De cocinar para 200 invitados a servir empanadas en un castillo: el giro inesperado de un correntino

Otros Temas09/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN
EL CHEF ARGENTINO Y LA CONDESA
EL CHEF ARGENTINO Y LA CONDESA

En Valcastello, una mansión privada rodeada de montañas y silencio, la cocina funciona lejos del ruido de los restaurantes y de los flashes del lujo. Allí, entre suites señoriales y códigos estrictos de privacidad, un argentino organiza cada menú como si fuera una pieza artesanal. No se trata de un chef de temporada ni de un evento puntual. Raúl Omar Geneyro Bragagnolo vive y trabaja en ese castillo como parte estable de la casa.

El lugar no es solo una postal alpina. Valcastello se ubica entre San Candido y Dobbiaco, a pocos kilómetros de la frontera con Austria, con vista directa a las Dolomitas. Sus picos superan los 3.000 metros y fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2009. La residencia, además, carga con una historia marcada por la guerra y el poder político italiano.


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Raúl lo sabe y lo dice sin vueltas. “Acá se tomaron decisiones que cambiaron la historia de Italia”, explicó sobre un edificio ligado a Pietro D’Aquarone, ministro influyente y primer dueño del castillo. El chef quedó impactado por el peso simbólico de la familia que lo contrató. “A mí me contrató Chantal D’Aquarone, que es su dueña y única heredera”, contó, fascinado por ese linaje.

La memoria del lugar también incluye episodios oscuros. Durante la Segunda Guerra Mundial, el castillo fue ocupado por tropas alemanas. “Cuando los nazis invadieron, tomaron Valcastello y lo usaron como base militar”, relató Raúl. Según su testimonio, los trabajadores que vivían allí fueron expulsados y obligados a abandonar el predio.

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Todavía quedan rincones que sostienen relatos inquietantes. “Uno de los espacios más inquietantes es el sótano, donde dicen que se escondían italianos que tenían miedo de que los nazis los mataran”, describió. Hoy, sin embargo, Valcastello no funciona como museo ni como sitio turístico. Es una residencia privada donde solo ingresan amigos cercanos y personas recomendadas.

En ese escenario vive el chef correntino, oriundo de Virasoro, que emigró en 2003. Su carrera lo llevó por restaurantes prestigiosos de Europa y por los últimos cinco años estuvo en Mónaco, a cargo de la cocina de Bella Vita. El mes pasado se mudó definitivamente al Valcastello Chateau & Polo Club, donde el ritmo es otro y la exigencia pasa por el detalle.

La vida cotidiana dentro del castillo combina tradición aristocrática y una rutina sorprendentemente sencilla. Junto a Raúl vive su esposa, Patricia Cabral, pastelera, que se encarga de la mesa dulce y de postres con impronta argentina. También trabajan allí otros tres argentinos en distintas áreas: una maestra de sala, un mozo y un cuidador de caballos.

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La cocina sigue una filosofía estricta basada en productos regionales y sin industrializados. “La gastronomía es de altísimo nivel, basada en productos regionales, sin industrializados, bajo la estricta filosofía ‘de la huerta a la mesa’”, señaló Raúl. Incluso hay una persona dedicada exclusivamente a las compras, un detalle que marca la organización interna del lugar.

El menú mezcla clásicos italianos con sabores argentinos que entusiasman a la familia noble. “Las empanadas fritas de carne cortada a cuchillo, son las favoritas de la familia. También hay asados y humitas”, contó. Raúl destacó que tanto la condesa como su marido aman la Argentina, la visitaron varias veces y son fanáticos del polo.

El vínculo personal también rompe con ciertos estereotipos. “Te tratan de igual a igual”, aseguró el chef sobre la relación con sus empleadores. Esa cercanía convive con un contrato poco habitual para la mayoría de los trabajadores gastronómicos: no tiene fecha de vencimiento. “Una vez que entrás y les gusta cómo trabajás, te quedás”, explicó.


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El contraste con su pasado resulta enorme. En eventos internacionales llegó a cocinar para más de 200 personas bajo presión constante, especialmente durante el Gran Premio de Fórmula 1 en Mónaco. “Después de cocinar para doscientas personas, cocinar para diez es otra historia”, dijo. En el castillo, los comensales rara vez superan las doce o catorce personas.

La exigencia ahora se mide en precisión y cuidado. “No es más sofisticado, pero sí más cuidado”, aclaró sobre el desafío de servir en un ámbito íntimo. Su rutina transcurre rodeada de montañas, sin traslados eternos ni comandas interminables. “Esto es re tranquilo”, resumió con una sencillez que parece condensar todo el camino recorrido.

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