La continuidad de Rubén Patagonia llega a Cosquín en la voz de Jeremías Chauque

Chubut26/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Jeremías Chauque
Jeremías Chauque

Desde Córdoba, el hijo del cantor patagónico habló con #LA17 sobre duelo, oficio y continuidad, y planteó que la música achica distancias y sostiene identidad en los festivales.

La voz de Jeremías Chauque desde la ruta y con destino a Cosquín, todavía atravesada por una pérdida reciente, pero también con una decisión clara: sostener el camino artístico y cultural que dejó Rubén Patagonia. En su testimonio, el dolor convive con una tarea diaria, ligada a escenarios, viajes y trabajo colectivo, donde la música funciona como puente entre regiones y como marca identitaria de la Patagonia.

En el comienzo de la charla, Jeremías puso palabras a un impacto familiar que todavía se siente cerca y sin distancia. Dijo “fue un golpe muy duro para todos porque no nos esperábamos, Rubén estaba realmente mucho mejor de salud y venía trabajando a la par nuestra”, y rápidamente corrió el eje hacia lo aprendido, lo vivido y lo que considera una responsabilidad frente al legado. En esa continuidad, no habló de homenaje vacío, sino de sostener una línea de oficio y compromiso con el lugar de origen.


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El hijo del músico definió esa herencia en términos concretos, vinculados a pertenencia y acción cultural, y lo expresó con una frase que ordena su mirada sobre la canción. Señaló “si hay algo que mi viejo nos ha dejado como herencia es justamente es el amor a nuestra tierra, el compromiso con nuestra gente, nuestro tiempo”, y ubicó esa idea en su propia práctica artística, “desde la canción, desde la poesía”. En ese punto, la identidad aparece como contenido y como forma, ligada a “raíz indígena” y a una Patagonia que se cuenta y se canta sin traducciones forzadas.

El relato también se corrió hacia el funcionamiento del circuito cultural, con una mirada crítica sobre la distancia que todavía separa a la Patagonia de los grandes escenarios del país. Jeremías remarcó que sostener una propuesta de música patagónica implica un esfuerzo permanente y lo explicó sin solemnidad: “la Patagonia, más que nada para el norte del país, todavía es muy lejana”. Para él, la canción cumple un rol social, político y cultural, capaz de acercar territorios y de afirmar pertenencias en pocos versos, con una potencia que se construye en el tiempo.


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En ese mismo tramo, reforzó la idea de una Patagonia que necesita más presencia en las programaciones y, sobre todo, una identidad visible en sus propias fiestas. Comparó con otras regiones y lo planteó como deuda pendiente: “la Patagonia, todavía tenemos que seguir peleando los espacios, incluso en los festivales de la Patagonia”. No lo dijo desde una queja abstracta, sino desde una experiencia de décadas, familiar y colectiva, que reconoce avances, pero marca límites cuando la cultura local queda relegada en su propio territorio.

La llegada a Cosquín aparece, en su mirada, como un espacio donde confluyen propuestas de todo el país y donde la pelea por un lugar se vuelve cotidiana. Jeremías describió el festival con precisión, más allá de la postal televisiva, y afirmó: “Cosquín es una confluencia de 24 horas de música, de encuentros de poetas”, con circuitos que se multiplican en peñas y escenarios callejeros. Ese contexto, dijo, permite volver a insistir con una idea que repite como norte: que la Patagonia también forme parte del mapa cultural argentino y no quede reducida a un paisaje distante.


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En esa continuidad se inscribe Pegú, el proyecto con el que viajan a Córdoba, presentado como una forma de nombrar el tiempo que atraviesan. Jeremías explicó el sentido del nombre y lo conectó con la historia familiar: “Pegú es una palabra en mapuche que quiere decir que es el tiempo de brotes”, y a partir de ahí definió su lugar en la trama: “Nosotros somos el brote de un árbol milenario”. El concepto funciona como marco, no como consigna, y lo ubica en una práctica que busca seguir andando sin negar el dolor.

También reconstruyó el modo en que se formaron, lejos de una carrera individual, con escenas de familia y carretera que ordenan su identidad artística. Contó que aprendieron “en los camarines, abajo del escenario”, y lo sintetizó con una imagen que trae oficio y precariedad: dormir “en una mesa o en un estuche de guitarra”. En esa misma línea, recordó que asumió tareas de producción artística desde joven, por confianza de su familia, dentro de un proyecto compartido que se sostuvo con trabajo y presencia.


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Jeremías amplió el mapa de vínculos musicales que construyó Rubén Patagonia, y lo hizo sin abandonar el centro de su mensaje. Dijo “mi viejo ha tenido la capacidad de poder trascender estilos, géneros” y enumeró colaboraciones y escenarios donde la canción patagónica se sostuvo como identidad, incluso en ámbitos ligados al rock. En ese punto, subrayó una constancia que define el legado más allá de los nombres: “siempre, siempre, siempre canción patagónica”, como criterio para entrar, dialogar y volver a decir de dónde vienen.

Hacia el final, volvió sobre la Patagonia y sobre el lugar de las políticas culturales, con un pedido que conecta programación, Estado y futuro de nuevos compositores. Planteó “necesitamos políticas culturales que afiance la identidad” y lo vinculó con una idea de transmisión: que chicos y chicas puedan contar su cotidianidad sin pedir permiso, con más espacios y mejores condiciones. En esa misma línea, dejó una frase que resume su lectura del momento y su apuesta a la continuidad sin épica: “hay que seguir adelante”, como forma de sostener una obra y una comunidad cultural que no se interrumpe con una ausencia.

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