
Aumentan los casos de hijos adultos que viven en casas de sus familias y ganan más dinero que los padres
Actualidad21/02/2026
REDACCIÓNUn informe midió 1,8 millones de jóvenes de 25 a 35 que siguen en la casa familiar. El choque aparece en reglas, roles y responsabilidades, no solo en el sueldo.

En muchas casas argentinas, el problema no pasa por la falta de afecto sino por la falta de acuerdos. Hay hijos que ya trabajan, viajan, gastan, proyectan, y sin embargo siguen durmiendo en la habitación donde crecieron. Algunos ganan más que sus padres, pero el techo es el mismo y la convivencia se vuelve una negociación diaria, a veces silenciosa, a veces tensa.
Un informe de la Fundación Tejido Urbano puso números a un fenómeno que dejó de ser excepción: en 2025, el 38,3% de los jóvenes de 25 a 35 años vive con sus padres. La cifra equivale a 1,8 millones de personas y se mantiene estable desde hace más de diez años. La estabilidad del dato sugiere que no se trata de una racha breve, sino de una forma de vida que se volvió habitual.


OTRAS NOTICIAS:
Ese escenario rompe el guion tradicional con el que muchas generaciones armaron su expectativa familiar. Padres que sostuvieron el hogar durante décadas ahora comparten espacio con un adulto que trabaja, decide y tiene ingresos propios. El punto es que el ingreso, por sí solo, no define el vínculo: puede traer alivio económico o puede multiplicar roces, según cómo se repartan las responsabilidades.
El psicólogo Jorge Martín Pegoraro interpreta este cuadro como parte de un cambio cultural más amplio. Para él, ya no corre el mismo calendario vital que ordenaba a otras generaciones, cuando la independencia aparecía como paso casi inevitable. “Antes la persona que tenía 60 años era un viejito, no era una persona plenamente activa. Estaba la idea de familia y que los hijos se iban”, explica, al describir cómo cambió la percepción sobre edades, roles y expectativas.
OTRAS NOTICIAS:
En esa transformación, Pegoraro advierte que la convivencia se define por el “contrato” que cada familia construye, aunque no siempre lo hable de forma explícita. “Después de haber criado a sus hijos, por ahí los padres tienen ganas de tener su intimidad, sus tiempos, sus cosas. Todo dependerá de cómo son esos vínculos”, plantea, y marca una diferencia decisiva. “No es lo mismo el adulto que sigue como a los 15 años o el que toma responsabilidades, colabora y te saca un peso de encima. Van a ser vínculos muy diferentes”, sostiene.
El especialista incluso le pone nombre a esa mezcla de adultez y vida adolescente que aparece en algunos casos. “Ahora se empieza a usar un término que se llama adultescencia; tengo 35 años, pero soy un estudiante, entonces vivo con papá o mamá y por más que tenga un laburo bárbaro, voy y viajo, vivo como si estuviera 20”, describe. La definición incomoda porque apunta a hábitos, no solo a economía: independencia no siempre significa mudanza, pero convivencia tampoco significa dependencia sana.
OTRAS NOTICIAS:
Pegoraro suma otra capa, ligada a lo emocional y a la dificultad de habitar la soledad. “Hay mucha gente que no sabe estar sola. Entre irse a vivir solo o me quedo con mis viejos que me resuelven gran parte de las cosas y tengo su contención, prefiere quedarse. Después me voy de viaje cuando quiero, me doy una vida de lujos”, afirma. En esa frase aparece el núcleo del conflicto que muchos padres señalan: el adulto se siente libre, pero la estructura cotidiana la sostienen otros.
El reordenamiento, según el psicólogo, exige cambiar el modo en que se entiende la casa. “Uno cuando es chico dice mi casa, pero después uno se entera que no es mi casa es la casa de tu padre o madre”, dice, y desde ahí propone una regla nueva. Cuando el hijo adulto permanece, la relación ya no funciona con el esquema clásico de autoridad y obediencia: “Debe poder ser una figura más como del roommate. Y para eso se requiere un nuevo acuerdo convivencial para poder vivir sanamente”, explica.
OTRAS NOTICIAS:
Ese acuerdo no depende solo del hijo. Pegoraro sostiene que el padre también necesita correrse del lugar de administrador absoluto del hogar para habilitar un vínculo entre adultos. “Yo como padre y adulto me tengo que poder correr para darle lugar también al otro adulto que asuma la responsabilidad conmigo. Tiene que ayudar, aportar y también decidir”, señala. Correrse, en la práctica, implica aceptar que el hijo opina sobre gastos, arreglos y reglas, y también implica marcar límites cuando el pacto se vuelve injusto.
Las historias que aparecen en el informe muestran que el fenómeno no es uniforme: hay convivencias desgastantes y hay acuerdos de cooperación. Enzo Riveros, jubilado y remisero, vive con su pareja, su hijastra y su hijo Diego, de 30 años, que trabaja y cobra un buen sueldo. “Sigue conmigo por la comodidad. No paga alquiler, no paga comida, calculo que es por eso”, cuenta Enzo, y deja ver que el conflicto no siempre estalla, pero tampoco se resuelve.
Enzo también revisa su propia historia y admite cómo se construyó esa dinámica. “Por ahí cometí el error de hacerle todo cuando murió la madre. Tenía 14 años y yo lavaba, planchaba, cocinaba. Por ahí, le tenía que haber pedido que me ayudara más, pero lo veía triste”, relata. Pegoraro advierte que, en estos casos, la comodidad puede transformarse en abuso y la convivencia se vuelve una carga. “Puede estar el hijo haciendo abuso de la comodidad de vivir con los padres: ‘Yo soy adulto, hago lo que quiero, pero me bancás vos y vivo con vos’. Cuestiones conflictivas que se pueden presentar cuando la convivencia tiende a ser desgastante”, sostiene.
En otros hogares, la permanencia se vive como un esquema de sostén mutuo. Gustavo Rubén Cuenca, de 33 años, trabaja como cajero de supermercado y explica por qué no se va: “No me dan los números para irme por el tema del alquiler. Si pago un alquiler, por ejemplo, son $400.000 o $450.000. Después, tengo mi prepaga, más la comida y las tarjetas no llego”, confiesa. En su casa, el ingreso del hijo y el de los padres jubilados conviven como una economía compartida.
OTRAS NOTICIAS:
Gustavo cuenta que ayuda con arreglos, comida y medicamentos. “A veces, con mi hermana hacemos arreglos en la casa y lo pagamos entre los dos, mitad y mitad”, dice, y detalla su rutina de compra: “Lo que es mercadería agarro y compro lo que necesiten. Me stockeo porque a veces compro cinco paquetes de arroz, un montón de carne, lleno el freezer y así. Mi viejo tiene un auto y tampoco le da. Y a veces le tengo que prestar plata para un arreglo”. Mientras estudia administración de empresas, sostiene un plan de independencia que todavía no cierra. “Estoy con clases particulares de inglés”, agrega, mientras busca trabajo.
En el fondo, el fenómeno también toca una expectativa generacional que ya no se cumple como antes. Pegoraro lo describe sin vueltas: “Las generaciones más grandes teníamos seteado que a los 50 íbamos a disfrutar del abuelazgo, el asado en familia los domingos y te encontrás que todo eso no existe más porque tenes hijos grandes que no tienen hijos y se te acabó la familia ahí”, dice. La convivencia prolongada deja de ser un tema privado y se vuelve un síntoma social: modelos familiares que cambian, economía que presiona y acuerdos que necesitan escribirse de nuevo.
Fuente: Clarín


















