
El deterioro del trabajo registrado empuja a más personas hacia la informalidad o el desempleo, en un mercado laboral que muestra cambios profundos en su estructura.

El dato no pasa por alto cuando se mira el mapa laboral completo: millones de personas quedan fuera de los circuitos formales, ya sea porque no consiguen empleo o porque trabajan sin cobertura ni derechos. Esa combinación empieza a marcar una tendencia que excede lo coyuntural y se instala como un rasgo persistente.
En la Argentina, el universo de quienes no acceden a un empleo registrado o directamente no tienen trabajo ya alcanza cifras que obligan a repensar el funcionamiento del mercado laboral. La suma entre desocupación e informalidad expone un volumen que impacta de lleno en la estructura social y económica.


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De acuerdo con los datos relevados, la cantidad de personas sin trabajo llega a 1,7 millones, en un contexto donde la tasa de desocupación pasó del 5,7% al 7,5% en los últimos dos años. Este aumento refleja una dinámica en la que el empleo no logra absorber la demanda disponible.
Al mismo tiempo, el crecimiento del trabajo informal amplía ese cuadro. En ese mismo período, el empleo no registrado sumó 376.000 nuevos casos, consolidando un avance sostenido de formas laborales sin cobertura social ni estabilidad.
Cuando se proyecta el panorama a nivel nacional, la diferencia se vuelve más evidente. El país cuenta con unos 13 millones de trabajadores registrados, mientras que cerca de 9 millones se desempeñan en condiciones informales, lo que muestra un equilibrio cada vez más frágil entre ambos sectores.
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Dentro de ese universo informal, la mayoría corresponde a trabajadores asalariados. Más del 60% se encuentra en esa situación, mientras el resto desarrolla actividades por cuenta propia, en muchos casos sin acceso a derechos básicos ni protección frente a contingencias.
El retroceso del empleo formal también se refleja en la pérdida directa de puestos. En el sector privado, los asalariados registrados disminuyeron en 182.000, mientras que en el ámbito público se redujeron otros 80.000 empleos, lo que configura una caída total de 262.000 puestos formales.
A la par de esa pérdida, sectores tradicionales comienzan a absorber empleo, pero bajo condiciones más precarias. El comercio incorporó 210.000 trabajadores informales, mientras que el crecimiento de puestos registrados en ese rubro apenas alcanzó los 4.000, una diferencia que expone el cambio en la calidad del empleo.
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En la industria manufacturera ocurre algo similar. El sector sumó 87.000 trabajadores no registrados, mientras al mismo tiempo perdió 63.000 empleos formales, lo que muestra una reconfiguración que no se limita a actividades nuevas o digitales, sino que atraviesa estructuras históricas del trabajo.
El trasfondo del fenómeno no se explica solo por la falta de puestos, sino por la calidad de los existentes. El mercado laboral ajusta tanto por cantidad como por condiciones, con empleos que no siempre garantizan ingresos estables ni cobertura social, en una tendencia que se consolida con el paso del tiempo .















