Irán muestra misiles en Ormuz mientras Washington acelera el reloj

Actualidad22/02/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Mientras se reactivan conversaciones por el programa nuclear, el Golfo Pérsico se llena de señales militares y plazos cortos. Teherán habla de diálogo, pero también de resistencia.

Portaaviones
Portaaviones

En Medio Oriente, la diplomacia y la demostración de fuerza caminan juntas, pero rara vez al mismo ritmo. Irán negocia con Estados Unidos una salida a la crisis por su programa nuclear y, a la vez, multiplica ejercicios militares en puntos sensibles como el mar de Omán y el estrecho de Ormuz. Ese contraste deja una pregunta instalada: si la mesa se sostiene, ¿por qué el escenario se carga de mensajes bélicos?

La secuencia más reciente combina ensayo armamentístico y pulseada política. El sábado 21 de febrero, Irán probó un misil naval de defensa aérea de largo alcance llamado “Sayyad-3G” durante maniobras de la Guardia Revolucionaria en el estrecho de Ormuz. Según autoridades iraníes, el sistema llega a 150 kilómetros y crea un “perímetro defensivo” para el buque que lo transporta, con capacidad de interceptar aviones, drones y ciertos misiles de crucero.


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Desde Teherán, la explicación oficial intenta mostrar disuasión y preparación sin romper el hilo diplomático. Las maniobras se encadenan desde el 16 de febrero e incluyen ejercicios del cuerpo de élite y prácticas conjuntas con Rusia a lo largo de la semana. En la práctica, el mensaje apunta a una hipótesis que aparece cada vez más cerca en el discurso: si la negociación fracasa, Irán se posiciona para una confrontación con Estados Unidos.

En el centro de la disputa vuelve a aparecer el punto que traba todo: el enriquecimiento de uranio. Washington acusa a Irán de acercarse a fines militares y Teherán rechaza esa acusación, con el argumento de un programa limitado al uso civil. Para destrabarlo, ambos países reanudaron conversaciones el 6 de febrero, pero con demandas que chocan de frente: Estados Unidos exige que Irán renuncie al enriquecimiento y a su programa de misiles balísticos, y Teherán considera esas condiciones inaceptables.

El propio tablero de negociación muestra líneas rojas cruzadas. Irán anticipa que presentará a Washington una propuesta en los próximos días, con un eje centrado en lo nuclear y sin aceptar “enriquecimiento cero”, aunque con una reducción de la pureza de reservas. Al mismo tiempo, el borrador deja fuera la limitación del programa de misiles balísticos y el apoyo a grupos armados como Hezbolá y Hamás, puntos que en Estados Unidos suelen funcionar como límite político.


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La distancia también quedó expuesta en los mensajes posteriores a la ronda de Ginebra del 17 de febrero. El canciller iraní Abbas Araqchi dijo que las partes acordaron “principios rectores”, pero la Casa Blanca respondió que esa afirmación no implicaba un acercamiento real hacia un acuerdo. En ese escenario, cada frase busca ganar terreno interno y externo, aunque el desacuerdo de fondo permanezca intacto.

El factor que más comprime los tiempos llega desde Washington. El jueves 19 de febrero, Donald Trump marcó impaciencia y fijó un plazo de 10 a 15 días para sellar un acuerdo. En paralelo, dejó abierta la opción de un ataque limitado y lo dijo en primera persona: “Supongo que puedo decir que estoy considerando eso”, afirmó ante periodistas el viernes, en una declaración que eleva la tensión aunque no confirme una orden inmediata.

Ese tono se apoya en un despliegue militar que se vuelve parte del argumento. Estados Unidos desplegó una docena de buques de guerra, incluidos los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford, mientras Irán amplía ejercicios y muestra capacidades defensivas. La lógica de ambos lados parece diseñada para presionar sin disparar, pero también para quedar listos si la presión se transforma en choque.


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Varios analistas advierten sobre el riesgo de error de cálculo, tanto por exceso de desconfianza como por sobreactuación de fuerza. Ali Vaez, del International Crisis Group, sostiene que la probabilidad de conflicto sube por una lectura equivocada en Teherán, y plantea que Irán supone que Estados Unidos no busca un acuerdo y usa la negociación como táctica para llegar a la guerra. Del lado iraní, el analista Mashalá Shamsolwaezin describe un patrón atribuido a Washington y afirma que Estados Unidos primero da señales positivas, luego eleva exigencias y finalmente fija un plazo que abre la puerta a la acción militar.

En el discurso interno iraní, la línea pública se endurece y se vuelve consigna. El líder supremo Ali Jamenei minimizó el peso simbólico de los portaaviones y lanzó una amenaza directa: “Un portaaviones es ciertamente una máquina peligrosa, pero más peligroso que el portaaviones es aquella arma que puede enviarlo al fondo del mar”. En la misma dirección, Shamsolwaezin sostuvo que Irán “no está indefenso” y que puede confrontar con capacidades para hundir buques, una frase que busca sostener la disuasión como política.

El gobierno iraní también insiste en que no negocia bajo presión, incluso con costos internos. El sábado, el presidente Masoud Pezeshkian reforzó esa postura en un discurso televisado: “Las potencias mundiales se están alineando para obligarnos a ceder... pero no cederemos a pesar de todos los problemas que nos causan”. Es un mensaje hacia afuera, pero también hacia adentro, en un contexto donde cada concesión se paga con desgaste político.


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A esa retórica se suman reportes sobre obras y fortificaciones en infraestructuras sensibles. Medios como CNN o The Wall Street Journal mencionan refuerzos en bases y sitios nucleares ante la posibilidad de ataques, con ejemplos que incluyen reparaciones en la base de misiles Imam Ali de Khorramabad y trabajos cerca del complejo nuclear de Natanz. En esa lectura, la negociación no detiene los preparativos: los integra como seguro de riesgo frente a un escenario que se percibe cada vez menos estable.

Con plazos cortos, exigencias incompatibles y despliegues crecientes, el margen para un acuerdo se achica aunque la mesa siga en pie. Irán promete una propuesta en días y Estados Unidos sostiene una presión que no baja, con el reloj de Trump como amenaza política. La próxima ronda no solo definirá textos: también pondrá a prueba si el pulso militar se mantiene como señal o se convierte en decisión.

Fuente: Cnn

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