
Detectan que a los 44 comienza el deterioro cognitivo con una marcada aceleración a los 67 años
Actualidad04/02/2026
REDACCIÓN
Entre los 44 y los 67 años aparece una “ventana” en la que el cerebro pierde eficiencia para usar glucosa. Un estudio con 19.300 casos y otra prueba con cetonas ponen el foco en la prevención.
No se trata de un corte abrupto ni de una sentencia personal, pero sí de un umbral que los investigadores marcaron con claridad. Científicos de la Universidad de Stony Brook analizaron datos de aproximadamente 19.300 personas y detectaron que el deterioro cognitivo empieza a asomar a partir de los 44 años, con una aceleración marcada a los 67.
El trabajo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, no pone el acento en la memoria como “síntoma” aislado, sino en la energía disponible para sostener el funcionamiento cerebral. En ese esquema, el problema no pasa solo por el paso del tiempo, sino por cómo envejecen los mecanismos que alimentan a las neuronas.


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La explicación que proponen apunta a un punto metabólico: el cerebro pierde, de manera gradual, la capacidad de usar correctamente la glucosa. Esa merma se asocia a una caída de energía en el órgano y, con el tiempo, se vincula con el desgaste de habilidades como comprender, aprender o tomar decisiones frente a estímulos del entorno.
En ese contexto aparece un concepto que los investigadores describen como una etapa crítica. La fuente lo define como una “ventana” donde el cerebro atraviesa una disminución de energía por la resistencia neuronal a la insulina, un fenómeno que vuelve menos eficiente el aprovechamiento de combustible.
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La neurocientífica Mujica Parodi subrayó que conocer el momento en que se enciende ese proceso puede jugar a favor. En la lógica del estudio, anticipar el problema abre una puerta: si se identifica el tramo donde el cerebro se vuelve más vulnerable, también se puede pensar en acciones para amortiguar el impacto sobre la vida cotidiana.
La especialista explicó además que en la mediana edad las neuronas atraviesan un estrés metabólico mayor. La idea que surge de la fuente es directa: el cerebro detecta que no le alcanza el combustible y empieza a funcionar con menos margen, lo que empuja a buscar alternativas para restablecer esa dinámica.
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Con ese marco, el equipo decidió poner a prueba la hipótesis con una intervención concreta. Les suministraron suplementos de cetonas a 101 personas, con el objetivo de aumentar la sensibilidad a la insulina y reducir el daño asociado a ese deterioro energético.
Los resultados de esa prueba empujan una lectura prudente pero relevante. Según la fuente, la degradación se estabilizó, y los investigadores concluyeron que la prevención del envejecimiento cognitivo resulta posible cuando se interviene antes de que el daño sea sustancial.
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El dato, lejos de vender una fórmula, instala una pregunta cotidiana: si el declive se empieza a insinuar a los 44 y pisa el acelerador a los 67, la discusión se corre de “cuándo llega” a “qué se hace antes”. En esa mirada, la prevención aparece como un campo real, vinculado a entender la energía del cerebro y su relación con la insulina.
También pesa un recordatorio que el texto toma del National Institute on Aging de Estados Unidos: el envejecimiento puede traer cambios en el pensamiento, bajar la capacidad de aprendizaje y afectar actividades mentales complejas. El hallazgo de Stony Brook suma una pista sobre el “cómo” y el “cuándo”, con números y un mecanismo que no se explica por una sola causa.
Fuente: LA NACION.
















