
Respetar los tiempos de niños y adolescentes, una mirada necesaria durante las vacaciones
Actualidad20/01/2026
REDACCIÓN
El verano y las vacaciones ofrecen una escena privilegiada para observar cómo cada niño y adolescente transita el ocio y lo nuevo. En un mismo entorno aparecen conductas muy distintas: quienes se lanzan al agua sin dudar, quienes se refugian en la orilla, quienes buscan juegos grupales y quienes prefieren la lectura o la tranquilidad. Las diferencias no responden a una regla única, ni siquiera dentro de una misma familia, y suelen interpelar a madres y padres sobre cuánto respetan los tiempos individuales.

En ese contexto, entender que no todos viven las experiencias de la misma manera resulta central. La forma en que los adultos presentan opciones, proponen actividades o invitan a participar está atravesada por historias personales, estilos de crianza y expectativas heredadas. A veces aparece la prisa por “aprovechar” las vacaciones; otras, la idea de que el tiempo por sí solo ordena todo. Entre esos extremos, el acompañamiento requiere presencia, paciencia y lectura fina de cada situación.
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Las comparaciones suelen intensificarse cuando hay otras familias cerca. La mirada adulta se inquieta frente al hijo que no se anima, que no socializa como otros o que no disfruta lo que parece disfrutable para la mayoría. En una sociedad que empuja modelos de éxito visibles, aceptar singularidades cuesta, y ese desajuste puede trasladarse a los chicos en forma de presión o desilusión.
Distinguir qué rasgos forman parte de la identidad y cuáles expresan temores transitorios ayuda a elegir cómo acompañar. Hay conductas que no necesitan corrección porque hablan de gustos o preferencias, y otras que piden apoyo gradual. Los miedos suelen vincularse con la falta de confianza en los propios recursos, y en esos casos la presencia adulta cercana, disponible y confiada funciona como sostén para avanzar.
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El acompañamiento no implica empujar ni retirarse. Dar pequeños pasos, ofrecer alternativas y estar disponibles permite que cada niño gane seguridad sin sentirse forzado. A veces el proceso demanda tiempo compartido en la orilla; otras, un gesto que facilite el encuentro con pares; en ocasiones, una conversación que habilite probar algo distinto cuando se sientan preparados.
También es importante revisar qué esperan los adultos. Cuando las expectativas no se cumplen, el riesgo es dañar la autoestima, reforzar inhibiciones o profundizar temores. Respetar tiempos no significa resignarse, sino confiar en que las oportunidades no se agotan en una sola experiencia ni en un verano.
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El tiempo por sí solo no resuelve los miedos. La cercanía, la confianza y el respeto sí pueden hacerlo, siempre que el adulto acompañe sin presionar y sin desentenderse. Ese equilibrio, construido día a día, permite que niños y adolescentes transiten sus procesos con mayor seguridad y disfruten el camino a su manera.
Fuente: LA NACION.















