
Un reconocimiento en Gaiman volvió a poner en primer plano el trabajo de Juliana Sterli, que hoy investiga tortugas halladas cerca de Comodoro.

Juliana Sterli atraviesa un momento singular de su carrera: mientras acaba de recibir un nuevo reconocimiento en Gaiman, su trabajo cotidiano la lleva mucho más atrás en el tiempo, hasta un mundo que empezó a rearmarse después de la extinción de los dinosaurios no avianos. La investigadora chubutense en paleontología no quedó destacada solo por su trayectoria, sino también por una búsqueda concreta que hoy la tiene enfocada en tortugas fósiles halladas en el sur provincial. Ahí, entre un premio reciente y una investigación en curso, aparece una escena que ayuda a entender cómo se construye una carrera científica lejos de los lugares más previsibles.
La distinción que recibió durante el evento Raíz Emprendedora no venía del núcleo más tradicional de la ciencia, y justamente por eso tuvo para ella un valor particular. Contó que la noticia fue “una linda sorpresa” y explicó que la entrega se realizó el domingo pasado en Gaiman, dentro de una convocatoria que reunió a mujeres de distintos rubros productivos y profesionales. En ese marco, su presencia ayudó a correr una idea bastante instalada: que emprender solo tiene que ver con abrir un negocio o montar una pyme.


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Sterli lo dijo con claridad cuando le preguntaron qué relación podía haber entre la ciencia y el espíritu emprendedor. “Llevar a cabo una carrera científica también comprende esto del emprendimiento”, señaló, al explicar que elegir ese camino también implicó apartarse de las carreras más comunes de su época y asumir un riesgo personal y profesional. En esa definición hay bastante más que una frase elegante: hay una forma de leer la ciencia como decisión vital, como apuesta y también como persistencia en un terreno que no siempre resulta evidente al comienzo.
En su caso, ese movimiento tuvo además un rasgo muy concreto. Recordó que, entre sus compañeras y compañeros de la secundaria, “fui la única que fue para las ciencias biológicas y en especial para la paleontología”, una elección que no venía acompañada por antecedentes familiares ni por una tradición cercana. De hecho, remarcó que en su familia no había científicos y que su llegada a ese universo no pasó por una herencia doméstica, sino por un interés que fue creciendo desde otro lado.
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Ese otro lado tampoco coincide con el estereotipo más repetido sobre las vocaciones paleontológicas. Aunque en la facultad a su camada la llamaban la generación de Jurassic Park, Sterli aclaró que en su caso el impulso no vino de esas películas. “No, mi caso no fue ese, fue a través de las noticias de ciencia que se publicaban en los diarios, a través de los libros”, resumió, en una imagen que devuelve a la lectura, a la curiosidad y a una relación más silenciosa con el conocimiento.
El reconocimiento en Gaiman también le permitió mirar de cerca otras trayectorias femeninas de la región y encontrar allí un punto de contacto con su propio recorrido. Le impactó, por ejemplo, la historia de una mujer que trabaja con telar mapuche-tehuelche y que relató todo el proceso artesanal detrás de cada prenda, desde el hilado manual de la lana hasta el tejido final. Sterli dijo que ese testimonio la conmovió porque muchas veces el trabajo “no se abona de la forma que debería”, una observación que no se limita al mundo artesanal y que dialoga también con los tiempos, esfuerzos y dificultades que atraviesan otros oficios, incluida la investigación científica.
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Por eso, cuando habló de lo que falta, no se quedó solo en el valor simbólico de los premios o los encuentros. Planteó que “también es importante esto de tejer redes” y de contar con líneas de financiamiento y apoyos concretos para sostener las tareas, tanto desde el lado de las emprendedoras como desde la actividad científica. La frase sirve para leer mejor el fondo del asunto: no alcanza con celebrar trayectorias si después no existen condiciones que permitan profundizarlas y darles continuidad.
En medio de ese presente, la paleontóloga está concentrada en una investigación que vuelve todavía más atractivo el momento que atraviesa. Contó que trabaja con tortugas de agua dulce halladas cerca de Comodoro Rivadavia, en la zona de Rocas Coloradas, y que esos ejemplares están emparentados con otras que hoy viven en la región mesopotámica y en la provincia de Buenos Aires. El dato más fuerte, sin embargo, aparece en la edad de esos restos: datan de 64 millones de años, es decir, de un período inmediatamente posterior a la gran extinción ocurrida hace 66 millones de años.
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Esa cercanía temporal con uno de los mayores quiebres biológicos de la historia del planeta es lo que vuelve especialmente valioso el estudio. Sterli explicó que esas tortugas permiten observar “esos primeros millones de años después de esta gran extinción” y entender qué rasgos pudieron favorecer su supervivencia mientras otros organismos desaparecían. También precisó que pertenecen a la misma formación del bosque geológico de Sarmiento, lo que ubica el trabajo dentro de un paisaje patagónico que sigue entregando claves sobre la reconstrucción de la vida antigua.
La tarea diaria, de todos modos, no se reduce a excavar, describir fósiles o presentar hallazgos espectaculares. Sterli recordó que el trabajo científico también incluye revisar artículos de colegas, editar revistas especializadas y avanzar sobre múltiples tareas que no siempre se ven cuando un descubrimiento llega a los medios. Esa parte menos visible explica bastante bien por qué su carrera puede leerse al mismo tiempo como una trayectoria consolidada y como una apuesta que todavía sigue abriendo preguntas.
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En ese cruce entre reconocimiento público, trabajo silencioso y hallazgos que obligan a pensar en escalas de tiempo difíciles de imaginar, aparece la dimensión más potente de su presente. No se trata solo de una científica premiada ni solamente de una especialista en tortugas fósiles: se trata de una investigadora que, desde Chubut, intenta reconstruir cómo volvió a organizarse la vida cuando el mundo acababa de cambiar para siempre. Y en esa búsqueda, tan lejana en millones de años como cercana en esfuerzo cotidiano, también se juega una forma concreta de darle espesor local a la ciencia.


















