
Submarinos, minas y silencio: lo que no cierra en la Operación Golfo Nuevo
Sergio Bustos
Dos relatos chocan sobre un mismo episodio en aguas de Puerto Madryn: fechas, duración y hasta el enemigo cambian, pero el cierre oficial existe y sorprende.
En Puerto Madryn circula desde hace décadas una historia con aroma a expediente incompleto. No se trata solo de un supuesto submarino en el Golfo Nuevo, sino de cómo se contó y cómo se cerró el tema puertas adentro. La propia fuente muestra un punto de partida inusual: un hecho con nombre rimbombante, “Operación Golfo Nuevo”, narrado con versiones que no encastran entre sí.
La primera grieta aparece en algo básico: el calendario. Un relato ubica el episodio en mayo de 1958 y lo describe como una búsqueda intensa que se corta en pocas horas. El otro estira la historia hasta enero y febrero de 1960, con operaciones de días, despliegue masivo y hasta apoyo extranjero. Con esos datos, el lector se enfrenta a una pregunta simple: ¿se habló del mismo hecho o de hechos distintos bajo el mismo rótulo?


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En una de las versiones, el Estado aparece con nombre y apellido desde el inicio. El 22 de mayo de 1958, el presidente Arturo Frondizi “reconoció la presencia de un sumergible desconocido” en la zona de Bahía Cracker, y el operativo sumó Aviación y Marina con ataques intensos. En ese mismo registro figura otra incursión “reconocida oficialmente” en octubre de 1959, otra vez en el golfo, otra vez sin captura. El patrón que queda a la vista no es el del hallazgo, sino el de la fuga.
Cuando el relato salta a 1960, la escala cambia y el lenguaje se vuelve de guerra. La fuente sostiene que el 30 de enero, cadetes navales detectan un submarino “inidentificable” en un área de maniobras de la Armada. También introduce una identificación fuerte: “un submarino tipo 21”, presentado como lo más moderno de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. En el medio aparecen datos técnicos que alimentan la intriga y la confusión, como la idea de un submarino “atómico” por la velocidad o incluso “dos submarinos” operando a la vez.
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Ese mismo tramo describe un Golfo Nuevo transformado en tablero militar. La Armada “movilizó todo lo que tenía a disposición”, localizó el objetivo a 150 metros y bombardeó durante días con aviones desde Mar del Plata y Bahía Blanca. En la boca del golfo, los patrulleros King y Murature y el contratorpedero Cervantes “sembraron de minas” los 16 kilómetros de ancho, mientras la Infantería de Marina se desplegó en la costa. También aparecen noches iluminadas por bengalas y reflectores, como si el mar se convirtiera en una pantalla esperando un periscopio.
El dato político más contundente de esa versión llega el 11 de febrero: Frondizi “ordenó el ataque total”. Según la fuente, participaron trece navíos y cuarenta aviones, y se desviaron rutas comerciales “tanto aéreas como marítimas”, además de correr a la prensa de la zona. Esos elementos pintan una operación de alto impacto, no un rumor costero. Y, sin embargo, el final vuelve al terreno del “no se sabe”.
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En ese mismo bloque aparece un reconocimiento oficial que, leído hoy, suena a admisión de incertidumbre. El ministro de Defensa, Justo Vilar, “reconoció que ‘no sabían si el submarino había logrado escapar’”. La frase expone el límite de un operativo enorme y deja una incógnita incómoda: si hubo despliegue, minas, aviones y cargas de profundidad, ¿cómo se esfumó el blanco? La fuente suma que el 20 de febrero se disparó “por primera vez en la historia” un torpedo aportado por Estados Unidos, que “misteriosamente erró el blanco”, y que otros dos tampoco acertaron.
El cierre militar, siempre según ese relato, llega el 25 de febrero, cuando “la Marina anunciaba la suspensión definitiva de la búsqueda de los submarinos no identificados”. Y ahí el tema cambia de cancha: entra la diplomacia y aparece un nombre pesado de la Guerra Fría. La fuente menciona declaraciones del viceprimer ministro soviético Anastas Mikoyan, quien negó que se tratara de naves rusas y dijo que “solo iban a aparecer un montón de peces muertos”. El texto asegura que después “aparecieron cientos de peces y pingüinos muertos”, un detalle que pega directo en la memoria costera por lo concreto y lo inquietante.
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La otra versión, en cambio, pone el foco en un operativo breve y muy localizado en mayo de 1958, con horarios precisos. Describe al destructor Buenos Aires iniciando ejercitaciones a las 10 y detectando un submarino “35 minutos más tarde”, algo raro “pues no operaban naves de ese tipo en la zona”. A partir de ahí, la maniobra suma nombres y movimientos: el contralmirante Benjamín Colman organiza una “unidad antisubmarina de caza y ataque” con los destructores Buenos Aires, Entre Ríos, Misiones y Santa Cruz. También ubica el momento del periscopio: a las 18:03, el Buenos Aires lo ve a “unos 220 metros” e intenta embestirlo sin lograrlo.
En ese relato, la búsqueda se corta al mediodía del día siguiente, tras bombardeos aéreos y pérdida total de contacto. La conclusión no queda en rumores de hundimiento sin restos, sino en una salida institucional: el Congreso interviene y fija una posición. En sesión secreta de junio, comunica oficialmente el 13 de junio de 1958 una declaración textual: “Darse por satisfecho con las explicaciones del Sr. Ministro de Marina, hacer pública declaración de que la Marina de Guerra de la República ha actuado en la emergencia con responsabilidad argentina en defensa de la soberanía de la Nación.” La frase funciona como cierre formal, pero no resuelve la diferencia de fondo entre las dos narraciones.
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En el medio de esas capas aparece una lectura social que la fuente también incorpora, con nombre propio. El testimonio de Mariano “Malevo” Medina empuja una interpretación distinta y sugiere que el episodio pudo tratarse de “una maniobra de la Armada” en un contexto de disputa por presupuesto durante el gobierno de Frondizi. Esa mirada no reemplaza los datos operativos ni la palabra oficial, pero sí ilumina por qué un hecho tan grande, con barcos, aviones y sesiones secretas, termina flotando como historia a medias. Puerto Madryn queda, otra vez, entre lo que se dijo en voz alta y lo que el mar no devolvió.
















