
La selectividad alimentaria infantil puede esconder anemia aunque el peso sea normal
Actualidad24/04/2026
REDACCIÓNEspecialistas advierten que el rechazo sistemático por texturas o colores afecta al 40% de los chicos. Cómo detectar el riesgo nutricional invisible.

Un plato de fideos blancos que se repite cada mediodía y cada noche parece una costumbre inofensiva en miles de hogares argentinos. Detrás de esa aparente preferencia individual suele esconderse una restricción que compromete el desarrollo biológico de los más chicos de manera silenciosa. El problema surge cuando el rechazo a probar lo nuevo deja de ser un capricho para convertirse en una barrera que excluye grupos enteros de nutrientes fundamentales.
Muchos padres respiran tranquilos porque el pediatra confirma en cada control que el peso y la talla son los adecuados para la edad del paciente. Esta estabilidad física suele enmascarar deficiencias profundas de hierro, zinc, calcio y vitaminas clave que solo se detectan con estudios específicos de laboratorio. “El peso y la talla, por sí solos, no reflejan necesariamente lo que está ocurriendo dentro de ese organismo”, advierten los expertos sobre la falsa seguridad que brinda la balanza durante la consulta de rutina.
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La selectividad se manifiesta con una fuerza preocupante cuando el niño acepta menos de 10 o 15 alimentos en su dieta total y esta conducta se sostiene por más de tres meses. El rechazo sistemático responde frecuentemente a patrones sensoriales muy marcados como el color, el olor o la textura de las preparaciones caseras. Estas señales indican que no se trata de una etapa madurativa común, sino de una dificultad que requiere intervención profesional inmediata para proteger la dinámica familiar.
La Dra. Irina Kovalskys, médica pediatra y especialista en Nutrición, explica que este fenómeno afecta a una proporción considerable de la población infantil que se considera sana. Según los registros médicos actuales, entre el 25% y el 40% de los chicos presentan algún síntoma de dificultad alimentaria durante su proceso de crecimiento. “La selectividad alimentaria forma parte del desarrollo, especialmente entre los 2 y 3 años, pero cuando se prolonga o limita de manera significativa la variedad de alimentos, puede comprometer el aporte de nutrientes esenciales”, detalla la especialista.
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El clima en la mesa se vuelve una zona de conflicto permanente donde las familias oscilan diariamente entre la presión constante y la resignación total ante el plato vacío. La Lic. Lucía De Nobili, nutricionista del Hospital Ramón Carrillo, señala que el aumento del estrés durante la comida empeora la resistencia y no resuelve el fondo del problema nutricional. “Cuando un niño come muy poco o muy limitado, lo más importante es no minimizar la situación ni abordarla con presión”, sugiere la profesional sobre el manejo emocional de estas crisis.
Los datos revelan que hasta un 20% de los niños con estas dificultades no reciben un diagnóstico adecuado a tiempo, lo que agrava el riesgo de desarrollar patologías crónicas. Un metaanálisis reciente vinculó directamente la baja diversidad en la dieta con una probabilidad mucho mayor de desarrollar cuadros de anemia durante la infancia y la adolescencia. Esta relación probada entre lo que falta en el plato y lo que falta en la sangre confirma que la variedad es tan vital como la cantidad.
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Para revertir este cuadro, los equipos médicos recomiendan involucrar activamente a los chicos en la compra y preparación de los alimentos para reducir la resistencia sensorial previa. La exposición repetida a nuevos sabores, sin la obligación de ingerirlos en la primera instancia, permite que el cerebro procese la información de manera gradual y menos amenazante. Pequeños cambios en las texturas de las preparaciones que el niño ya acepta pueden funcionar como un puente efectivo hacia una alimentación más completa.
“El rechazo por características sensoriales, como la textura o el color, puede ser una señal de mayor complejidad, incluso asociada a dificultades en el procesamiento sensorial”, sostiene la Dra. Kovalskys. Identificar estas señales a tiempo permite diseñar estrategias que no se limiten simplemente a la negociación forzada de un bocado más. La intervención temprana evita que se excluyan grupos alimentarios enteros, algo que sucede cuando los padres terminan cocinando siempre el mismo menú por miedo.
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En los casos más severos, donde la variedad de la dieta es crítica, la evaluación médica puede indicar el uso de suplementos nutricionales como un soporte transitorio necesario. Esta herramienta funciona mientras se trabaja en la reeducación del paladar y se busca recuperar los niveles óptimos de biomarcadores en sangre que garanticen la salud. El objetivo final consiste en construir, paso a paso, una relación más variada y suficiente con la comida para prevenir déficits que impacten en la calidad de vida.
Fuente: NA.
















