
Se fue de la meseta por trabajo y salud, y su historia expuso una herida abierta
Chubut03/04/2026
REDACCIÓNEl testimonio de Soledad Elis mostró cómo el desarraigo golpeó a una familia de Blancuntre que dejó Chubut para buscar empleo y atención médica.

La meseta chubutense quedó retratada esta vez no a través de estadísticas ni de discusiones técnicas, sino desde una historia familiar marcada por la salida obligada, la distancia y la sensación de haber perdido algo que no se recupera fácil. Soledad Elis, vecina de Blancuntre, contó en el programa La Voz de la Meseta por #LA17 cómo su familia dejó ese paraje para instalarse en Fitz Roy, Santa Cruz, después de quedarse sin la fuente laboral que sostenía el hogar y de enfrentar, además, una situación sanitaria compleja con dos de sus hijos.
Su relato puso el foco en una consecuencia concreta de la falta de oportunidades en el interior de Chubut: el desarraigo. No habló en abstracto ni desde una postura teórica, sino desde la experiencia de una familia que vivía en la aldea, tenía allí a sus vínculos cercanos, a los chicos escolarizados y una vida armada en comunidad. “Tuvimos que salir casi obligados”, resumió, al explicar por qué dejaron el lugar donde crecieron su pareja y buena parte de la familia, y donde también estaban echando raíces sus hijos.


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La pérdida del trabajo fue el primer golpe que desacomodó todo. Soledad contó que su pareja trabajaba en el proyecto Navidad y que, cuando el proyecto cerró, quedaron muchas familias sin ingresos. “Mi pareja trabajaba en el proyecto. A raíz de que cierra el proyecto, este tuvimos que buscar otros lugares y bueno, y tuvimos que salir de Blancuntre”, recordó. En esa secuencia, la caída del empleo no fue apenas un cambio de ocupación, sino el inicio de una mudanza forzada que alteró rutinas, vínculos, escuela, proyectos y horizonte.
A ese problema se sumó otro todavía más sensible: la salud de sus hijos. Soledad contó que el mayor es asmático y que el más chico empezó con epilepsia a los seis meses de vida, una combinación que volvió insostenible la permanencia en un lugar donde no contaban con las especialidades médicas necesarias. “No teníamos los médicos, eso nos obligó también a salir de ese lugar”, dijo. Y enseguida describió con crudeza una realidad cotidiana que, para la familia, ya no admitía espera: “era todo un caos”.
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La entrevistada explicó que incluso con obra social los traslados y la atención eran muy difíciles, porque en la zona contaban con médicos generalistas, pero no con profesionales para cuadros más complejos. “Era una odisea igual”, señaló, al recordar las derivaciones, los viajes y la incertidumbre frente a crisis que requerían respuestas rápidas. En uno de los pasajes más duros de la charla, evocó el sufrimiento de ver a su hijo con una crisis respiratoria grave y no tener acceso inmediato a los recursos necesarios: “a mi hijo había que socorrerlo y no había oxígeno, no había tal inyectable para abrirle las vías respiratorias”.
Con ese cuadro, la familia decidió irse a Santa Cruz, donde tenían un vínculo previo a través del padre de su pareja. Primero estuvieron en el campo y después, tras un período difícil de adaptación, lograron reordenar la vida en Fitz Roy. Allí su pareja consiguió trabajo en un proyecto minero de la zona, su hija mayor ingresó a trabajar en YPF, ella misma también obtuvo empleo en el pueblo y, sobre todo, lograron acceder a la atención de salud que los chicos necesitaban. “Hoy, gracias a Dios, podemos decir que estamos bien, que estamos muy bien, gracias a Dios, con el tema de salud”, afirmó.
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Sin embargo, esa estabilidad no borró el costo emocional de haberse ido. Soledad insistió varias veces en que sus hijos siguen sintiendo la ausencia de tíos, primos y celebraciones compartidas, algo que se vuelve más visible en fechas especiales. “En los cumpleaños ellos notan las ausencias de sus tíos, de sus primos”, contó, al explicar que hoy el núcleo familiar quedó reducido a los cinco integrantes más cercanos. El progreso material, en ese sentido, no cerró la herida del desarraigo, sino que convivió con una nostalgia persistente por el lugar de origen.
En otro tramo de la entrevista, Soledad apuntó contra quienes, según su mirada, bloquearon una posibilidad de continuidad para muchas familias de la meseta. “Fueron muy egoístas, que no nos dieron la oportunidad”, dijo, al referirse a quienes se opusieron al proyecto. Y agregó una frase que condensa una parte importante de su malestar: “siempre nos trataron de paisano, entonces no le dieron la oportunidad al paisano de agarrar y decir: ‘Mirá, me estás sacando de mi lugar’”. Para ella, no solo faltó trabajo, sino también escucha hacia quienes vivían directamente en el territorio y querían decidir sobre su futuro.
Su testimonio también corrió el eje hacia otro punto sensible: la percepción de que desde las ciudades se descalificó la capacidad de los pobladores de la meseta para pensar, informarse o elegir. Soledad rechazó esa mirada y sostuvo que vivir en un pueblo chico no vuelve a nadie menos apto para comprender lo que está en juego. “También me informo”, dijo, antes de remarcar que mucha gente de la zona estudia, se capacita y busca datos, además de contar hoy con una herramienta que antes no existía con la misma fuerza: internet. La crítica, en ese sentido, no fue solo económica, sino también simbólica y social.
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Hacia el cierre, dejó una reflexión que atravesó toda la charla y que le dio a la entrevista un peso mucho mayor que el de una historia individual. Soledad pidió que se abran fuentes de trabajo para las generaciones jóvenes de la meseta para que no tengan que marcharse como lo hicieron sus hijos. “Ojalá Dios quiera que se abran fuentes de trabajo para las generaciones nuevas para la meseta, para que ellos no tengan que salir obligadamente como lo hicieron mis hijos”, expresó. Su voz terminó mostrando algo más amplio que una mudanza familiar: la manera en que la falta de oportunidades empuja a vaciar de a poco un territorio donde todavía hay gente que quiere quedarse.
















