
A 50 años de Taxi Driver, la escena que hoy ningún estudio se animaría a filmar
Otros Temas06/02/2026
REDACCIÓN
Medio siglo después del estreno, el film de Martin Scorsese sigue incomodando por su violencia, su política y su adultez sin filtros. Costó poco, recaudó una fortuna y dejó marcas reales que todavía se discuten.


En el calendario del cine, los aniversarios suelen quedar como excusa para repasar nombres y premios, pero con Taxi Driver la efeméride trae otra cosa: la sensación de que ahí se corrió un límite. La película estrenó el 8 de febrero de 1976 y, con su éxito, terminó de poner en el centro a una generación que metió la violencia y la política en el mainstream, sin pedir permiso. No fue solo una consagración de Robert De Niro y Jodie Foster, también fue una señal de época, con una Nueva York sucia, nerviosa y nocturna como espejo de un país.
Ese lugar de “película bisagra” no depende de su vitrina de premios. La historia recuerda que el film perdió el Oscar frente a Rocky, aunque se quedó con la Palma de Oro en Cannes, un festival que suele funcionar como termómetro de tendencias. Scorsese ya venía con reconocimiento crítico y el salto grande llegó con una historia que combinó calle, género y un pulso social imposible de peinar.
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Para entender por qué impactó tanto, hay que mirar el clima que rodeó su nacimiento. Estados Unidos transitaba la retirada de Vietnam, la caída de Nixon por el Watergate y una crisis de confianza que agujereó el mito de la invulnerabilidad. En el cine, el viejo Código de Producción ya no corría y el público empezaba a ver, sin el corset de antes, escenas y temas que durante décadas quedaron afuera. En ese caldo, el cine de autor europeo empujaba estéticas nuevas y el cine independiente mostraba violencia sin intermediarios, lo que amplió el margen para que una película como Taxi Driver pudiera existir y, encima, triunfar.
Scorsese, como otros directores de su generación, venía de las escuelas de cine y mezclaba dos tradiciones: el entusiasmo por la Nouvelle Vague y la idea del director como autor, aplicada incluso al Hollywood clásico. En ese círculo, los proyectos circulaban y las recomendaciones también. El guion de Paul Schrader llegó primero a manos de Brian De Palma, que lo rechazó, pero en Scorsese encontró un director dispuesto a abrazar esa mirada desesperada sobre la ciudad y la alienación.
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La base real del relato suma otra capa incómoda. El texto remite al caso de Arthur Bremer, un hombre marginado y mentalmente inestable que planeó matar a Richard Nixon y terminó disparándole en mayo de 1972 a George Wallace, candidato presidencial demócrata, que quedó paralizado. Sobre esa matriz, Schrader construyó a Travis Bickle, veterano de Vietnam y taxista nocturno, con un recorrido que pasa por el fracaso afectivo, un intento de atacar a un candidato político y una escalada de violencia que lo convierte, con ironía amarga, en “héroe” mediático.
La película también funcionó como catálogo de recursos de los 70, donde la cinefilia no era pose sino herramienta. La banda sonora la firmó Bernard Herrmann, histórico compositor ligado a Alfred Hitchcock, y el film mezcló clima de terror, noir y realismo de locación. Según la fuente, una huelga de recolectores de basura en el verano de 1975 reforzó esa atmósfera cargada, como si la ciudad misma respirara mal y empujara al protagonista hacia el borde.
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Pero el punto que hoy resulta más difícil de imaginar no es una anécdota de rodaje ni la famosa improvisación del espejo. El centro de gravedad, sostiene el texto, es Iris, la prostituta de 12 años interpretada por Jodie Foster, con escenas que el artículo describe como imposibles de filmar en el contexto actual, aun con cuidados y contención en el set. Esa adultez explícita —sin la coartada de la sugerencia— empuja la idea que atraviesa todo el repaso: “nadie filmaría hoy Taxi Driver; mucho menos como lo hizo Scorsese”.
El éxito comercial mostró que el golpe no fue solo estético. El film costó 1,3 millones de dólares y recaudó 28 millones, cifras que el artículo propone dimensionar multiplicándolas para llevarlas a un equivalente actual. Y esa conexión con el clima social también tuvo un derivado brutal: el texto recuerda el caso de John Hinckley Jr., obsesionado con Foster, que después de acosarla buscó emular a Travis y terminó atentando contra Ronald Reagan en marzo de 1981.
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Medio siglo después, la discusión sobre qué queda de Taxi Driver sigue abierta porque la película no envejece cómoda. El artículo propone incluso una lectura dura: “en el fondo, es una película reaccionaria”, no por una adhesión explícita a esos valores, sino por lugares comunes que aparecen en su mirada, como la violencia como solución o la ciudad como fuente de males. Para algunos espectadores, esas premisas se explican como parte del rompecabezas de Travis; para otros, forman parte del problema y de la incomodidad que la mantiene viva.
Quizás ahí esté su persistencia: en que todavía se discute, todavía provoca y todavía suena demasiado adulta para un tiempo que consume imágenes extremas pero se incomoda con ciertos bordes narrativos. La película consagró a su director y a sus estrellas, y habilitó una franqueza visual e ideológica que hoy muchos celebran como obra maestra, aunque pocos se animen a repetir el método. En 1976, esa libertad entró por la puerta grande; en 2026, sigue siendo el dato que no pierde filo.
Fuente: LA NACION.
















