
Antidepresivos a largo plazo: qué se sabe, qué falta estudiar y cómo evalúan los médicos
Actualidad24/01/2026
REDACCIÓN
Los antidepresivos figuran entre los medicamentos más recetados del mundo y millones de personas los toman durante años. Sin embargo, el conocimiento científico sobre su uso prolongado resulta limitado: los ensayos que sustentaron aprobaciones regulatorias duraron meses, y los estudios controlados rara vez superaron dos años. Esa brecha deja preguntas abiertas sobre cuánto tiempo conviene tomarlos y qué ocurre cuando se interrumpen.


La aprobación histórica de estos fármacos por la Administración de Alimentos y Medicamentos se basó en estudios de corto plazo. Las guías clínicas actuales no fijan un tiempo óptimo universal, lo que obliga a decisiones individualizadas. Para muchos pacientes, esa falta de definiciones vuelve difuso el momento de continuar o suspender.
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Los psiquiatras coinciden en que la decisión debe tomarse junto al médico, considerando diagnóstico, respuesta, efectos secundarios y antecedentes. Aun así, esas conversaciones no siempre ocurren, advierte Awais Aftab. En su experiencia, parte de las prescripciones se sostienen “por inercia” en personas con bajo riesgo de recaída, un punto que —según remarca— “hay que abordarlo”.
En la práctica clínica, los efectos adversos suelen atenuarse con el tiempo, pero algunos persisten, como aumento de peso y disfunción sexual. Los relatos de pacientes muestran tensiones entre alivio de síntomas y malestar sostenido. Una mujer que utilizó citalopram por ataques de pánico describió una “estabilidad artificial” y decidió interrumpir sin acompañamiento, experiencia que los especialistas desaconsejan por los riesgos de retirada abrupta.
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Las recomendaciones profesionales varían según gravedad y trayectoria. Para cuadros severos, Jonathan Alpert indica tratar hasta que la persona se sienta “prácticamente como ella misma”, y continuar entre cuatro y nueve meses para afianzar la recuperación. Luego, muchos pacientes siguen uno o dos años en esquema de mantenimiento. Estos criterios reflejan consensos de sociedades científicas, incluida la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.
Al evaluar permanencia, los médicos miran duración previa del trastorno, repetición de episodios y respuesta al fármaco. Quienes cursaron depresiones prolongadas o múltiples presentan mayor probabilidad de recaídas. También pesa la severidad: hospitalizaciones, dificultades para funcionar y necesidad de probar varios medicamentos inclinan la balanza hacia tratamientos más extensos.
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La retirada constituye otro punto sensible. Estudios sugieren que aproximadamente una de cada seis personas experimenta síntomas al dejar un antidepresivo; en uno de cada 35 casos, los síntomas resultan especialmente intensos. Mareos, fatiga y sensaciones eléctricas aparecen entre los más reportados. Por eso, los especialistas recomiendan reducciones graduales y seguimiento estrecho.
Sobre seguridad a largo plazo, la evidencia es mixta. Estudios observacionales indican un perfil general aceptable, pero faltan ensayos de décadas. Algunos antidepresivos se asocian a aumentos de presión arterial, cambios en frecuencia cardíaca y colesterol, descenso de sodio y mayor riesgo de coágulos. Un estudio danés observó mayor riesgo de muerte súbita cardíaca en usuarios de uno a cinco años, aunque no pudo aislar si la causa fue la medicación o la enfermedad de base.
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Dado que alrededor del 11% de los adultos estadounidenses toma antidepresivos, Paul Nestadt sostiene que problemas graves extendidos difícilmente pasarían inadvertidos, pero reconoce la necesidad de más datos: “Me encantaría disponer de más estudios para cuantificar mejor estos problemas”. Aun así, subraya que, en depresión clínica, “los beneficios superan a los riesgos” cuando la indicación es adecuada.
Fuente: LA NACION.
















