Tres preguntas simples que replantean cómo pensar la felicidad en la vida cotidiana

Otros Temas24/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Felicidad. Foto Freepik
Felicidad. Foto Freepik

La felicidad suele presentarse como una meta lejana, asociada a logros, estabilidad económica o reconocimiento social. Sin embargo, una mirada distinta propone pensarla como una práctica cotidiana, accesible y entrenable, que no depende de resultados externos sino de la forma en que cada persona se posiciona frente a su propia vida.

Desde la India, el investigador y profesor Rajesh K. Pillania sostiene que uno de los principales errores contemporáneos consiste en postergar la felicidad hasta alcanzar determinados objetivos. Para Pillania, esa ecuación está invertida. “La correcta es ser feliz primero y luego trabajar duro; tendrás más éxito”, afirma, al explicar que un estado emocional positivo mejora la productividad, la creatividad y la calidad de las decisiones.


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El planteo no surge de una consigna espiritual aislada. Pillania, autor de 14 libros sobre el tema y avalado públicamente por Dalai Lama, investiga la felicidad como una habilidad que puede aprenderse y entrenarse. En ese marco, propone un esquema simple basado en tres preguntas fundamentales que funcionan como punto de partida para ordenar la búsqueda personal.

La primera pregunta, según explica, apunta al sentido: “¿Por qué deberíamos ser felices?”. Pillania sostiene que, si no se comprende la necesidad de la felicidad, se la abandona ante la primera dificultad. En su enfoque, la felicidad no es un lujo, sino un factor que impacta directamente en la salud, las relaciones y el trabajo, tres dimensiones que atraviesan la vida cotidiana de cualquier persona.


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La segunda pregunta redefine el concepto: “¿Qué es la felicidad?”. Lejos de una definición abstracta, el investigador propone entenderla como un equilibrio entre dar, disfrutar y encontrar sentido. En sus palabras, “la felicidad es el equilibrio adecuado entre dar, disfrutar de la vida y comprender su significado”. Disfrutar, aclara, no remite al placer inmediato, sino a acciones que generan bienestar durante y después, como compartir tiempo con otros o ayudar de manera genuina.

A partir de ese marco común, aparece la dimensión individual. Pillania remarca que, aunque los seres humanos son genéticamente muy similares, la felicidad es una búsqueda interior. Cada persona debe encontrar su propia forma de dar, de disfrutar y de otorgarle sentido a su vida. Esa singularidad vuelve imposible cualquier fórmula universal.


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La tercera pregunta completa el recorrido: “¿Cómo podemos ser felices?”. Para el investigador, esta es la más sencilla de responder cuando las anteriores ya están claras. La respuesta no pasa por un cambio externo inmediato, sino por asumir una responsabilidad personal. “Cada uno es responsable de su felicidad”, sostiene, y advierte que culpar a otros o a las circunstancias desvía la atención del único lugar donde puede producirse un cambio real.

Uno de los aspectos que Pillania subraya con énfasis es que la felicidad no depende del dinero. Para ilustrarlo, relata encuentros con personas en situaciones económicas extremas que, aun así, expresaban bienestar. La idea central es que la felicidad se define más por la actitud frente a la vida que por las condiciones materiales.


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En su trabajo con estudiantes y participantes de distintos países, el investigador observa efectos concretos. “Los estudiantes reportan menos estrés y ansiedad, mejores relaciones y vidas más felices”, señala al describir los resultados de sus programas. También menciona cambios en hábitos cotidianos, como una reducción del tiempo frente a pantallas y una mayor atención a experiencias simples.

Pillania insiste en que el aprendizaje de la felicidad no requiere complejidad técnica. Aunque su enfoque se apoya en investigaciones, busca traducir el conocimiento en prácticas accesibles, aplicables en la vida diaria. “La felicidad requiere de mucha práctica”, afirma, y la compara con cualquier habilidad que se fortalece con el uso constante.


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Lejos de prometer soluciones inmediatas, su propuesta invita a revisar creencias arraigadas y a reordenar prioridades internas. En ese gesto, la felicidad deja de ser una meta abstracta para convertirse en una construcción diaria, sostenida en decisiones pequeñas que, con el tiempo, reconfiguran la manera de habitar la vida.

Fuente: LA NACION.

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