La señal que muchos dejan pasar hasta que ya no pueden seguir una charla

Enfoques19/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

La pérdida auditiva suele instalarse de forma lenta y silenciosa, hasta alterar charlas, reuniones y rutinas. En #LA17, una especialista explicó por qué conviene frenarla a tiempo.

Florencia García
Florencia García

Durante mucho tiempo, la pérdida de audición se mete en la vida cotidiana sin hacer ruido, con pequeños indicios que suelen confundirse con distracción, cansancio o simple costumbre. En ese punto aparece una de las trampas más frecuentes: seguir adelante como si nada, aun cuando cada conversación exige más esfuerzo y cada encuentro social empieza a resultar incómodo. En su paso por #LA17, la licenciada Florencia García planteó justamente ese problema al advertir que muchas personas continúan con su rutina aun cuando ya no oyen como antes.

La especialista explicó que ese deterioro no siempre irrumpe de golpe, sino que avanza de manera casi imperceptible para quien lo padece y también para su entorno. “Muchas veces esta pérdida de audición es tan despacito, tan progresiva, lento, tan lento, que nos vamos acostumbrando”, señaló al describir un proceso que suele normalizarse hasta que impacta de lleno en la vida social. Esa adaptación forzada, lejos de resolver el problema, termina empujando a muchas personas a hablar menos, aislarse más y evitar situaciones que antes resultaban habituales.


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En la entrevista apareció un caso que dejó en evidencia ese mecanismo y que permitió correr la discusión del aparato en sí hacia las consecuencias concretas de no consultar a tiempo. Una oyente recomendó a otra mujer acercarse a la consulta luego de notar, en una sala de espera, que no podía sostener una conversación fluida con ella. Después de la evaluación, según contaron en el aire, esa paciente “está feliz, ya los tiene” y recuperó una posibilidad que ya daba por perdida: volver a vincularse con otros sin el desgaste que le generaba escuchar a medias.

Ese relato sirvió para mostrar algo que suele repetirse en silencio: la persona no siempre deja de oír de un día para otro, pero sí empieza a modificar su conducta para disimular lo que pasa. García contó que muchas veces aparecen estrategias de compensación, desde apoyarse en la lectura labial hasta buscar interlocutores pacientes o evitar espacios con varias voces al mismo tiempo. En el caso mencionado en la radio, la mujer “realmente se había acostumbrado a no ir más a una reunión” y también evitaba compartir momentos con más gente porque esa exposición le resultaba estresante.


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Esa escena social, que parece menor cuando se la mira desde afuera, puede anticipar un deterioro más profundo en la calidad de vida. La profesional remarcó que la salud auditiva no se limita a oír mejor, sino que también incide sobre el bienestar emocional, los vínculos y la autonomía en edades avanzadas. “La salud auditiva es salud mental, es muchas cosas”, resumió, antes de señalar que en adultos mayores incluso existen asociaciones comprobadas entre pérdida auditiva y deterioro cognitivo.

En el consultorio, una de las herramientas que permite detectar hasta qué punto una persona compensa con la vista y no con el oído es la logometría, una prueba orientada a medir discriminación de palabras. García detalló que, en algunos casos recientes, pacientes con los ojos cerrados no lograban repetir términos sencillos, pero al abrirlos pasaban a responder mucho mejor gracias al apoyo visual. “Ellos estaban sobreviviendo gracias a lo que veían en la lectura labial”, explicó sobre esas situaciones en las que el resto auditivo ya resulta mínimo.


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La diferencia aparece con claridad cuando esa evaluación se compara con el rendimiento que logra una persona al usar audífonos calibrados según su necesidad puntual. La especialista indicó que algunos pacientes pasaban de no registrar prácticamente nada a alcanzar niveles muy altos de discriminación de palabras con el dispositivo adecuado. En ese punto subrayó que no existe una solución estándar, porque “no podemos usar la misma calibración” en todos los casos, aun cuando el modelo de audífono sea similar.

Para llegar a esa adaptación fina, García aclaró que antes se necesita una base objetiva construida a partir de estudios específicos. Distinguió entre la audiometría y la logoaudiometría, que permiten medir el umbral auditivo, y la logometría, que se utiliza en la selección del audífono para conocer cuánto entiende realmente una persona sin ayuda auditiva. También precisó que quienes llegan a la consulta por referencia de la radio o por interés propio deben contar con un estudio audiométrico reciente, ya que “la consulta conmigo es gratuita, la selección de audífonos es gratuita”, pero la calibración del equipo depende de esa información previa.


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Otro de los puntos que remarcó fue que el tratamiento no termina con la entrega del audífono, sino que requiere seguimiento y controles periódicos. Según explicó, los umbrales auditivos pueden modificarse con el tiempo, por lo que cada seis meses conviene revisar nuevamente los valores y ajustar la programación del equipo. Ese acompañamiento, lejos de ser un detalle técnico, define que la mejora se sostenga en la vida diaria y que el paciente no vuelva a resignarse a escuchar a medias.

En medio de una charla que también tuvo espacio para la espontaneidad y el humor al aire, el planteo de fondo quedó claro: frenar a tiempo frente a los cambios cotidianos puede evitar un deterioro mucho más grande. “Está bueno frenar”, dijo García al referirse no sólo a los desajustes de rutina, sino también a esas señales que suelen minimizarse durante meses o años. En definitiva, detrás de una dificultad para seguir una charla, de una reunión que ya no se disfruta o de una sala de espera que genera ansiedad, puede esconderse un problema auditivo con solución concreta y un impacto mucho más profundo del que parece.

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