

En plena emergencia la mente empuja y el cuerpo sigue, pero el golpe aparece después. Testimonios en la Patagonia describen insomnio, pánico, llanto y desgaste emocional con pocas redes de contención.


Cuando el frente de fuego se corre unos metros y la urgencia afloja, para muchos empieza otra pelea que casi no se ve. La escena deja de ser solo mangueras, palas y líneas de defensa, y se vuelve también noches sin descanso, recuerdos borrosos y un estado de alerta que no se apaga. En la Patagonia, en medio de incendios de gran magnitud, los testimonios de brigadistas y vecinos empiezan a mostrar el costo psicológico que se acumula por detrás de la tarea.
Ese impacto aparece en formas repetidas: sueños con incendios que derivan en insomnio, sensación constante de alerta, depresión y consumo problemático, además de una adrenalina que tapa el sueño, la tristeza o el miedo durante el operativo. La urgencia por salvar vidas y evitar pérdidas deja ese plano fuera del primer foco, aun cuando se cuela en cada descanso breve. La salud mental de quienes combaten incendios en la Argentina, según se plantea en la fuente, no cuenta con un estudio sistemático.
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En otros países, como Estados Unidos y Canadá, los registros en bomberos y guardaparques ya ubican síntomas comparables a los reportados en contextos de guerra, con estrés postraumático, patologías recurrentes e incluso intentos de suicidio. Esa comparación no busca dramatizar el incendio, sino describir la intensidad de la exposición y la persistencia de sus efectos. En el sur argentino, los relatos muestran una trama parecida: la emergencia pasa, pero la mente no siempre acompaña ese cierre.
Desde el trabajo profesional en terreno, el psicólogo Diego Núñez, presidente de la Federación Internacional de Psicología de la Emergencia e integrante de un equipo que asiste a brigadistas del Parque Nacional Los Alerces, describe un primer síntoma que se impone en las charlas de intervención: el “agotamiento extremo y la visión de túnel”. Lo define como una respuesta de supervivencia que limita el registro del entorno y comprime todo en una sola misión. En ese clima, también aparecen frustración, sentido de pérdida, incertidumbre, preocupación, miedo e impotencia, aun cuando muchos eligen no verbalizarlo.
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La experiencia de Natalia Dobranski, técnica en gestión forestal y voluntaria de la Brigada Andina, expone cómo el impacto se mezcla con escenas concretas. Ella cuenta que fue la primera en encontrar sin vida a su vecino Don Reyes, un hombre de 74 años que volvió a su casa pese a la evacuación y cuyos pulmones colapsaron por el humo, mientras el incendio rodeaba su vivienda y la base de la brigada. En ese mismo episodio, ella y sus compañeros perdieron herramientas y pertenencias, y la memoria de lo ocurrido quedó rota en pedazos.
Dobranski intenta reconstruir el momento, pero reconoce lagunas difíciles de llenar. “Estoy segura de que cuando llegué, él estaba a unos metros, pero que por el ruido del incendio no nos encontramos”, dice, mientras admite que no recuerda partes decisivas y que solo conserva registros porque llevaba un celular en la pechera. Esa falta de recuerdo no aparece como un caso aislado, sino como algo frecuente entre combatientes que atraviesan escenas de peligro extremo, gritos, animales atrapados y decisiones en segundos.
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Un brigadista que prefirió no dar su nombre marcó el mismo punto desde otro ángulo, el del regreso al silencio. “Lo más difícil aparece después, cuando baja la adrenalina, con agotamiento emocional y estrés acumulado”, sostuvo, y describió que entre un verano y el siguiente no hubo margen para detenerse. Hablan cuando pueden, casi siempre entre compañeros, y buscan recomponer lazos tensados por la intensidad y la pérdida.
En Los Alerces, el guardaparque Ariel Rodríguez, interventor del parque, aporta otra dimensión: la del desgaste en la línea de trabajo y la frustración de cortar un operativo sin cerrar una defensa. “No quieren cortar porque están construyendo una faja de control o una línea de defensa… y les faltan 50 o 100 metros para asegurarla en un punto seguro como un pedrero o un río”, explica, al describir jornadas que se estiran más allá de lo previsto. En esa tensión aparece una angustia concreta: “Es terrible cuando, de repente, una noche, el fuego pasa la línea que construiste con tanto esfuerzo durante dos o tres días”, reconoce, con la idea de riesgo permanente instalada en la rutina.
