A cien años del Polaco Goyeneche, la voz que torció prejuicios y dejó marca en el tango

Otros Temas29/01/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
Goyeneche
Goyeneche

A cien años del nacimiento de Roberto Goyeneche, el tango vuelve a escucharse desde otro lugar. No desde la nostalgia fácil ni desde el museo sonoro, sino desde una forma de cantar que incomodó expectativas y abrió caminos expresivos. Su voz áspera, reconocible desde el primer compás, todavía genera una identificación inmediata en oyentes de distintas edades.

Durante décadas, el imaginario del cantor de tango quedó asociado a una estética precisa. El Polaco no encajó en ese molde y eso resultó evidente desde sus primeras apariciones públicas. Su figura rubia y de rasgos claros chocó con los prejuicios de época, aunque esa distancia se disolvía apenas empezaba a cantar.

El impacto no pasaba por un virtuosismo técnico tradicional. El centro estuvo siempre en el fraseo, en esa manera de estirar, cortar o apoyar una palabra para que el sentido del verso respirara distinto. En cada interpretación, el texto ganaba peso propio y se volvía experiencia compartida.


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Ese modo de aprender también marcó su recorrido. En una entrevista radial, cuando Antonio Carrizo le preguntó por sus inicios, el cantor respondió con una definición que resumió su escuela personal: “Aprendí de la vida, de la calle y de la noche... de todos esos lugares donde siempre fui punto, nunca banca”. La frase explicó una ética y una estética sin solemnidad.

Nacido el 29 de enero de 1926 en Saavedra, Goyeneche creció en un contexto de trabajo temprano y responsabilidades familiares. Oficios varios, jornadas largas y noches extensas convivieron con el deseo de cantar. Esa experiencia cotidiana apareció luego en su manera de decir cada tango, sin impostaciones.

El apodo que lo acompañó toda la vida surgió en los años cincuenta, cuando Ángel Paya Díaz lo llamó “El Polaco” mientras integraban la orquesta de Horacio Salgán. Lejos de quedar como una anécdota, el nombre terminó por identificar una forma singular de interpretar el 2x4.

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Su paso por la orquesta de Aníbal Troilo consolidó un estilo que ya resultaba inconfundible. Más tarde, el camino solista amplió su llegada y permitió que su voz circulara por escenarios diversos. El tango, en su garganta, no sonó encerrado en una sola tradición.

Esa amplitud se reflejó también en los cruces musicales. Grabó junto a Mercedes Sosa, compartió proyectos con artistas del rock argentino y entabló vínculos que acercaron públicos distintos al tango. La convivencia de géneros apareció como una consecuencia natural de su manera de cantar, no como una estrategia.


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El reconocimiento de sus pares llegó en múltiples gestos. Uno de los más recordados ocurrió cuando Cacho Castaña le cantó en camarines una letra escrita en su honor. El Polaco reaccionó con humor y lucidez: “¡Che, pero todavía estoy vivo!”, dijo, al entender el sentido del homenaje.

Ese tema, “Garganta con arena”, terminó por fijar una imagen sonora que ya existía. La voz áspera, el decir quebrado y la emoción sin artificios quedaron asociados para siempre a su nombre. A cien años de su nacimiento, esa forma de cantar sigue funcionando como referencia, no por repetición, sino por autenticidad.

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