
El beneficio exportador de Vaca Muerta se contradice con otra cara del problema: si el precio internacional se sostiene, crece la presión para amortiguar el golpe local.

El salto del precio internacional del petróleo le da aire al frente exportador argentino, pero al mismo tiempo empieza a golpear con más fuerza dentro del país. La suba de los combustibles, el encarecimiento de la logística y el impacto sobre la inflación ya recortan buena parte de la ventaja que podría traer un barril caro en medio del conflicto en Medio Oriente. Ahí aparece la advertencia del economista Alejandro Einstoss, que plantea un punto incómodo para el actual esquema energético: si esta escalada continúa, la Argentina va a tener que buscar algún mecanismo para aislar el mercado doméstico del shock externo.
La discusión parte de una diferencia decisiva respecto de otras crisis petroleras. Einstoss recordó que en los años setenta la Argentina era importadora neta de energía y que esos shocks externos la empujaban hacia un “claro proceso de estrangulamiento del mercado cambiario, devaluación y recesión”. Hoy el país llega a este escenario desde otro lugar, como exportador neto y creciente de petróleo, con una posición objetivamente mejor para capturar una renta extraordinaria en el corto plazo.


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Ese beneficio, sin embargo, no se derrama de forma limpia sobre el resto de la economía. El propio especialista advierte que para la Argentina la contracara de esa suba aparece enseguida en el surtidor, en el costo del gasoil y en los gastos de transporte que luego se trasladan al resto de los precios. La fuente remarca que la inflación mensual llegó al 3,4%, que hay problemas fiscales vinculados a subsidios y que el campo entra en la cosecha gruesa con un gasoil mayorista cercano a los $3.000.
En ese punto se cruza la gran contradicción del modelo actual. La Argentina consiguió superávit energético, pero lo hizo alineando precios locales con precios internacionales para mandar una señal clara a la inversión, especialmente en Vaca Muerta. Esa lógica ayudó a empujar producción y exportaciones, aunque ahora deja planteado un interrogante concreto: cuánto tiempo puede sostenerse ese esquema si el barril caro sigue metiendo presión sobre la economía doméstica.
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Einstoss fue directo al describir ese límite. “Si este aumento en los precios internacionales se sostiene en el tiempo, va a quedar en evidencia la necesidad de alguna medida extraordinaria que aisle el mercado doméstico del shock internacional”, sostuvo, y agregó que “todos los países lo hacen”. En esa comparación incluyó a Brasil, que según explicó amortigua con Petrobras, a España, que apeló a subsidios, y a grandes potencias que liberan parte de sus reservas estratégicas para intervenir sobre las cantidades y no solamente sobre los precios.
La observación no resulta menor porque choca con la retórica oficial que suele rechazar cualquier herramienta de subsidio o intervención. Aun así, el propio entrevistado señaló que el congelamiento por 45 días aplicado desde el mercado ya funciona en los hechos como una medida de amortiguación. Su lectura es sencilla: si el sector no hubiese actuado de esa manera, el Estado iba a tener que intervenir de algún modo para evitar un traslado todavía más brusco de la crisis internacional al bolsillo local.
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Esa tensión convive con otra certeza más estructural: el eje energético argentino hoy pasa casi por completo por el petróleo de Vaca Muerta. Einstoss afirma que el corazón del proyecto exportador es el crudo, porque ahí se explica el superávit y ahí aparecen las oportunidades más concretas de ingreso de divisas. El gas, según su análisis, tiene una potencia enorme, pero necesita inversiones mucho más pesadas en infraestructura, contratos firmes de venta y una escala logística que todavía no está resuelta.
Por eso la obra más inmediata en Punta Colorada aparece primero vinculada al petróleo y no al gas. El economista remarca que lo primero que llegará a ese puerto será el oleoducto de Vaca Muerta, pensado para sacar crudo mediante grandes buques petroleros, mientras que el negocio del gas licuado sigue siendo más complejo, caro y competitivo a nivel global. Esa diferencia también explica por qué hoy el atractivo para los inversores internacionales se concentra más rápido en el petróleo que en el gas, aun cuando el segundo represente una promesa enorme a mediano plazo.
La proyección general, de todos modos, no habilita lecturas triunfalistas sin matices. Einstoss reconoce que Vaca Muerta y la minería pueden darle a la Argentina un flujo de dólares que antes no tenía y aliviar el histórico estrangulamiento externo, pero enseguida introduce otra advertencia: el problema después pasa por cómo se administra esa abundancia. En su mirada, el desafío no es sólo exportar más, sino evitar que el tipo de cambio se aprecie tanto que termine destruyendo industria, empleo y otras actividades que no participan de esa renta extraordinaria.
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Esa discusión toca de lleno a regiones petroleras tradicionales que hoy ven cómo la inversión se corre hacia Neuquén. El caso de Comodoro Rivadavia aparece en la entrevista como uno de los puntos sensibles de esa sábana corta: empresas que bajan equipos en áreas maduras mientras concentran recursos en el no convencional. Einstoss plantea que allí puede haber una reconversión futura hacia el fracking, pero deja una señal muy nítida sobre el presente: hoy “todos los cañones apuntan a Vaca Muerta”, y eso obliga a pensar no sólo en exportaciones y superávit, sino también en cómo se distribuyen territorialmente las inversiones y qué pasa con las cuencas que pierden centralidad.
La conclusión del economista nsostiene que las últimas cuatro administraciones mantuvieron una línea común respecto de Vaca Muerta menos por visión estratégica que por obligación material, y lo resume con una frase fuerte: “si Argentina no hubiera tenido Vaca Muerta, hubiese tenido que importar energía por u$s 20.000 millones”. Ese dato explica por qué el petróleo neuquino hoy funciona como sostén del frente externo, aunque también deja abierta otra urgencia menos celebrada: si el barril global sigue escalando, la Argentina va a tener que decidir cómo protege a su mercado interno sin romper la lógica que hizo posible ese mismo boom exportador.
Fuente: Ámbito Financiero






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