
No le sacaron nada, pero la persecución terminó con cuatro disparos en plena cuadra. La secuencia quedó filmada y los atacantes siguen prófugos.

Un joven caminaba por la vereda de Loma Hermosa cuando el robo dejó de parecer un arrebato al voleo y pasó a convertirse en una cacería corta, brutal y a la vista de cualquiera. Dos motochorros lo encerraron sobre la cuadra, lo obligaron a correr y, cuando vieron que no podían alcanzarlo, empezaron a dispararle. La escena ocurrió el domingo por la noche, poco después de las 23:15, en el partido bonaerense de Tres de Febrero, y quedó registrada por una cámara de seguridad vecinal.
El dato que vuelve especialmente violento el episodio no pasa solo por el intento de robo, sino por lo que ocurrió cuando la víctima logró romper la lógica esperada del asalto. El joven no quedó inmóvil, no entregó sus pertenencias y tampoco siguió una sola dirección de fuga, sino que frenó, giró, resbaló y volvió a correr en sentido contrario. Esa reacción desacomodó a los delincuentes y convirtió la frustración del robo en una secuencia de tiros.


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Las imágenes muestran primero a la víctima caminando sola, con buzo y pantalón negros y zapatillas blancas, hasta que la moto se sube a la vereda para cortarle el paso. Los dos atacantes llevaban casco, y uno de ellos bajó armado para seguirlo a pie cuando el primer intento de interceptarlo falló. En ese punto, la persecución ya no dependía solamente de la moto: uno lo corría por la calle y el otro por la vereda, como si buscaran cerrarle cualquier salida.
La primera maniobra de escape llegó antes de la esquina, cuando el joven clavó el freno sobre sus pasos y logró que la moto siguiera de largo. Ese amague le dio unos metros, pero también lo dejó al borde de caer, porque en medio de la corrida resbaló y tuvo que recomponer la huida en dirección contraria. Fue en ese instante cuando sonó la primera detonación, a muy corta distancia, y el disparo terminó impactando en el piso.
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La secuencia no se cortó ahí, y ese es uno de los rasgos más crudos del caso. El joven volvió a escapar, el acompañante armado siguió a pie por la vereda y el conductor insistió desde la calle con la moto, otra vez intentando cerrarle el paso. Un segundo disparo pegó en un árbol que le sirvió a la víctima como cobertura involuntaria, y esa imagen resume bastante bien la escena: no se trataba ya de intimidarlo para robarle, sino de tirar aun cuando el robo se les estaba yendo de las manos.
Todavía quedaba un último tramo de corrida, y también más violencia. Cuando el joven encaró nuevamente hacia la esquina donde había hecho el primer amague, el delincuente que lo perseguía a pie volvió a gatillar otras dos veces, sin acertarle. En total fueron cuatro disparos, y ninguno dio en el cuerpo de la víctima, que salió ilesa de una secuencia en la que, según lo que muestran las imágenes difundidas, sobrevivió más por los errores de los atacantes que por una interrupción externa.
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La huida de los motochorros también deja una marca sobre el episodio, porque se fueron sin concretar el robo y sin dejar otra cosa que la violencia del intento frustrado. El ladrón que había bajado a perseguirlo volvió a subirse al vehículo y ambos escaparon del lugar. La víctima, en cambio, conservó sus pertenencias y no sufrió heridas, algo que distintos reportes remarcan como casi milagroso por la cercanía y la cantidad de disparos.
La cámara de seguridad de un vecino ahora funciona como la principal pieza visible de un caso que expone bastante más que un hecho aislado. Lo que esa grabación deja a la vista es la facilidad con la que dos delincuentes pueden pasar de una emboscada en moto a una persecución a tiros sobre una vereda barrial, en cuestión de segundos y sin que aparezca ningún obstáculo real para frenarlos. La escena no muestra solo un asalto frustrado: muestra el momento exacto en que la imposibilidad de robar deriva en la decisión de disparar.
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También hay un punto que vuelve especialmente inquietante el episodio: el ataque se desarrolla a cielo abierto, en una cuadra común y contra un peatón que apenas intentaba llegar a la esquina. No hay intercambio previo, no hay discusión ni resistencia armada, y tampoco un forcejeo largo que explique la escalada. Lo único que cambia el tono de la escena es que la víctima consigue escaparse dos veces, y esa frustración basta para que los asaltantes respondan con fuego.

















