
Cuando el fuego pasa, el agua cambia: advierten que la Patagonia ya no será igual
Actualidad01/02/2026
REDACCIÓN
Científicos del Conicet advierten que los incendios “de nueva generación” degradan suelos y ríos, cambian el paisaje y empujan pérdidas difíciles de revertir.
En el norte de la Patagonia, el incendio no termina cuando baja el humo: empieza otra etapa, silenciosa y más larga, que se cuela en el agua que se toma y en la tierra que queda. La señal más directa aparece en los ríos y lagos cercanos a las zonas quemadas, donde la ceniza y la tierra vuelven todo turbio. "Nosotros tomamos agua de los ríos y lagos. Y después de este tipo de incendios, se pinta de color marrón, tanto que los servicios de agua potable tienen que cerrar porque los filtros se tapan en época de lluvias", describió el técnico principal del Conicet Patagonia Norte, Javier Grosfeld.
Ese “después” del fuego, que se impone como urgencia entre científicos, habitantes y organizaciones, gana espacio tras una de las temporadas más graves de al menos los últimos 140 años. No se trata solo de cantidad de focos, sino de una forma distinta de propagación: más rápida, con mayor intensidad y capacidad de arrasar superficies amplias. A ese fenómeno lo llaman incendios “de nueva generación”, porque su comportamiento ya no responde a los parámetros con los que se explicaban los eventos de décadas anteriores.


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El paisaje, además, no vuelve a su punto de partida como si fuera una pausa momentánea. Los bosques de cipreses, lengas y coihues cambian con cada evento, y esa repetición empuja una transformación de largo plazo. "Si antes Chubut tenía paisajes boscosos, ahora son de matorrales", dijo Grosfeld, con una frase que funciona como diagnóstico y proyección de lo que dejan las llamas cuando se vuelven regla.
En esa metamorfosis, la fauna queda atrapada en el peor calendario posible: el verano. Muchos incendios se inician en la estación donde aves, anfibios, reptiles, mamíferos e insectos aprovechan el calor para criar, y el fuego corta ese ciclo de un modo brutal. La investigadora asistente del Inibioma Conicet, Natalie Dudinszky, remarcó que estos incendios pueden eliminar colonias completas de animales y que, en muchos casos, se trata de especies que solo habitan esa zona.
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El problema, sin embargo, no se mide con la misma precisión que otros indicadores de la emergencia. Mientras se registran brigadistas activos o casas afectadas, los impactos directos en los animales no fueron calculados, según advierte el propio abordaje científico citado en la fuente. Esa falta de números no implica ausencia de daño: marca un vacío de información en un escenario que se acelera, donde la pérdida de biodiversidad puede volverse irreversible antes de quedar documentada.
Los efectos también se sienten por debajo de lo visible, en la calidad del suelo y del agua, y en la cadena de vida que depende de esas condiciones. Hay evidencia de otros territorios y del lado chileno que muestra impactos sustantivos sobre la diversidad de árboles, junto con una caída de calidad en suelos y cursos de agua. En términos ecológicos, esa degradación golpea durante el incendio y persiste después, cuando el bosque intenta recomponer lo que el fuego corta de raíz.
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Esa persistencia conecta el desastre con la vida diaria y también con la economía, aunque a veces se lo discuta como si fuera un tema “natural” aislado. Los bosques sostienen alimentos, polinización de cultivos y servicios que muchas comunidades dan por sentados hasta que se interrumpen. En el sur argentino, además, el valor paisajístico sostiene turismo internacional y un circuito de ingresos que depende de que el entorno siga siendo bosque y no un terreno empobrecido.
La explicación técnica del avance del fuego vuelve, una y otra vez, a tres condiciones: combustible seco y abundante, viento y una chispa. En Argentina, esa chispa la provoca el ser humano en el 95% de los casos, según datos oficiales citados en la fuente, un dato que pone a la conducta social y al control territorial en el centro del problema. Grosfeld también subrayó el papel de los rayos, porque aunque aparecen como una porción menor de las causas, pueden caer en sitios remotos y demorar la reacción, y un estudio del Conicet del año pasado les atribuye ser la causa del 50% de la superficie quemada en los últimos diez años.
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A esa ecuación se suma un factor que los especialistas describen como crítico: la presencia de pinos introducidos por intervención humana. La Patagonia no tuvo incendios tan recurrentes en su historia reciente y gran parte de su flora y fauna no desarrolló adaptaciones al fuego como ocurre en otras regiones. El pino, con troncos menos húmedos y más resinosos, se vuelve un combustible eficaz y, según se describe, sus conos pueden “explotar” y dispersar semillas, lo que facilita su expansión sobre terrenos degradados, incluso cuando plantaciones antiguas quedan abandonadas.
El resultado de ese combo se expresa en tiempos biológicos que chocan con la frecuencia de los incendios actuales. "Un bosque maduro de coihue puede tener entre 600 años; el mínimo para que un bosque más o menos se recupere son al menos 100 años. Y los alerces milenarios no los veremos nunca más", advirtió Dudinszky, al describir una pérdida que no se compensa con rebrotes rápidos. En ese mismo registro, recordó que especies sensibles como la lenga sufren con el fuego: "Las especies de Nothofagus [o lenga], por ejemplo, son bastante sensibles al fuego".
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En Epuyén, Cholila y otras zonas de la Comarca Andina, esa degradación se vuelve también un problema de conservación y conectividad, con especies amenazadas que podrían quedar sin refugio. Grosfeld lo explicó desde la incertidumbre concreta que dejan las llamas: "Hay poblaciones de carnívoros como pumas, zorros y huemules. Hay poblaciones muy importantes de huemules, que es una especie amenazada. Había una población en Epuyén. Era una zona de mucha conectividad y ahora no sabemos cuál fue su destino". La cautela metodológica evita, por ahora, traducir el daño a cifras cerradas, pero el diagnóstico que comparten los expertos apunta a un ecosistema que cambia más rápido de lo que se puede medir.
Fuente: LA NACION.

