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Rodríguez también admite que el combate del fuego convive con resistencias a pedir ayuda y con recursos limitados en el propio terreno. “Es un grupo de voluntarios que lo hacen gratis para asistir a todos aquellos que se quieran tomar ese minuto de conversación, que descomprime la situación”, detalla, al hablar de apoyo virtual, y agrega: “Algunos participan, no todos”. Esa frase resume una dificultad: la asistencia depende muchas veces de la voluntad individual, aun cuando el estrés atraviesa a brigadistas y a vecinos.
Desde Río Negro, el Splif aparece como una de las pocas experiencias con una acción más ordenada, a partir de un convenio con el Colegio de Psicólogos provincial. Orlando Báez, titular del organismo, describió que el abordaje también puede incluir consumos y cualquier problema que afecte el desempeño laboral. “Incluso vamos a abordar problemáticas de consumos, si los hubiera, y todo problema que afecte el desempeño del trabajo de los brigadistas”, afirmó, al explicar el alcance de ese acompañamiento.
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En el mismo sentido, Núñez insiste en que la contención no se reduce a una charla ocasional y que requiere formación específica. “Es importante recordar que no son superhéroes, sino personas con un entrenamiento especial… su principal herramienta de trabajo… es su estabilidad emocional”, plantea, y remarca: “Esto no lo puede realizar cualquier psicólogo”. En su mirada, el acompañamiento profesional sostiene una idea simple y humana: “El fuego se apaga, pero el impacto emocional de estas catástrofes solo se sana con el acompañamiento profesional de especialistas”.
La presión no recae solo sobre personal con carrera formal en el Estado, también cae sobre vecinos que arman cuadrillas cuando el incendio se acerca. Ailín Feu, exsecretaria de Turismo de Cholila y brigadista voluntaria, describe un quiebre de época en su propio calendario emocional. “La sensación es literalmente que el mundo se paró ese 21 de enero y, a partir de ahí, toda la vida se resume a qué es lo que pasa con el fuego y hacia dónde va”, contó, y explicó que la adrenalina sostiene el cuerpo mientras la mente queda al borde.
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En esa misma conversación, Feu pone palabras al momento en que alguien pregunta “cómo estás” y el corset se rompe. “Estamos destrozados, funcionando casi en modo de supervivencia”, expresó, y completó con una imagen directa: “Literalmente todo alrededor se quema”. En su lectura, el verdadero golpe llega cuando la urgencia baja y queda la comunidad mirándose a la cara, sin el ruido de los aviones hidrantes como pantalla.
Manuel Murillo, voluntario de la Brigada Andina, muestra el otro lado del “día después”: el incendio que deja de ser noticia general y se vuelve historia familiar. “Medio que uno se olvida del riesgo”, admite, y cuenta que este verano salió menos con la brigada porque el fuego iniciado en Puerto Patriada destruyó la casa de su familia. “Me tocó. Lo esperamos, el fuego nos pasó y no pudimos hacer nada”, relató, y describió guardias de ceniza y el esfuerzo por sostener a los suyos cuando “quedamos todos dados vuelta”.
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Branko Zuñiga, maestro mayor de obras y fotógrafo de Epuyén, sumó un testimonio que vuelve sobre la mecánica emocional del envión. “En la emergencia, es difícil ponerse a pensar en toda la situación, es como que uno va con envión. Cuando me detuve a pensar, me quebré”, contó, y habló de tristeza e impotencia ante lo que veían venir. En su relato también aparece un dato duro que pesa en la memoria del pueblo: el año pasado se quemaron 70 casas.
La fuente plantea, además, un vacío que recorre varias voces: la asistencia no aparece sistematizada ni desde el gobierno nacional ni desde las administraciones provinciales, y los ejemplos se muestran como aislados. Según se indica, LA NACION consultó al Servicio Nacional de Manejo del Fuego y a la Administración de Parques Nacionales sobre planes integrales durante todo el año, pero no obtuvo respuesta. Mientras el fuego sigue activo, esa ausencia deja una pregunta abierta: qué herramientas quedan cuando el humo se disipa, pero el cuerpo y la cabeza todavía corren.
Fuente: LA NACION.



















