
La nueva mortandad en Carmen de Areco repite una secuencia conocida: agua alterada, versiones cruzadas, estudios en espera y vecinos sin respuesta.

Los peces volvieron a aparecer flotando en la superficie del río Areco, a la altura del balneario de Carmen de Areco, y la postal ya no sorprende tanto como alarma. La última mortandad quedó registrada anteanoche, cerca de las 21, pero el episodio no irrumpió como un hecho aislado sino como una repetición de algo que la ciudad viene viendo una y otra vez. Lo que vuelve cada vez que llueve no es solo un cardumen muerto: vuelve también la sensación de que el problema sigue ahí, acumulado y sin una explicación cerrada.
La primera respuesta oficial apuntó a una causa ambiental amplia y todavía provisoria. Desde el municipio se habló de hipoxia, es decir, falta de oxígeno disuelto en el agua, y se ligó esa condición al calor de fin de verano, a la materia orgánica acumulada y a la remoción de sedimentos por las lluvias recientes. El intendente Iván Villagrán aclaró, de todos modos, que esa conclusión es preliminar y que los resultados de laboratorio llegarían la semana próxima, un dato que deja abierta la instancia más delicada: pasar de la descripción del daño a la identificación de su origen.


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Esa versión oficial convive con otra lectura mucho más desconfiada, instalada desde hace tiempo entre vecinos y organizaciones ambientales. Natacha Schanwarkzoff, de Somos el Río, sostuvo que el patrón se repite siempre después de precipitaciones, incluso cuando no son fuertes, y lo resumió así: “Previo a lluvias, liberan líquidos que podemos observar por un canal que se llama Canal 13”. A la vez, el secretario de Ambiente local, Cristian Mussio, rechazó adjudicar el episodio de manera directa a esas maniobras, aunque admitió que existen sospechas sobre vuelcos río arriba justamente en momentos de lluvia.
Una de las miradas vecinales se posa sobre Bajo Cero SA, un criadero de cerdos instalado junto al arroyo Tatay, que desemboca aguas arriba del río. El propio artículo base recuerda que, a través de un proceso judicial, se comprobó que esa granja contaminaba sin control, aunque su actual presidente, Martín Picon, aseguró que la situación cambió desde entonces con un sistema de piletones impermeables para tratar residuos. En medio de esa defensa, dejó una frase que resume el choque entre acusaciones y descargos: “Siguen buscando en el lugar equivocado”.
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Sobre la misma secuencia se suma otra sospecha, menos formalizada pero igual de persistente en la conversación local. Fuentes citadas en el texto original hablaron del frigorífico avícola Qué Rico, ubicado a poco más de un kilómetro del balneario, y una persona que pidió reserva dijo haber visto durante la última mortandad un líquido rojo parecido a sangre en el río. Ese señalamiento no aparece probado en el material aportado, pero sí muestra que cada episodio vuelve a activar un mapa de responsables posibles que la ciudad ya tiene armado mucho antes de que lleguen los informes oficiales.
En el plano técnico, el punto donde coinciden la gestión local y las investigadoras que vienen siguiendo el caso no es el responsable sino el estado del agua. Mussio explicó que la abundancia de nitratos y fosfatos puede disparar un proceso de eutrofización que consume el oxígeno disponible, y un estudio elaborado entre 2023 y 2025 por investigadoras independientes del Conicet y la Universidad de San Martín concluyó que el río Areco y sus afluentes son ambientes inhóspitos para organismos que respiran. En esas muestras aparecieron fosfatos, nitritos, herbicidas, glifosato y metales como arsénico, cromo, cobre, manganeso, plomo y zinc, una mezcla que corre el eje del episodio puntual hacia una contaminación persistente.
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Sin embargo, ni siquiera dentro del frente científico aparece una explicación única y cerrada para esta secuencia. Carolina Aronzon dijo que ella nunca había considerado la eutrofización como una posibilidad porque, según explicó, “Nadie nunca nos reportó la generación de algas o cianobacterias”, y al mismo tiempo mencionó reportes sobre coloración negra del agua y presencia de grasa fuera del frigorífico. Aun así, aclaró que no podía comprobarlo de primera mano y deslizó otra clave física del problema: cerca del balneario podría acumularse sedimento y materia orgánica por la débil corriente, ralentizada por la compuerta del lugar.
Ahí aparece una de las razones por las que el conflicto lleva años sin una derivación firme. Mussio señaló que en las inmediaciones de la ciudad hoy no predomina tanto la agricultura como la ganadería, que la Policía Rural no identificó a nadie arrojando químicos en flagrancia y que esa falta de prueba directa les impide avanzar con medidas más contundentes. Pero esa limitación convive con otra certeza que ya no discute nadie en la nota fuente: la presencia de compuestos asociados a actividades agrícolas e industriales viene registrada desde hace tiempo y no desaparece con cada nuevo episodio.
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Por eso la mortandad de ahora no quedó encerrada en una noche ni en un puñado de peces visibles desde la costa. Vecinos de Carmen de Areco aseguran que el fenómeno empezó hace unos 12 años, que en 2024 hubo cuatro episodios y que entre 2024 y 2026 se contaron al menos cinco eventos de mortandad masiva, aun después de obras y promesas de corrección. El dato que deja esta repetición no es una conclusión cerrada sino una consecuencia pendiente: los análisis que deben llegar la semana próxima podrán orientar la investigación, pero el río sigue cargando un nivel de contaminación que ya dejó de parecer excepcional.
Fuente: LA NACION.






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