
El turista holandés apareció sano en Pampa de las Carretas, pero el rescate volvió a exponer cuánto se agrava la montaña cuando alguien improvisa de noche.

La madrugada del lunes no dejó solamente la tranquilidad de un turista encontrado con vida en la Zona Norte. También volvió a mostrar, con crudeza, el punto en el que una caminata mal resuelta obliga a montar un operativo riesgoso en plena oscuridad, con frío intenso, desniveles y personal que sale a buscar a alguien sin margen para errores. Lo que terminó bien para el visitante holandés expuso, al mismo tiempo, el costo operativo que aparece cuando una decisión imprudente rompe la lógica básica de circulación en montaña.
El dato que encendió todo no surgió de una señal satelital ni de un aviso técnico, sino de una escena mucho más cotidiana y también más inquietante. Una joven avisó que su compañero de habitación no había vuelto al alojamiento cuando ya había caído la noche del domingo, después de haber salido a caminar durante la tarde por el área del sendero al Torre. A partir de esa ausencia, que empezó como preocupación de hostel y terminó como emergencia de montaña, ingresó a las 00:10 la alerta que puso en movimiento a los guardaparques.


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La última referencia concreta sobre el turista lo ubicaba a las 14 horas del domingo, a la altura del kilómetro 4 del sendero, un dato escaso para una búsqueda que debía hacerse de noche y sobre terreno irregular. El primer guardaparque salió durante la madrugada y no se limitó a un trayecto lineal, porque recorrió además la bifurcación Madre e Hija y regresó por el sendero al Fitz Roy sin encontrar rastros del visitante. Esa falta de resultados no cerró la búsqueda, sino que la volvió más delicada, porque a cada hora sin contacto se sumaban el frío, la baja visibilidad y la incertidumbre sobre el rumbo que el hombre podía haber tomado.
La novedad que cambió el operativo llegó varias horas después, cuando desde el hostel informaron que el turista había logrado comunicarse. A las 04:15, el hombre envió las coordenadas de su ubicación y precisó que estaba en Pampa de las Carretas, mientras avanzaba en dirección a Loma del Pliegue Tumbado. Ese mensaje permitió recortar la incertidumbre y le dio a los rescatistas un punto concreto sobre el cual volver a desplegarse, aunque el cuadro seguía siendo complejo por el horario, la temperatura y la geografía del lugar.
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Con esa referencia actualizada, otro guardaparque salió hacia la zona señalada y reorientó la búsqueda en un sector mucho más preciso. El hallazgo no mostró a una persona lesionada de gravedad, pero sí a alguien que había pasado varias horas expuesto a condiciones adversas y que estaba tapado con mantas aluminizadas en plena montaña. Que el turista apareciera en buen estado general no borra la dimensión del problema, porque el desenlace favorable convivió con una cadena previa de decisiones que lo dejaron aislado durante la noche.
La secuencia que terminó desordenando todo no tuvo origen en una tormenta repentina ni en una pérdida de sendero convencional. Según se informó, el visitante cruzó la tirolesa del río Fitz Roy a la altura de laguna Torre usando un cinturón, una maniobra que ya por sí sola marca una ruptura con cualquier desplazamiento prudente dentro del área. Cuando quiso volver, advirtió que la polea había quedado del otro lado y entonces perdió la posibilidad de regresar por el mismo trayecto.
A partir de ahí, el problema dejó de ser un contratiempo puntual y pasó a convertirse en un movimiento todavía más riesgoso. En lugar de detenerse y esperar una resolución sobre un punto controlable, el turista siguió a pie y empezó a subir hacia la Loma del Pliegue Tumbado, una determinación que complicó su localización en plena noche. Esa elección no sólo lo alejó del circuito esperable, sino que obligó a buscarlo en un escenario mucho más amplio y difícil para cualquier rescate nocturno.
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El episodio deja una lectura concreta sobre el trabajo de los guardaparques, porque el rescate no se resolvió con una intervención breve ni con un traslado simple desde un punto accesible. La búsqueda se extendió durante varias horas a pie, en un terreno con desniveles importantes y con todas las limitaciones que impone la escasa visibilidad. El procedimiento recién cerró a las 08:30 del lunes, después de una noche entera de despliegue en la que el personal especializado tuvo que moverse en condiciones que también implican riesgo para quienes salen a asistir.
Ahí aparece uno de los aspectos más fuertes de esta historia, porque la montaña no castiga solamente a quien se desubica o improvisa. También exige recursos, tiempo, exposición física y capacidad de respuesta de equipos que deben entrar en acción cuando una caminata se corre de los márgenes razonables. Por eso, aunque el caso no dejó lesiones graves, sí dejó otra advertencia concreta sobre el costo humano y operativo que tienen este tipo de episodios en sectores donde cada mala decisión multiplica las dificultades.
La imagen final no es solamente la de un turista encontrado con vida después de una noche complicada. Es también la de un operativo que se activó por una sucesión de imprudencias en una zona donde el margen para improvisar resulta mínimo y donde cualquier desvío obliga a responder en condiciones extremas. El visitante apareció sano, pero lo que quedó al descubierto fue otra cosa: la fragilidad con la que una caminata recreativa puede convertirse, en pocas horas, en una emergencia de montaña.
















