Del satélite patagónico a la birome: inventos argentinos que cambiaron el mundo

Enfoques26/04/2026REDACCIÓNREDACCIÓN

Del sistema de huellas y la primera animación al bypass coronario y ARSAT-1, el ingenio argentino dejó inventos que todavía usa el planeta.

René Favaloro
René Favaloro

En Bariloche, lejos de cualquier centro clásico del poder tecnológico mundial, INVAP construyó el ARSAT-1, un satélite geoestacionario de comunicaciones que se lanzó en 2014 y que abrió para la Argentina una puerta muy exclusiva: la de los países capaces de diseñar y producir este tipo de plataformas. No fue solo una hazaña espacial. También fue la prueba de que, desde la Patagonia, se podía fabricar una pieza clave para brindar televisión, internet, transmisión de datos y telefonía sobre IP en buena parte del Cono Sur.

Ese satélite patagónico no apareció de la nada ni fue un rayo aislado en la historia local. En realidad, se suma a una secuencia larga y sorprendente de ideas nacidas en la Argentina que terminaron metiéndose en la vida cotidiana del mundo. Algunas cambiaron la forma de investigar un crimen, otras transformaron la escritura, la medicina, la animación o el transporte urbano, pero todas comparten algo: salieron de acá y siguieron viaje mucho más lejos que sus inventores.

Uno de los casos más contundentes es el de Juan Vucetich, que a fines del siglo XIX perfeccionó un sistema de identificación por huellas dactilares y lo llevó a una escena concreta, decisiva y brutal: la resolución de un crimen en la provincia de Buenos Aires. Ese episodio, conocido como el caso Francisca Rojas, quedó registrado como el primer uso exitoso de huellas para identificar a una asesina. A partir de ahí, la dactiloscopía dejó de ser una rareza experimental y pasó a convertirse en una herramienta central para la investigación criminal en todo el mundo.

La marca argentina también apareció muy temprano en la historia del cine. En 1917, Quirino Cristiani estrenó El Apóstol, que hoy figura como el primer largometraje animado de la historia, según Guinness World Records. La película se perdió en un incendio y eso volvió más difusa su memoria popular, pero no borró el dato principal: mucho antes de que Hollywood fijara las reglas del género, en Buenos Aires ya existía una experiencia pionera de animación a gran escala.


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Algo parecido pasó con la birome, uno de esos inventos tan incorporados a la vida diaria que casi nadie se detiene a pensar de dónde salió. Ladislao José Bíró, radicado en la Argentina, perfeccionó un bolígrafo con tinta de secado rápido y una pequeña esfera en la punta que resolvió un problema concreto: escribir sin manchas, sin goteos y sin la incomodidad de las viejas plumas fuente. El objeto se volvió universal y terminó dándole a la palabra “biro” o “birome” una circulación global que todavía perdura.

Si hay un nombre argentino que alteró para siempre el mapa de la medicina moderna, ese es René Favaloro. En 1967, en la Cleveland Clinic, realizó la primera cirugía de bypass coronario con vena safena y abrió un camino que después se volvió rutina en hospitales de todo el mundo. El procedimiento permitió puentear arterias obstruidas y cambió el tratamiento de la enfermedad coronaria para millones de pacientes.

Inventos argentinos
Inventos argentinos

También hubo inventos argentinos que no nacieron en un laboratorio ni en un quirófano, sino en la calle y en medio de una crisis. El colectivo apareció en Buenos Aires en 1928, cuando un grupo de taxistas decidió empezar a hacer viajes compartidos con recorridos fijos para compensar la caída de pasajeros. Lo que empezó como una salida urgente se convirtió con el tiempo en uno de los modelos más reconocibles del transporte urbano de América Latina y en una idea que anticipó muchas lógicas actuales de movilidad compartida.


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En el terreno del vuelo vertical, el argentino Raúl Pateras Pescara también dejó una marca de fondo. Britannica lo ubica entre los pioneros que, en las décadas de 1920 y 1930, aplicaron control cíclico del paso de las palas y autorrotación, dos principios decisivos para el helicóptero moderno. Además, sus patentes de comienzos de los años veinte muestran que ese trabajo no fue una intuición vaga, sino una búsqueda técnica concreta y adelantada para su tiempo.

Visto en conjunto, el mapa impresiona más de lo que suele admitirse. La Argentina no solo produjo inventos brillantes en áreas muy distintas, también construyó una tradición donde conviven la ciencia aplicada, la imaginación técnica y una fuerte capacidad para resolver problemas concretos. Que esa secuencia termine, al menos por ahora, en un satélite hecho en la Patagonia le da a la historia un cierre perfecto: desde el fin del mundo, un invento argentino volvió a salir disparado hacia arriba y a quedarse orbitando sobre la vida cotidiana de millones.

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