Leer el mundo cuesta más: la alfabetización funcional en una vida saturada de señales

Actualidad24/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Alfabetización funcional. Imagen creada con Ia generativa por #LA17
Alfabetización funcional. Imagen creada con Ia generativa por #LA17

La escena se repite en cualquier ciudad: personas que se amontonan frente a una puerta sin dejar bajar, filas que se desarman por ansiedad, conversaciones que se empantanan porque nadie registra tonos o turnos. No es un detalle menor ni una anécdota simpática: detrás de esos roces aparece una dificultad más amplia, la pérdida de habilidades para interpretar reglas implícitas que antes circulaban sin manual de instrucciones.

Esa grieta empuja a revisar una palabra que durante décadas pareció estable. El analfabetismo, tradicionalmente asociado a la imposibilidad de leer y escribir, hoy se vuelve más esquivo: se puede decodificar letras y, aun así, fallar al comprender una consigna, completar un trámite o leer el clima social de una situación. La fuente lo sintetiza con una idea central: “la alfabetización clásica ya no basta para sostener una vida compartida en un entorno saturado de estímulos y demandas de interpretación constante”.


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En ese cambio de perspectiva aparece un indicador que gana peso: la alfabetización funcional. Investigaciones del Instituto de la Unesco sobre Aprendizaje a lo Largo de Toda la Vida señalan que este criterio resulta más decisivo que la alfabetización básica porque implica comprender instrucciones, interpretar contextos y actuar con criterio. No se trata de tener o no tener letras, sino de poder usar el lenguaje y los códigos sociales para orientarse.

El profesor emérito del King’s College de Londres Brian Street amplía el concepto al afirmar que “la alfabetización es siempre una práctica social, una trama de gestos, inferencias y saberes tácitos que exceden la decodificación de palabras”. Esa definición corre el eje: el problema no se reduce a libros y pizarrón, sino a la vida diaria, donde muchas personas chocan con textos administrativos, consignas escolares o indicaciones elementales.


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La psicóloga cognitiva Anne Mangen, de la Universidad de Stavanger, advierte que “la lectura se ha vuelto un territorio disperso, un ejercicio que exige habilidades que no siempre se consolidan en la formación escolar”. Su diagnóstico no se limita a la comprensión de páginas: también describe extravíos cotidianos, desde interpretar un formulario hasta captar el tono de una conversación. En la fuente, su mirada se vuelve más específica al señalar que “proliferan analfabetismos que no se detectan en censos, pero se notan en la experiencia diaria”.

En la convivencia, esa pérdida se vuelve visible en detalles concretos: dificultad para reconocer prioridades, silencios, distancias y turnos. La antropóloga francesa Michèle Petit lo explica desde el plano de los matices al sostener que “la convivencia depende de una lectura fina de los matices que parece desvanecerse en la prisa contemporánea”. En esa línea, investigaciones del Centre for Urban Studies de la University College London describen una percepción del espacio social más errática, con personas que registran menos las microseñales que organizan la interacción.


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La dimensión espacial también entra en juego. Saskia Sassen afirma que “las ciudades requieren una alfabetización del movimiento”, entendida como una mezcla de atención, anticipación y lectura del entorno. En su mirada, esa competencia se debilita cuando la experiencia cotidiana se fragmenta, sobre todo cuando la mirada queda fijada en una pantalla y se pierde continuidad con lo que pasa alrededor.

El problema no termina en lo urbano: también toca lo emocional. La fuente describe el analfabetismo emocional como una dificultad para reconocer gestos, tonos y matices afectivos. Estudios del Yale Center for Emotional Intelligence señalan que la capacidad de identificar emociones ajenas disminuye cuando la interacción se vuelve intermitente y mediada por dispositivos, con impacto directo en la empatía mínima que sostiene vínculos cotidianos.


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En paralelo, el universo digital agrega otra capa: operar un dispositivo no garantiza comprensión. El sociólogo Manuel Castells lo resume con una frase que la fuente retoma: “la información no equivale al conocimiento”. Y Danah Boyd delimita el problema con precisión cuando afirma: “la alfabetización digital no consiste en usar tecnología, sino en entenderla”, especialmente en un ecosistema donde la velocidad desplaza la reflexión.

Esa distancia entre uso y comprensión se vuelve más delicada con los algoritmos. El texto plantea que “la vida cotidiana se organiza a través de sistemas que recomiendan, ordenan, filtran, priorizan”, pero pocas personas conocen cómo operan. En esa discusión, Byung-Chul Han aporta una advertencia: “la transparencia algorítmica es una ilusión”, una idea que describe la opacidad de herramientas que moldean decisiones sin mostrar del todo sus mecanismos.


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En este panorama, la escuela aparece como un espacio donde ya no solo se transmiten contenidos, sino también formas de estar con otros. Investigaciones del Harvard Graduate School of Education señalan que trabajar explícitamente la convivencia mejora cooperación y regulación emocional. En palabras de Deborah Meier, citada en la fuente, “la escuela es el primer laboratorio democrático”, un lugar donde se ensayan códigos que luego sostienen la vida pública.

La expansión de la alfabetización funcional, entonces, no describe una moda académica: pone nombre a una experiencia contemporánea marcada por fricciones pequeñas pero persistentes. Entre trámites incomprensibles, conversaciones sin matices y pantallas que ordenan el día, el problema deja de ser “saber leer” y pasa a ser poder interpretar el mundo sin depender de explicaciones permanentes.

Fuente: LA NACION.

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