
Puerto Madryn convive con la pesca récord mientras escasea el pescado fresco local
Actualidad29/01/2026
Sergio Bustos
En una ciudad asociada históricamente a la actividad pesquera, conseguir pescado fresco de manera regular se volvió una dificultad que expone prioridades productivas y comerciales.


Puerto Madryn se consolidó como uno de los polos pesqueros más importantes del país. Su puerto, su industria y su perfil económico están profundamente ligados al mar. Sin embargo, en la vida cotidiana, el acceso sostenido a pescado fresco en las pescaderías locales resulta cada vez más limitado.
La situación no responde a episodios aislados ni a períodos puntuales del año. La falta de determinadas especies en los mostradores se repite con frecuencia y se extiende en el tiempo. El langostino entero, uno de los productos emblemáticos de la región, suele encontrarse solo en formato de cola congelada, cuando aparece.
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El fenómeno se replica en otras especies. El salmón rosado ingresa de manera irregular según disponibilidad de stock, mientras que el atún rojo directamente dejó de formar parte de la oferta habitual. En contraste, las heladeras mantienen una presencia constante de merluza, pez gallo y productos congelados procesados.
Esta composición de la oferta no guarda relación con la riqueza del recurso marítimo. El problema no es la falta de pesca, sino el destino de esa producción. La lógica predominante del sector prioriza el mercado externo, donde se concentran volumen, rentabilidad y escala.
En la ciudad, los puntos de venta de pescado fresco son escasos. La pregunta sobre dónde comprar pescado aparece con naturalidad en conversaciones cotidianas. Esa duda, recurrente, refleja una desconexión entre la actividad portuaria y el consumo urbano.
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Una respuesta habitual remite a Rawson como alternativa. La mención se repite y funciona casi como referencia obligada. Para una ciudad integrada a la pesca, la dependencia de otra localidad para acceder a producto fresco expone un vacío en la cadena local de comercialización.
Ese espacio lo ocupan, en muchos casos, pescadores artesanales que recurren a la venta directa. La modalidad suele ser informal y se sostiene mediante recorridas barriales o contactos personales. Más que una excepción, se convirtió en un circuito paralelo que responde a una demanda concreta.
En paralelo, dentro del sector pesquero circula con fuerza la consigna “Los 19, comé pescado”, utilizada como bandera de promoción del consumo. Sin embargo, la consigna no se traduce en una política efectiva de abastecimiento interno, ya que la estructura productiva continúa orientada casi exclusivamente a la exportación.
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El resultado es una paradoja persistente. Puerto Madryn exporta pescado a mercados internacionales, pero no garantiza de manera regular el acceso a ese mismo recurso en su propio territorio. La situación no obedece a limitaciones naturales, sino a decisiones comerciales e incentivos del sistema.
El escenario abre interrogantes sobre el perfil productivo de la ciudad. La relación entre puerto, industria y mesa local sigue sin resolverse, mientras el pescado fresco se vuelve un bien intermitente en una ciudad que vive, trabaja y se proyecta desde el mar.








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