En varias provincias se vaciaron las aulas por amenazas de tiroteos que circularon en redes

Policiales18/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Mensajes anónimos, pintadas y fotos de armas dispararon el temor de las familias en Mendoza. El ausentismo escolar se disparó al comenzar la jornada.

Policía de Santa Cruz revisa escuelas
Policía de Santa Cruz revisa escuelas

Las aulas casi vacías, los accesos vigilados y los padres en la puerta dejaron este viernes en San Rafael una postal ajena a un día normal de clases. La ciudad del sur mendocino registró un faltazo masivo de estudiantes después de que circularan mensajes con amenazas de tiroteos y aparecieran inscripciones que advertían sobre posibles ataques en escuelas. La escena alteró el ritmo del ciclo lectivo y trasladó el miedo desde las pantallas a los pasillos de los establecimientos.

La reacción de muchas familias fue inmediata. Frente a la falta de certezas sobre el origen de los mensajes y ante la difusión de contenidos intimidatorios en las últimas horas, una gran cantidad de padres decidió no enviar a sus hijos a clase. El resultado se vio durante la mañana, cuando distintos edificios escolares mostraron una asistencia mínima y una dinámica de emergencia atravesada por la prevención.


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El impacto fue tan marcado que, de acuerdo con Diario San Rafael, “el índice de ausentismo ha sido muy alto” en la ciudad. Esa frase condensó una situación que no quedó reducida a una alarma aislada, sino que modificó de manera concreta el funcionamiento escolar de toda la jornada. Lo que debía ser un día habitual de actividad académica terminó convertido en una secuencia de controles, dudas y conversaciones urgentes entre familias, directivos y fuerzas de seguridad.

La preocupación que creció el jueves derivó en una respuesta institucional antes del inicio de clases. La Dirección General de Escuelas y el Ministerio de Seguridad de Mendoza elaboraron un protocolo y lo distribuyeron entre las autoridades escolares para ordenar criterios de actuación ante el riesgo de episodios violentos. El documento incluyó medidas preventivas puntuales, entre ellas la revisión de edificios, la supervisión de sanitarios y espacios comunes, y hasta la prohibición de asistir con mochilas.


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Ese paquete de disposiciones mostró que la amenaza, aun sin procedencia confirmada, alcanzó una densidad suficiente como para alterar la rutina educativa. Las intimidaciones habían circulado de forma anónima y sin una identificación certera de sus autores, pero eso no redujo el efecto social del mensaje. Al contrario, la incertidumbre amplificó el temor y llevó a muchas familias a actuar bajo una lógica de resguardo inmediato.

La dimensión del miedo apareció con claridad en los testimonios recogidos durante la jornada. Una mujer resumió el estado de ánimo con una frase que expuso la fragilidad de toda la situación: “Nos ganó el miedo”. Luego explicó que pesó más la posibilidad, aun remota, de que ocurriera algo grave que la necesidad de sostener la asistencia escolar, y admitió que la pregunta que terminó imponiéndose fue “¿y si pasa algo de verdad?”.


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Otra madre puso el foco en el papel que juegan hoy las redes y en cómo ese circuito termina impactando dentro de las escuelas. “Somos rehenes de lo que sucede en las redes sociales”, sostuvo, antes de agregar que el conflicto excede a los establecimientos y se alimenta también de lo que ocurre puertas adentro de cada casa. Su lectura añadió un dato de fondo: el episodio no sólo expuso una amenaza puntual, también mostró la dificultad adulta para contener, verificar y frenar mensajes que circulan con velocidad entre adolescentes.

El desconcierto también alcanzó a quienes tomaron la decisión de impedir la asistencia pese a la resistencia de sus propios hijos. Un padre contó que su hija lo acusó de exagerado, aunque él mismo reconoció que quedó atravesado por el pánico después de leer amenazas y ver fotos de armas. La inquietud que dejó planteada fue concreta y no terminó con el cierre de la jornada, porque la pregunta sobre qué ocurrirá el lunes sigue abierta mientras las clases continúan y la obligación de volver a la escuela permanece intacta.


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Los pocos alumnos que asistieron lo hicieron acompañados por sus padres, que permanecieron en los ingresos conversando con directivos y con policías apostados de manera preventiva. Esa imagen terminó de sintetizar el clima del día en San Rafael: escuelas abiertas, pero atravesadas por la sospecha; estudiantes presentes, aunque en número reducido; y una comunidad educativa que quedó obligada a reorganizarse alrededor del miedo. El episodio dejó así una consecuencia inmediata sobre la asistencia, pero también un límite más profundo para los próximos días: reconstruir confianza en un ámbito que debería funcionar lejos de las amenazas.

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