Después de casi cinco siglos, una mujer llegó al cargo más influyente de la Iglesia

Otros Temas26/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Sarah Mullally asumió como Arzobispa de Canterbury y abrió una etapa inédita en una institución que durante siglos mantuvo ese lugar reservado solo a hombres.

No se trata solo de un relevo en el liderazgo, sino de una transformación.
No se trata solo de un relevo en el liderazgo, sino de una transformación.

El nombramiento de Sarah Mullally como Arzobispa de Canterbury marca un cambio profundo en una de las instituciones religiosas más influyentes del mundo. No se trata solo de un relevo en el liderazgo, sino de una transformación que rompe una tradición de casi cinco siglos donde ese rol estuvo reservado exclusivamente a hombres.

La ceremonia se realizó en la Catedral de Canterbury ante unos 2.000 invitados, con la presencia del príncipe Guillermo en representación del rey Carlos III. Más allá del protocolo, el acto tuvo un peso simbólico que excede lo religioso y se proyecta sobre el debate contemporáneo dentro de la Iglesia anglicana.

Durante su sermón, Mullally eligió una imagen que buscó conectar su llegada al cargo con la historia de la institución. “Camino en las huellas de quienes vinieron antes”, expresó, en una frase que dejó en claro que su designación no busca romper con el pasado, sino reinterpretarlo desde un presente distinto.

El significado de su nombramiento se entiende mejor al observar el recorrido que atravesó la Iglesia de Inglaterra en las últimas décadas. Recién en 1994 se habilitó la ordenación de mujeres como sacerdotes y veinte años después se permitió que accedieran al rango de obispas. Ahora, en 2026, ese proceso llega a su punto más alto con la conducción máxima en manos de una mujer.

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Ese camino institucional se refleja también en la trayectoria personal de Mullally, que no siguió un recorrido tradicional dentro del ámbito religioso. Antes de su ingreso al ministerio, desarrolló una extensa carrera en el sistema de salud británico, donde trabajó como enfermera oncológica y ocupó cargos de gestión de alto nivel.

Su paso por el sector sanitario incluyó un rol destacado como jefa de Enfermería de Inglaterra, una posición a la que accedió a una edad temprana en comparación con otros profesionales. Esa experiencia la posicionó como una figura con perfil técnico y capacidad de gestión antes de iniciar su camino dentro de la Iglesia.

Recién a los 40 años decidió dar un giro en su vida profesional y comenzar su formación religiosa. Fue ordenada sacerdotisa y, con el tiempo, avanzó dentro de la estructura eclesiástica hasta convertirse en obispa de Londres, uno de los cargos más relevantes antes de llegar a Canterbury.

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En su discurso, la nueva arzobispa hizo referencia a ese recorrido personal a través de una metáfora vinculada con una antigua ruta de peregrinación. La referencia no fue casual: buscó mostrar su transición como parte de un proceso colectivo que une pasado y presente dentro de la Iglesia.

El hecho de que una mujer ocupe ahora este cargo no implica solo un cambio simbólico, sino también un reordenamiento interno en una institución que durante siglos sostuvo estructuras rígidas. La llegada de Mullally al liderazgo abre un escenario donde las decisiones futuras estarán atravesadas por una mirada distinta dentro de la conducción.

Con este paso, la Iglesia anglicana consolida un proceso que llevó décadas y que refleja transformaciones sociales más amplias. La designación no surge como un hecho aislado, sino como el resultado de una evolución interna que ahora se vuelve visible en su máximo nivel.

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