Tecnología argentina viaja con Artemis 2: ATENEA medirá radiación y probará GPS en altura

Otros Temas23/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Atenea
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En la próxima salida de Artemis 2, la misión que apunta a volver a poner tripulación en el vecindario lunar, un artefacto argentino quedará a la vista como una prueba de estrés tecnológica. Se llama ATENEA y no viaja para “llegar” a la Luna, sino para validar, con números y telemetría, cuánto rinden componentes diseñados y fabricados en el país cuando el entorno deja de parecerse al de los satélites habituales. Esa diferencia, en este caso, se mide en altura, radiación y distancia de comunicaciones.

ATENEA es un CubeSat 12U, un formato chico que ganó popularidad por acortar tiempos y costos, pero que igual exige decisiones finas de diseño. En palabras de Juan Pablo Cuesta González, líder del proyecto en CONAE, “ATENEA es un CubeSat 12U, un satélite de dimensiones chicas que se popularizó mucho en los últimos años”. La idea no pasa por el tamaño, sino por lo que intenta comprobar: “El objetivo es probar hardware diseñado y fabricado en Argentina”, explicó el ingeniero en el mismo diálogo.

El satélite se despliega cinco horas y media después del despegue y no entra en órbita lunar. Queda en una trayectoria que lo ubica primero a unos 45.000 km de la Tierra, junto a otros CubeSat de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita, y luego lo lleva a una altura máxima cercana a los 70.000 km. Ese valor duplica la altitud de los geoestacionarios, pero sigue lejos de los 384.400 km que separan la Tierra de la Luna. Aun así, para el país implica una marca operativa: según Cuesta, será el dispositivo argentino que más alto voló.

La apuesta técnica más directa apunta a navegación: ATENEA incluye un receptor GPS diseñado para funcionar por encima de la constelación tradicional. En órbitas comunes, el GPS resulta una herramienta de referencia; más arriba, el escenario cambia porque las señales llegan con geometría y potencia distintas. Cuesta lo explicó con un origen industrial: “Esa idea fue originalmente de INVAP, a partir de la experiencia con ARSAT y la complejidad de las maniobras para llegar a órbita geoestacionaria”. La prueba sirve para saber, con datos reales, qué margen queda para navegación y control en alturas poco transitadas por misiones argentinas.


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Dentro del mismo paquete experimental viajan computadoras desarrolladas por UNLP y UNSAM, además de instrumentos para medir el ambiente de radiación. ATENEA transporta dos dosímetros que registran radiación al atravesar los cinturones de Van Allen, una zona conocida por castigar componentes electrónicos. También incorpora un fotomultiplicador de silicio, tecnología mencionada como promisoria para exploración más profunda. La idea, repetida por Cuesta sin vueltas, es aprender con el satélite en servicio: “Todo esto es experimental. Es aprender haciendo y de manera empírica”.

La distancia también juega en contra de la rutina. A medida que el satélite se aleja, cada enlace de radio exige mejor planificación: tiempos de ida y vuelta, potencia, apuntado, ventanas de contacto y tolerancia al ruido. Esa parte del trabajo aparece como una de las pruebas silenciosas del proyecto: no se trata solo de “prender” un equipo, sino de sostener una conversación confiable con un objeto que se mueve lejos y en un entorno más hostil que el de la órbita baja.

En paralelo, el proyecto se apoya en un filtro institucional que rara vez se ve desde afuera: integrar algo a una misión tripulada impone estándares de seguridad y calidad más exigentes. Marcelo Colazo, gerente de Vinculación Tecnológica de CONAE, lo planteó en términos concretos: “El proceso de aprobación para que un instrumento o un satélite pueda integrarse a una misión tripulada de la NASA es realmente complejo. Los niveles de seguridad y de calidad que hay que superar son muy altos”. Esa frase marca un punto menos visible del logro: la ingeniería también se juega en la documentación, los ensayos, los procedimientos y la trazabilidad.


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Colazo sumó otro dato operativo que guía el sentido de estas pruebas: “Este satélite va a estar en una órbita mucho más alta, con una exposición mucho mayor a la radiación, y también va a ser una prueba para las comunicaciones, porque estamos hablando de distancias de decenas de miles de kilómetros”. En ese mapa, ATENEA funciona como banco de pruebas para sistemas que, en tierra, pueden pasar ensayos controlados, pero que recién en vuelo muestran el comportamiento real. Para equipos argentinos, ese aprendizaje deja capacidad instalada para próximos proyectos, sin necesidad de inflar promesas.

El entramado local detrás del satélite también explica por qué la misión se mira con lupa técnica. ATENEA se armó con participación de CONAE, universidades nacionales y organismos científicos, junto a la empresa VENG S.A. En la lista figuran UNLP, UNSAM, la Facultad de Ingeniería de la UBA (FIUBA), el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) y la CNEA, entre otros. En vez de un único laboratorio, aparece un esquema de colaboración donde cada componente suma una pieza distinta al rompecabezas: electrónica, integración, mediciones, operación y validación.

En la etapa final, la historia se vuelve más de manos que de titulares. La integración en Estados Unidos incluyó a estudiantes y jóvenes profesionales argentinos que trabajaron en el tramo donde los procedimientos no admiten improvisación. Aldana Guilera, estudiante avanzada de Ingeniería Aeroespacial de UNLP, relató su tarea con precisión: “Nos encargamos de la manipulación del satélite, desde desembalarlo hasta colocarlo sobre la mesa en una posición segura, y también de la integración final al dispensador que luego fue acoplado a la cápsula Orión y al cohete SLS de Artemis 2”. Y sumó un punto que sintetiza la exigencia de la etapa: “No solo por haber sido seleccionados por la CONAE para este trabajo colaborativo, sino también por haber llegado a cumplir con los estándares de la NASA y que ellos mismos hayan aprobado el proyecto”.



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Después del despegue, el trabajo continúa en la Tierra con una expectativa simple y difícil: escuchar al satélite. Guilera lo dejó planteado como próximo paso operativo, sin vueltas: “Nos estamos preparando para recibir la telemetría del satélite, es decir, las primeras señales de vida, y comenzar a recolectar los datos de la misión”. Ahí termina la parte pública y empieza la parte más valiosa para la ingeniería: la lectura de datos, la comparación con lo esperado, el registro de fallas y el aprendizaje que queda en los equipos.

Aunque el discurso oficial suele poner el acento en la proyección internacional, la noticia se entiende mejor si se mira desde lo que viaja adentro de ATENEA. Cada placa, cada sensor y cada rutina de comunicación llega a un entorno donde la radiación y la distancia obligan a validar de verdad. Desde el Estado, el secretario Darío Genua lo expresó en un comunicado con un encuadre político-tecnológico: “Demuestra que contamos con el talento, la capacidad y la visión para ser parte de la nueva economía espacial”. En lo concreto, el satélite deja una pregunta medible: cuánto rinde la tecnología argentina cuando el espacio deja de ser “cerca” y se vuelve, por primera vez para este tipo de dispositivo, un lugar mucho más lejano.


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