La carne en la Patagonia entra en una etapa de escasez que ya impacta en precios y abastecimiento

Actualidad08/02/2026Sergio BustosSergio Bustos
carne exportaciones
Faltará carne.

La suba sostenida del precio de la carne en la Patagonia no responde a un movimiento aislado ni a un fenómeno pasajero. Detrás de los valores que aparecen en carnicerías y góndolas existe una trama compleja que se construyó durante años y que hoy deja al descubierto sus límites. La región enfrenta una restricción clara de oferta que condiciona toda la cadena, desde el campo hasta el consumidor.

Los datos oficiales muestran que los cortes vacunos aumentan por encima de la inflación general, pero esa referencia numérica no alcanza para explicar lo que ocurre. La cantidad de animales disponibles se redujo de manera significativa, y esa menor disponibilidad opera como un piso rígido para los precios. En un mercado con demanda sostenida, la escasez empuja los valores sin necesidad de otros estímulos.

Para Leonardo Claps, especialista del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en mercados de carne, el problema tiene raíces profundas. “En los últimos ocho o diez años nos comimos todas las vacas”, afirmó durante una charla pública, al describir un proceso prolongado de liquidación de stock que afectó especialmente a los vientres, la base reproductiva del sistema.


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Esa reducción no surgió de una decisión aislada. Durante años, la actividad ganadera perdió atractivo económico y muchos productores optaron por achicar rodeos para sostener sus cuentas. Hoy, cuando el negocio vuelve a mostrar márgenes positivos, la estructura productiva no acompaña esa recuperación y limita la respuesta de la oferta.

La consecuencia directa aparece en los ciclos productivos. Menos vacas implican menos terneros y, en el mediano plazo, menos novillos. Claps explicó que el sistema entra ahora en una etapa de retención de vientres, necesaria para recomponer el stock, pero que reduce todavía más la cantidad de animales disponibles para faena. “Eso implica menos animales disponibles para faena y, como resultado directo, precios más altos”, señaló.

A este escenario se suma una presión externa que gana peso. La demanda internacional de carne creció con fuerza y compite de manera directa con el consumo interno por una oferta limitada. El mercado exportador absorbe volumen y genera una tensión adicional en regiones alejadas de los grandes centros de producción, como la Patagonia.


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El clima agrava ese cuadro estructural. La sequía persistente altera los tiempos tradicionales de comercialización y obliga a muchos productores a vender antes de lo previsto. En zonas de Río Negro y Neuquén, la falta de pasto acorta los procesos de cría, recría y engorde, con impacto inmediato sobre el peso de los animales.

“No hay campos por la sequía. Se están vendiendo animales sin tener la cría, la recría o incluso el engorde terminado”, describió Claps. Esa venta anticipada reduce el peso final y compromete la productividad futura, porque los rodeos llegan debilitados a la siguiente campaña.

El efecto se siente también en la industria. La faena en Río Negro cayó cerca de un 10%, un descenso más marcado que el promedio nacional. A esa baja se suma el impacto del esquema sanitario vigente, que limita el ingreso de hacienda desde otras regiones y deja a frigoríficos y mataderos con menor volumen y costos más altos.


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“Los animales estaban, así que en algún lugar se venden”, planteó el especialista, al explicar que gran parte de la hacienda se dirige hacia el norte de la barrera sanitaria o hacia la Patagonia Sur. Esa dinámica debilita el entramado industrial local y reduce la capacidad de abastecimiento regional.

En reuniones recientes con autoridades del SENASA, se analizó la posibilidad de habilitar el ingreso limitado de animales pesados para faena regional. La lógica apunta a reducir costos por kilo producido. “Es economía de escala pura: menor costo operativo por kilo faenado”, sintetizó Claps, al comparar la diferencia entre animales livianos y pesados.

El horizonte inmediato no ofrece señales de alivio. La recuperación productiva depende de lluvias y temperaturas adecuadas, condiciones que en la Patagonia recién aparecen en primavera y verano. “En el corto plazo no va a haber pasto”, advirtió el especialista, al describir un escenario climático que prolonga las restricciones.

Con menos kilos por animal, menos faena y mayores costos logísticos, toda la cadena cárnica regional queda condicionada. La menor productividad por hectárea y por cabeza termina trasladándose al precio final, en un contexto donde la oferta no logra recomponerse al ritmo de la demanda.

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