Socavones en Quequén: la escollera del puerto dejó sin arena a Bahía de los Vientos y peligran casas

Actualidad26/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Los vecinos exigen el refulado prometido por el Consorcio Portuario para frenar la erosión. Desde 2008 se perdieron 2500 metros de playa y el agua ya golpea la base de las viviendas.

Erosión costera en Bahía de los Vientos. Foto Mauro V. Rizzi/LA NACION
Erosión costera en Bahía de los Vientos. Foto Mauro V. Rizzi/LA NACION

Un conductor desprevenido que circule hoy por la avenida Costanera de Quequén se topará con un final repentino a la altura de la calle 549. El asfalto desaparece devorado por un vacío geográfico y reaparece recién varios cientos de metros después, como si un sismo hubiera borrado el mapa de la zona. Este corte en la calzada es el rastro más visible de un fenómeno que ya no permite caminatas por la costa en gran parte del sector norte de la ciudad.

La génesis de este proceso se remonta a casi dos décadas atrás, cuando la inauguración de una extensión de 400 metros en la Escollera Sur alteró la dinámica del litoral bonaerense. Aquella obra, fundamental para la competitividad del puerto de Quequén y su operatoria cerealera, se transformó en un muro para la deriva natural de sedimentos. Desde ese momento, la reposición de arena quedó bloqueada y el balance costero se rompió definitivamente, dejando a las playas de Bahía de los Vientos sin su defensa natural.


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Las toneladas de rocas que se arrojaron al pie de las barrancas para intentar contener el avance del mar terminaron siendo juguetes para la energía del Atlántico. El océano no solo desplaza estas murallas de piedra con cada sudestada, sino que hoy “el agua está contra el acantilado” y bloquea cualquier posibilidad de paso peatonal en determinados sectores. Esta situación convirtió a lo que solía ser un paisaje de playa virgen en un frente de piedra golpeado constantemente por el oleaje.

Al castigo hidráulico se le suma una erosión biológica que perfora la costa como si fuera un queso suizo de grandes dimensiones. Miles de loros barranqueros aprovechan la tierra desprotegida para generar nidos profundos, debilitando la estructura interna de los acantilados con sus graznidos constantes. Cada pequeña extracción de tierra por parte de estas aves contribuye a un desmoronamiento silencioso que se percibe cada vez más cerca de los cimientos de las propiedades.


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Lo paradójico es que Bahía de los Vientos atraviesa un momento de pujante desarrollo inmobiliario con construcciones modernas que asoman frente a la inmensidad del mar. El Código de Ordenamiento Urbano permite allí edificios de hasta cuatro pisos que buscan capitalizar la calidad de vida y la tranquilidad del entorno. Sin embargo, ese valor de mercado se ve amenazado por un océano que tiene en su ADN la tendencia a ganar terreno de forma sistemática y acelerada.

Los residentes históricos y los que llegaron tras la pandemia coinciden en que el retroceso de la línea de costa es visible mes a mes. Verónica Bertoldi, vecina de la zona desde hace cuatro años, recuerda que al principio los vehículos podían estacionar sin problemas frente a su complejo de cabañas. Según su relato, “hoy no quedó nada” y el límite de su parque delantero ahora termina en un despeñadero que el mar castiga con frecuencia.


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La solución técnica que asoma en el horizonte se basa en el refulado, un método de rescate de arena que ya se aplicó en Mar del Plata a fines de los años noventa. El plan consiste en succionar el sedimento retenido en la margen este de la escollera o del dragado del canal y volcarlo mediante cañerías sobre el sector dañado. Los especialistas advierten que esta siembra artificial es necesaria, pero debe estar acompañada por escollerados que logren retener el nuevo material.

Mariano Carrillo, presidente del Consorcio de Gestión del Puerto, ratificó recientemente el compromiso de avanzar con los estudios de impacto ambiental necesarios para la obra. La administración portuaria cuenta con los recursos generados por la propia actividad exportadora para financiar este saneamiento que se anticipaba necesario desde el año 2008. A pesar de la buena voluntad expresada, los vecinos sienten que los tiempos administrativos no corren a la par de la degradación del suelo.


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Para los lugareños, la nostalgia de las caminatas por la arena se transformó en una preocupación operativa por la estabilidad de viviendas emblemáticas como “La mejillonera” o “Viento Norte”. El ingeniero civil Néstor Diez advirtió que el fenómeno de avance sobre los acantilados es exponencial y tiende a agravarse si no hay una intervención inmediata. El futuro de este paraíso natural depende ahora de que las cañerías lleguen antes de que el próximo temporal decida borrar lo que queda de la costa.

Fuente: LA NACION.

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