensibles e irascibles, una reacción humana que requiere lectura y cuidado para evitar conflictos internos.
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El impacto no alcanza solo a quienes combaten el fuego. También afecta a quienes toman decisiones dentro del sistema, coordinan logística o administran recursos. En ese entramado, el equipo trabaja con una noción ampliada de víctimas, donde los propios bomberos ocupan un lugar central por su nivel de exposición.
Para explicar el sentido del esfuerzo individual frente a una emergencia enorme, Sánchez recurre a un relato que suele compartir en los encuentros grupales: “Yo llevo una gota, pero eso fue mi parte.” La imagen no busca minimizar la tragedia, sino reforzar la idea de que cada aporte tiene valor, incluso cuando el resultado no depende solo del accionar humano.
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El trabajo no se interrumpe cuando el fuego baja o los frentes se reordenan. El después aparece como una etapa incluso más exigente, porque allí emerge el cansancio acumulado y se hace visible el impacto de lo vivido. Sánchez explica que, una vez detenida la emergencia, comienza otro proceso, más silencioso y prolongado, donde cada persona necesita revisar cómo quedó su propia estructura emocional luego de semanas de tensión constante y exposición extrema.
En ese momento, la intervención deja de ser puntual y pasa a convertirse en un acompañamiento más profundo. El objetivo es evitar que lo experimentado quede encapsulado y reaparezca más adelante sin herramientas para procesarlo. “Ahora estamos todos más cansados, más sensibles, y todavía con incertidumbre”, describe, al señalar que la espera del final definitivo del incendio también genera desgaste mental, incluso cuando las condiciones parecen mejorar.
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Ese abordaje posterior no se realiza en soledad. El equipo articula con psicólogos clínicos del sistema provincial de salud, que se suman de manera voluntaria para atender a bomberos, dirigentes y miembros de los cuarteles que requieren un seguimiento más específico. Sánchez lo explica con claridad: “Nosotros atendemos los primeros minutos, a veces la primera hora”, y cuando la situación supera esas herramientas iniciales, el acompañamiento continúa con profesionales preparados para un trabajo más profundo sobre la psiquis.
La lógica es clara y funcional: estar presentes en el momento justo, detectar señales tempranas y habilitar un camino de cuidado que no dependa solo de la fortaleza individual. El trabajo en red permite que nadie quede solo con lo vivido, especialmente en emergencias prolongadas que combinan agotamiento físico, frustración y tristeza frente a escenarios que no siempre pueden modificarse con la acción humana.
La existencia de este cuerpo no busca protagonismo ni visibilidad pública. Funciona en segundo plano, acompañando sin interrumpir, escuchando sin forzar, sosteniendo sin ocupar el centro de la escena. En palabras de Gabriel Sánchez, a #MODO17, el sentido último del trabajo se resume en una decisión personal y colectiva: “Nosotros elegimos hacer esto”, aun cuando implique cargar una mochila emocional que también necesita cuidado.








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