
Una enfermera denunció abusos en un hospital, cámaras quemadas y guardias en soledad
Policiales22/04/2026
REDACCIÓNCarolina Albarracín expuso la vulnerabilidad extrema en el Hospital de José de San Martín. Sin cámaras ni custodia, transitó un ataque que expone fallas operativas graves.

Carolina Albarracín buscó refugio en la oficina de enfermería para frenar una situación que escalaba sin testigos externos. Lo que comenzó como un comentario incómodo sobre su aspecto físico terminó en una agresión directa cuando un paciente habitual la abordó en un pasillo solitario. “Me apretó el glúteo y me tocó de una manera que al momento no me puedo olvidar”, relató la profesional sobre el ataque sufrido dentro del Hospital Rural Roberto Gandini.
El agresor intentó forzar el encuentro hacia un sector específico del edificio sanitario para evitar ser visto. La mujer recordó que el hombre insistía en llevarla hacia la sala de curaciones, un espacio que ella define como un punto ciego donde nadie podría intervenir. En ese instante, la enfermera apeló a la supuesta presencia de tecnología de vigilancia para intentar disuadirlo, aunque todavía no sabía que ese respaldo técnico fallaría.


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La seguridad del centro asistencial de José de San Martín mostró grietas profundas durante esa noche. Al intentar verificar los registros del incidente, Albarracín descubrió que las cámaras de seguridad se quemaron durante un corte de luz reciente y no fueron reparadas. Esta falla dejó a la trabajadora sin pruebas materiales inmediatas de la agresión, sumando desprotección a una jornada que ya era crítica por la escasez de personal.
El esquema de trabajo del hospital rural obliga a los enfermeros a cubrir turnos de hasta doce horas sin compañía presencial. Aquella noche, el médico de turno cumplía una modalidad de guardia pasiva fuera del edificio y la otra compañera de enfermería salió por un pedido urgente de ambulancia. “A partir de las 10 de la noche ya estamos completamente solos”, detalló la víctima sobre una rutina que se repite sistemáticamente en las localidades del interior provincial.
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El impacto emocional traspasó las paredes del nosocomio y alteró la vida cotidiana de la enfermera en la pequeña comunidad. Albarracín, radicada en Chubut desde hace dos años, confesó sentir una desesperación muy fuerte y crisis de llanto recurrentes después del episodio. El miedo a cruzarse con el agresor en la vía pública la llevó incluso a dudar antes de salir a realizar compras básicas en los comercios del pueblo.
Las agentes de la Comisaría de la Mujer actuaron con celeridad y la justicia dictó una prohibición de acercamiento por 30 días para el sospechoso identificado. Sin embargo, el hombre regresó al hospital ese mismo día para ser atendido por otra colega, amparado en que el centro de salud no puede negar la atención médica. Esta situación generó una ansiedad adicional en la denunciante, quien llevó adelante su turno laboral bajo una presión psicológica extrema.
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Los ataques contra el personal de salud no se limitan a este hecho traumático de índole sexual. Es frecuente que pacientes bajo efectos del alcohol lleguen al hospital de San Martín y falten el respeto a quienes intentan realizar las curaciones diarias. “Ellos tienen respeto a la policía, pero a nosotros no”, sentenció la enfermera al comparar la autoridad que imponen los uniformados frente a la indefensión del personal sanitario.
El pedido de seguridad en la portería del hospital es una sugerencia que el personal ya elevó a las autoridades competentes en varias oportunidades. La falta de un sistema de custodia permanente deja la integridad de los trabajadores librada a la suerte de los llamados telefónicos de emergencia. Los profesionales insisten en que no se puede naturalizar el riesgo bajo la premisa de que nunca sucede nada grave en las comunidades pequeñas.















