
La inteligencia artificial ya entró en la vida diaria y los mayores de 50 todavía tienen margen para aprovecharla
Enfoques08/04/2026
REDACCIÓNLa adopción de IA entre personas de más edad avanza más lento que entre los jóvenes, pero especialistas y experiencias concretas muestran que la distancia no es definitiva.

La expansión de la inteligencia artificial abrió una nueva brecha de uso entre generaciones, pero también dejó una oportunidad concreta para quienes atravesaron otros grandes cambios tecnológicos y hoy miran con cautela esta etapa. Entre las personas de 50 a 80 años, el desafío no pasa solo por aprender a usar una herramienta nueva, sino por reconocer que buena parte de esa tecnología ya forma parte de su vida cotidiana, aunque muchas veces no aparezca con ese nombre.
El dato más claro sobre esa diferencia surge de una encuesta reciente de la Universidad Nacional de Hurlinghamsobre adopción de IA en la Argentina. Allí se consignó que el 63,9% de la Generación Z ya usa inteligencia artificial, mientras que entre los boomers ese porcentaje baja al 29%. La distancia es marcada, pero al mismo tiempo muestra que una parte de los adultos mayores ya empezó a incorporar estas herramientas, muchas veces sin capacitación formal.


El relevamiento también señaló que nueve de cada diez argentinos aprendieron a usar IA por su cuenta, sin manuales ni cursos específicos. Ese patrón de aprendizaje por ensayo, error y práctica conecta con otras transiciones previas, como el paso del fax al mail, de las guías impresas a internet o del teléfono fijo al smartphone. La idea central es que la adaptación tecnológica no siempre arranca con dominio técnico, sino con una necesidad concreta y una incorporación progresiva.
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Una parte del planteo gira sobre un punto que suele pasar desapercibido: la IA ya interviene en rutinas diarias sin que el usuario necesariamente la identifique. Las recomendaciones de Netflix, las alertas de tránsito de Google Maps o la detección de movimientos sospechosos en aplicaciones bancarias son algunos de los ejemplos mencionados en el texto. La diferencia, entonces, no está entre usar o no usar inteligencia artificial, sino entre recibir sus efectos de manera pasiva o empezar a emplearla de forma deliberada.
A partir de esa base, el texto propone un cambio de actitud frente a la tecnología. La discusión no queda reducida a perderle el miedo, sino también a entender que la IA no opera de manera neutral y que puede influir en decisiones cotidianas. El orden de los resultados al buscar información médica o los precios que aparecen en sitios de turismo son ejemplos de un funcionamiento mediado por algoritmos, donde no siempre todos los usuarios reciben exactamente la misma respuesta.
En esa lectura aparece una ventaja específica de las generaciones mayores. El artículo sostiene que quienes acumulan más experiencia vital pueden aportar criterio, lectura crítica y capacidad de distinguir matices, tres cualidades que resultan relevantes frente a sistemas que procesan grandes volúmenes de información pero no reemplazan el juicio humano. En ese punto, la advertencia apunta a evitar tanto la fe ciega como el rechazo automático, y a ubicarse en una zona intermedia de uso consciente.
El texto también baja esa discusión a situaciones concretas. Menciona el uso de herramientas para organizar memorias familiares, preparar preguntas para una consulta médica, resumir prospectos o facilitar tareas de accesibilidad. Entre los casos citados aparece StoryWorth, orientada a reconstruir recuerdos personales a partir de preguntas semanales; Be My Eyes, que utiliza IA para describir lo que ve la cámara del teléfono; y Duolingo, que adapta el aprendizaje de idiomas según el avance del usuario.
La experiencia contada por Mario Pergolini con su madre Beatriz también aparece como ejemplo de uso práctico. Según el texto, la instalación de un asistente de IA en su casa comenzó como una ayuda para momentos puntuales, pero terminó convertida en una herramienta que le devolvió autonomía después de haber quedado ciega. El caso es utilizado para mostrar que la relación con estas tecnologías no depende solamente de la edad o de conocimientos previos, sino de la existencia de una necesidad concreta que justifique su incorporación.
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Además de esas experiencias individuales, el artículo suma evidencia de investigaciones recientes. Un estudio publicado en 2024 en Journal of Aging Research and Lifestyle evaluó el impacto de asistentes de IA en 200 adultos mayores y encontró que el 56% reportó una mayor conexión social. También se menciona un programa piloto del Estado de Nueva York, donde se registró una reducción del 95% en la soledad, atribuida a un uso complementario de la tecnología y no a un reemplazo del vínculo humano.
La nota también recupera el marco EPOCH, desarrollado por investigadores de Carnegie Mellon, que identifica cinco dimensiones donde las personas siguen siendo insustituibles frente a las máquinas: empatía, perspectiva, originalidad, creatividad y humanidad. Bajo esa lógica, la inteligencia artificial puede ofrecer velocidad, memoria y capacidad de procesamiento, pero no reemplaza la experiencia vivida ni la interpretación que se construye con los años.
Desde esa perspectiva, el desafío para las personas mayores de 50 no sería competir con la tecnología, sino encontrar en qué áreas puede resultarles útil. La discusión ya no pasa solo por aprender a usar una plataforma, sino por decidir para qué incorporarla, cómo interpretarla y hasta dónde dejarla intervenir. En ese cruce entre herramientas nuevas y experiencia acumulada se juega una parte central del vínculo que muchas generaciones todavía están empezando a construir con la IA.














