La siesta puede jugar a tu favor, pero solo si no te pasás de este tiempo

Otros Temas26/03/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Especialistas explican por qué una siesta breve puede bajar la fatiga, relajar el cuerpo y ayudar al cerebro, siempre que no se vuelva demasiado larga.

Siesta
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La siesta dejó de ser apenas una costumbre ligada al calor, a los pueblos del interior o a ciertos hábitos familiares, para volver a instalarse como una herramienta concreta de descanso en medio de jornadas extensas y rutinas saturadas. Lejos de esa mirada que la reduce a un lujo o a una pausa improductiva, distintos especialistas en sueño la describen como un recurso fisiológico que puede aportar beneficios reales cuando se hace de manera breve y en el momento adecuado. El punto decisivo, según remarcan, no está solo en dormir un rato, sino en no cruzar el umbral a partir del cual ese descanso deja de ayudar y empieza a jugar en contra.

El neurólogo Pablo Ferrero, director del Instituto Ferrero de Neurología y Sueño, ubica la práctica en una lógica biológica antes que cultural. Según explica, la siesta se consolidó históricamente en lugares donde el calor del mediodía volvía inviable cualquier tarea exigente, desde cazar hasta cultivar o cosechar. Esa pausa, que en otros tiempos servía para refugiarse del sol, hoy conserva una función restauradora vinculada al enfriamiento del cuerpo, la regulación del sistema cardiológico y una caída transitoria del nivel de activación.


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Desde el plano clínico, los especialistas coinciden en que ese descanso corto tiene efectos concretos sobre el organismo. Daniel Pérez Chada, director de la Clínica del Sueño del Hospital Universitario Austral y profesor adjunto de medicina de la misma institución, señala que durante ese lapso baja la presión arterial y disminuye el ritmo cardíaco. Su definición es categórica: “Está más que comprobado que las siestas cortas son beneficiosas para la salud en general”.

Ferrero suma una explicación que pone el foco en el cerebro y ayuda a entender por qué una siesta breve puede sentirse tan reparadora. Según detalla, durante ese descanso ocurre un “lavado en el cerebro” impulsado por el sistema glinfático, que se encarga de limpiar desechos del sistema nervioso central. En ese proceso también se elimina parte de la adenosina, una sustancia asociada con la sensación de cansancio, de modo que el alivio posterior no responde solo a una impresión subjetiva, sino a un mecanismo fisiológico concreto.


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Ahora bien, el beneficio no aparece con cualquier duración ni en cualquier contexto. Ferrero sostiene que la referencia profesional más útil es una siesta de 25 minutos, porque ese margen permite aliviar fatiga sin entrar en etapas de sueño profundo. Su recomendación es precisa y directa: “Cuanto más corta sea, mejor. Hay que procurar que la siesta ‘lave’ un poco la adenosina libre en el cerebro, pero que no induzca a las etapas de sueño profundo”.

Ese límite no es caprichoso, y ahí aparece una de las advertencias más importantes del texto. Cuando la siesta se estira demasiado, entre dos y cuatro horas, el riesgo de patologías, en particular las cardiovasculares, aumenta. Por eso los especialistas no presentan el descanso diurno como una invitación a dormir largamente, sino como una intervención breve, pensada para restaurar energía sin alterar de manera fuerte la arquitectura del sueño.


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También importa el momento elegido para dormirla. Las siestas que los profesionales consideran más adecuadas son las posprandiales, es decir, las que se producen después del almuerzo, idealmente entre las 13 y las 17. Ferrero señala que el mejor horario es, en definitiva, aquel en el que el propio cuerpo lo pide, porque tras comer se activa la digestión y aparece una condición química que genera un leve letargo cerebral, una especie de baja natural de revoluciones que vuelve más fácil entregarse a ese reposo.

El ambiente, además, no debería copiar el de la noche. Sol Segura Matos, neuróloga infantil y experta en medicina del sueño, advierte que lo ideal es evitar un escenario demasiado propicio para quedarse dormido durante mucho tiempo. Su recomendación marca un equilibrio claro: “Idealmente, el ambiente de la siesta no debería ser el mismo que el de la noche porque si no, propiciaría una siesta demasiado larga. La recomendación es cerrar un poco las cortinas y que el ambiente se mantenga calmo, pero no silencioso”.


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En esa misma línea, los consejos prácticos apuntan a favorecer un descanso rápido y acotado. Uno de ellos es usar ruido blanco para bloquear sonidos molestos y ayudar a conciliar el sueño sin que el entorno quede completamente apagado. Segura Matos también sugiere acompañar la alarma con cierta estimulación sonora del ambiente para evitar la tentación de seguir durmiendo, mientras que Ferrero menciona incluso estrategias más caseras, como sostener una llave u otro objeto en la mano para que la caída del objeto al relajarse el cuerpo funcione como un despertador natural antes del sueño profundo.

Hay además hábitos previos que pueden hacer la diferencia entre una siesta reparadora y un descanso frustrado. Los especialistas aconsejan evitar comidas excesivamente calóricas en las horas previas y también el consumo de cafeína, porque interfiere con la posibilidad de dormirse en poco tiempo. La clave, en definitiva, no es improvisar una siesta en cualquier circunstancia, sino armar condiciones mínimas para que ese descanso breve realmente cumpla su función y no se convierta en un tramo desordenado del día.


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El fenómeno, además, muestra una presencia creciente en la Argentina. Según revela Segura Matos, una encuesta reciente indicó que el 53% de los argentinos duerme siesta al menos una vez por semana, especialmente los fines de semana, y también expuso diferencias según la provincia: los riojanos suelen hacerlas más largas, mientras que en Ushuaia predominan las más cortas. A eso se suma otro dato señalado por los médicos: desde la pandemia de Covid aumentaron tanto la frecuencia como la duración de las siestas, una señal de que este descanso volvió a ocupar un lugar más visible en la vida cotidiana.

Más que una costumbre pintoresca o una licencia ocasional, la siesta aparece así como una práctica que puede aportar beneficios reales cuando se la usa con criterio. Su valor no reside en dormir mucho, sino en encontrar una pausa breve que permita bajar la fatiga, relajar el sistema cardiovascular y darle al cerebro una oportunidad de recomponerse. En ese equilibrio entre descanso y medida está, justamente, la diferencia entre una siesta que ayuda y otra que desordena.

Fuente: LA NACION.

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